Estúpida genética estúpida
Cada que me veo en el espejo por la mañana antes de bañarme observo cómo ha pasado el tiempo. El cuerpo no perdona ni una, y si bien el mantenimiento que le des es fundamental, la verdad es que tarde o temprano todo se arrugará, colgará o bien aumentará o disminuirá de manera extraña. A mis casi 30 años y acercándome a lo que estadísticamente es la mitad del camino, miro con ansiedad hacia dónde voy. Ni modo. Mi problema sin embargo no es con la edad ni sus efectos, sino con la marca genética que cargo, y que mi pequeño vástago (¡Oh, Mateo, perdóname!) también indudablemente lleva con él. Al pequeño le salen llantitas una encima de otra y se le junta gordito donde simplemente en un hombre no va. Herencia de su padre, quien a su vez lo heredó del suyo, y así de generación en generación estaremos condenados a pasar la antorcha del sello genético hasta que los muy proporcionados genes de algún sueco o sueca nos hagan el paro y terminemos con esto de una vez por todas. Algunas observaciones al respecto:
En cuanto a la cintura se refiere, la rondana esa que se forma justo por encima de la línea del pantalón no nos molesta tanto a los hombres. Lo que sí molesta es cargar con rondana sobre rondana, de tal manera que de espaldas, a la distancia y sin camisa parezcas más un Bubulubu que un magnífico ejemplar masculino del Homo Erectus. Yo por eso aborrezco al “Hombre Michelin”, tanto es mi desprecio que cuando salen sus comerciales procuro siempre mirar hacia otro lado. ¿El lavadero? El que quiera ver un lavadero que vaya y se compre alguna revistucha de esas de chismes de los famosos donde salen reliquias como los ex integrantes de Garibaldi, Eduardo Yañez o Pablo Montero en calzones imposibles por pequeños. Yo eso del lavadero nunca me lo conocí, y si lo tengo, ha de emular más a una pila de lavar llena de ropa sucia. Alguna vez tuve el estómago plano, pero tenía 21 años y estaba en la pura flor de la edad. Desde ahí acumulé tanta vitalidad como mi sedentarismo de oficina me lo ha permitido. Y desde entonces todo parece de bajadita, pero como en tobogán.
Hablando de los muy masculinos pectorales, el término “man-boobs” desde que alguien lo pusiera de moda me parece inquietante e indigno. No hay que ser un genio para saber que, ejercicio o no, los que cargamos con ese peso lo tendremos hasta el final de nuestros días. La única salida es convertirse en fisicoculturista y con base en tortura de gimnasio y anabólicos poderosos arriesgarse a la esterilidad y esperar que se te pongan cuadradas. Pero todos sabemos que eso nunca sucederá. Sí, podrán bajar de talla con una buena dieta, pero nada más. Por esto hay tantos hombres en las playas caminando con los hombros hacia atrás y los brazos bien separados como si trajeran pistolas en las axilas. Es para disimular las chichis.
Importantísimo para tantas y tantas mujeres, el trasero es también un elemento genético que, trabajo aparte, es como es en su forma y figura por herencia. La forma y la tendencia a crecer o no la determina tu información genética y nada más. Sí claro, haciendo “desplantes” en el Gym puedes ponerlo más firme, pero siendo honestos a la única persona que le importa es a la mujer que guste de darte un apretón de vez en cuando, y eso no siempre ni a todos sucede. El problemita viene con los que, sin deberla ni temerla, simplemente no tenemos nalgas ni para llenar un pantalón recto de Zara. En mi caso particular: vengo tan mal equipado en esa zona que de milagro no me veo “curvo-pa-dentro” cuando estoy de perfil. Los pantalones anchos tipo “Worker” de GAP o parecidos me nadan, aunque sean mi talla de cintura, y los de vestir con el “tiro” amplio me hacen ver como niño que necesita un cambio.
En la playa todos estos problemas se agravan. Voltear a ver a los panzones con envidia no es precisamente lo más digno. Sin camisa es mejor caminar despacio y la verdad: primero muerto que corriendo. Que te tiemble la carne al moverte es de las experiencias más acomplejantes del mundo y sentirte como Gelatina Pronto pasadita de agua es simplemente triste. Lo chistoso es que cuando te pones el traje de baño y te vez en el espejo, lo primero que te viene a la mente es lo que tragaste anoche…como si por una pinche cenita hicieras ver mal tu traje de baño. En la playa ver pasar a señores de más de 40 años con un físico atlético envidiable saca a relucir lo peorcito de tu ser, cuando te descubres a ti mismo pensando cosas como: “Pinche viejo, ojalá le de un infarto en el gimnasio”, o bien: “Viejo pendejo, se ha de creer Julio Iglesias”.
Creo que ya me tengo que poner a dieta.
Héctor Daniel
Escribir un comentario - Ver los 1 comentarios - Recomendar