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El blog de Hector Grave

Los más improbables carnales

6 Julio 2017, 14:37pm

Publicado por Hector Grave

Esa tarde atendía el local yo sólo. Era domingo. No había nadie en la pinche calle y supe que sería una tarde tranquila o una tarde muerta. A veces teníamos clientes y a veces no se paraban ni las moscas.

El local era un café-bar más traspasado de manos que moneda de a quinientos pesos de las de antes, esas que traían a don Francisco I. Madero pero que a mi más bien me recordaban al Profesor Memelovsky (si el muy cabrón hubiera ido alguna vez a la pinche peluquería).

En la calle venía un señor tirando a mayor, muy mal vestido. Traía un puñito de plumas de colores, con lucecitas todas, que parpadeaban al darles “click”. Estaban bien feas y más que pinchísimas, unos putos Colores Blancanieves a su lado hubieran parecido unos elegantes y finísimos instrumentos de caligrafía en comparación.

Se metió al local buscando clientela. Tristemente me encontró solamente a mí, pero daba lo mismo:

  • “Amigo, ¿una plumita? ¡Mira! ¡Las ando vendiendo!”

Le dio “click” a una. Un pajarito amarillo culerón se prendía y apagaba como estrobo de los que un batillo del barrio le pondría a su Chevy todo pimpeado.

Rechacé su ofrecimiento amablemente. Al momento del automático “no gracias…” me sentí mal, pero nunca sabe uno si ha sucumbido al chantaje del ambulante profesional, así que me mantuve, firme.

Su gesto fue de decepción, pero estoico el cabrón se compuso de volada:

  • “Amigo, ¿me das chance de usar tu baño?”

Le dije que sí, que con gusto. El hombre fue y se alivió. Salió con las manos empapadas, así que asumí que se las había lavado. Recuerdo bien haber agradecido que el cabrón se las lavó, por si se le ocurría extenderme una. Ya sé: esto se lee de la súper chingada y no me enorgullece, pero ustedes también lo han pensado, a veces, no nos hagamos pendejos.

El hombre salió y se aventó a decirme:

  • “Amigo…vengo de bien lejos…no he vendido ni una pluma…tengo mucha hambre… ¿No tienes algo que me regales, pa´comer?

El sonido del silencio fue abrumador por largos segundos en los que no pensé nada. Quizá intenté buscar un pretexto para negarme pero no atiné a articular ni un motivo ni una palabra.

Invité entonces al hombre a sentarse en la barra.

Comencé a prepararle un baguette con queso, tomates, lechuga y cebolla. Era exactamente la clase de baguette que hubiera yo vendido. Recuerdo pensar que quizá con un bolillo se contentaba, pero también entendí y me dije que no se trataba de eso. No se trataba de eso.

El hombre sentado, ya sonreía. Y me lo contó todo.

Y cuando digo todo: es todo.

Creció en alguna colonia marginal. Aprendió a robar carros a los trece. Se volvió rápido para abrirlos y arrancarlos. Le daban una comisión por carro entregado – no me dijo cuanto – pero le iba bien, palabras de él, no mías. Se agarraba a chingadazos todos los días. Le caían cabrones en bola y de uno en uno, él se los chingaba. Hasta que sucedió lo que tenía que suceder y mató a un cabrón. A golpes. Se le fue la mano. No se disculpó ni parecía apenado. Solo me dijo que se le fue la mano.

Fue arrestado y se lo cargaron.

En la cárcel se hizo camarada de “El Chaka”.

No le entendí qué chingados era un “Chaka” ni quien era ese wey, pero no quise interrumpir. El hombre estaba hambriento de contarme y no paraba y no paraba y yo lo escuchaba. Este cabrón tenía hambre. Muchísima hambre.

En el flujo de la historia lo entendí. “El Chaka” era el pinche capo que gobernaba internamente en la cárcel. Según me contaba “El Chaka” decidía el destino de la gente: quien vivía, quien moría, a quien hacían mujer, a quien lo dejaban meter qué y quien recibía el peor castigo de todos:

  • “Hermanito, ¿tú sabes cómo castigan a los más pasados de vergas? A esos no los matan…a esos les quiebran las patas, les revientan las rodillas, para que nunca jamás vuelvan a caminar...a esos los sacan a la calle y entonces sí, ahí la pagan los cabrones…”

No me pasó inadvertido el cambio. En el tono. También en las palabras. Me llamó “Hermanito”.

El gesto se le volvió turbio…o fui yo el que le alteró el gesto y lo convirtió en monstruo, no supe y no lo sé, y así está bien.

Me enseñó entonces el pecho. Traía marcas equivalentes a doce puñaladas. “Picotazos” dijo él. La caída de “El Chaka” fue su propia caída. Le dieron un golpe de estado y les cayeron a todos, un día. Me dijo que ese día él mismo apuñaló cuando menos a tres mientras se defendía. Pero no le consta. No supo y no se acuerda.

Me dio miedo. Dejé de escuchar a mi “invitado”. Cuando el miedo es profundo los sentidos se interrumpen.

El horno eléctrico hizo “¡Tin!”. El baguette estaba listo.

Al sacar el baguette del horno el miedo se me convirtió en franco terror. De ese del que te hela la sangre. De ese del que te eriza la piel, del que te pone al mismo tiempo muy alerta e increíblemente muy pendejo, porque se te nubla el pensamiento y no razonas. No puedes. Dejar de ser capaz. Este hombre es exactamente la clase de hombre con el que jamás te quieres quedar solo en ningún lado, nunca. Y ahí estaba yo: me había quedado sólo, encerrado y sin salida, con un hombre que parecía salido de una fea película con Edward James Olmos.

Le serví el baguette y le di una Coca, bien fría. No me la pidió, pero nuevamente: no se trataba de eso.

Se lo chingó con singular alegría. Yo creo que llevaba sin problemas, un par de días sin comer.

En cuanto se lo terminó – y fueron no más de un par de minutos – me pidió un papelito para anotar algo. Le di una nota, de las que usaba para las comandas.

  •  “Hermanito…hoy me diste de comer…hoy me diste de beber…me pudiste haber corrido pero tuviste un gesto bien chingón conmigo…y yo sé corresponder…si un día….alguien….se pasa de verga contigo….pero que REALMENTE se pase de verga, no pendejadas…me hablas y yo me encargo…me pagas los gastos nomás…guárdalo bien…y que Dios te Bendiga y te de todo lo que me diste por miles de veces Hermanito…”

Estaba visiblemente emocionado. Quería llorar. O eso parecía. Me dio el papelito doblado.

Yo no sabía y nunca hubiera pensado que los monstruos lloraban. Luego pensé que eran los hombres los que sí sabían llorar, aunque muchos, evidentemente, a punta de golpes, miseria y “picotazos” olvidaban cómo.

Nos dimos la mano. El cabrón me jaló y me dio un medio abrazo bastante extraño. No sabría explicarlo ni volverlo a hacer, pero me queda claro que cerramos un pacto ahí.

Ese día nos hicimos lo más improbables carnales.

El hombre salió por la puerta de mi local y de mi vida.

Volteé a mirar el papelito. Traía su número.

Firmaba:

“El Bogar”.

 

 

Héctor Daniel

 

 

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