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El blog de Hector Grave

Maravillas y joyas de la edad

28 Octubre 2014, 12:28pm

Publicado por Hector Grave

Treintaicuatro añitos y contando. Y la vida nunca se ha puesto mejor. :D

Esto es algo que creo en verdad, pero luego cuando lo digo me recuerdo que eso dicen los que están aferrados a pensar que el presente es la mejor etapa de la vida porque secretamente saben que la mejor ya se fue pero caen en un muy humano ejercicio de negación de esos de gente aferrada a no reconocer que quizá, solo quizá, algunas cosas están empezando a valer madre.

Así me encuentro gente en sus cuarentas que luego dice que están en la flor de la edad, gente en sus cincuentas que dice estar en sus “nuevos treintas” y ahí nos la llevamos.

Y la neta, la neta, la neta: ya nada es como era. Pero no por eso es necesariamente mejor o peor.

Los treintas son una edad maravillosa donde se es quizá lo suficientemente joven para no lucir ridículo intentando vivir aún más de algún pendiente. También es una edad donde normalmente traes suficiente dinero en la cartera para darte gustos y ejercer libertades y por lo tanto de vez en cuando hacer lo que se te dé, finalmente, tu chingada gana. Además es una edad donde tienes el control aparente de la situación porque eres también, al mismo tiempo, lo suficientemente adulto.

Excepto cuando luego se comprueba todo lo contrario.

Y luego te aferras a intentar vivir lo que siempre quisiste hacer y por alguna pendeja razón nunca habías hecho. Como comprar una bicicleta bien chingona para andar en la calle en ruedas de lujo y de paso pegarle a la lonja matona, sueño y fantasía que luego se desmorona cuando te pasa demasiado cerca el primer pendejo camión de ruta y te dan miedos de esos que luego hacen que se te baje la presión y luego te cae el veinte y te dices: “no chingues, se me bajó la presión, así que así es como se siente” y regresas a casa con palpitaciones y bañado en sudor, sintiéndote heroico por haber sobrevivido 10 putas cuadras en una avenida que cuando niño recorrías de bajada, por el centro y sin manos…

Todo esto viene de la mano de un nuevo y renovado respeto por el panadero bicicletero (que curioso, parece que esta palabra no existe, sentí como un pedazo de cultura popular se me cayó por la borda para nunca volver) o por el jardinero que anda de aquí para allá con todo y escoba de Harry Potter empotrada y que parece que le da propulsión y de repente te descubres siendo un mejor ciudadano dejándolos pasar primero, dándoles más espacio en la calle y sí, admirando su valentía.

¿Y la bici? Acaba por ahí en la regadera de algún baño que gracias a Dios “sobra” y da el muy noble servicio de covacha/bodega junto a la hielera, un cartón de envases de cervezas, un florero horripilante regalo de tu boda y unas bolsas con adornos navideños puteadísimos pero que no piensas remplazar porque, total, pa’ lo que se usan…

Adolescencia tardía

Son los treintaitantos una edad inesperadamente mega existencial. Es una sorpresa en verdad. Recuerdas el pasado, lo anhelas, abrazas el presente, lo amas, proyectas el futuro y te cuestionas algo que te cuestionaste en la adolescencia: ¿Qué estoy haciendo y que voy a hacer con mi vida? Y aunque en los más de nosotros la pregunta no es tan grave como sus posibles implicaciones, para muchos es un azote brutal y se debe de sentir, de mil formas, como una última llamada

Por todo esto me fascina la película aquella de Benjamin Button. La escena donde él llega en una moto, físicamente a mediados de sus veintes, cronológicamente entrando a los cincuenta quizá, a encontrarla finalmente a ella en una edad donde ya todo es posible por el simple hecho de querer que así sea, con todo el mundo detrás como experiencia, con la cabeza fría, sin prisa, sin dar tumbos aquí y allá porque finalmente sabe lo que quiere y como sabe: lo consigue. Y encima de todo, además de parecer Brad Pitt (porque digo, ES Brad Pitt) el cuerpo le da para todo. Simplemente le da.

Y no siempre el cuerpo te da en esta muy interesante edad.

Aunque luego hay unos a los que el cuerpo sí les da, porque su voluntad es más fuerte que la dinámica anterior de vida (dinámica, porque no alcanza a ser “estilo” las más de las veces) y salen de las piedras, por montones, corredores de distancias medias, ciclistas de montaña, triatletas, competidores de quien sabe cuál Iron Man, titanes del gimnasio y del Cross Fit y quien sabe qué tanta chingadera más todo con el afán de seguir joven, sentirse más vivo, sentir que el reloj en más de alguna manera puede ir para atrás y hacer verdad aquello de que la vida nunca se ha puesto mejor. Se hace verdad sin duda. Es verdad si tú lo haces. Esto es el mejor descubrimiento que la edad me ha traído.

Y por increíble que parezca, en esta categoría más o menos estoy yo, pero en nivel totalmente junior, categoría “Pee Wee”, corriendo todos los días de 5 a 10 kilómetros, porque lo disfruto en verdad, porque si no siento que algo falta, porque si no la mente no libera presión, porque si no las ideas no fluyen como debieran, porque si no el nivel de energía aplicado el resto del día es simplemente menor y un nivel de energía menor a mi edad significa ser muy miserable todo el chingado día.

Y de una buena cruda ni hablemos. Me limitaré a decir que en esta bella década de la vida hace su aparición en escena la horripilante cruda de dos días. Y querida/querido lector: si nunca has tenido una cruda de dos días, no sabes lo que es una cruda.

El cuerpo cambió

Y estoy curiosamente más delgado que hace muchos años pero también más ancho que nunca. Y la cara me adelgaza y se me afila, pero no así los pendejos cachetes, redondos, saludables y que van que vuelan para comenzar a comprobar la fuerza de gravedad. La papada adelgazó junto conmigo, pero no se fue la muy estúpida y ahora comienzo a comprender que la única manera de meterle un proceso judicial para que se largue es mediante un pendejo cirujano plástico y si bien no lo estoy considerando ni lo consideraré, ahora comprendo.

Si eres hombre empiezan problemas totalmente pendejos pero de esos de los que comienzan a hacer caer algunos veintes como la salida de pelo donde no va y la ausencia de pelo donde sí. Inocentemente yo pensé que mi cuerpo dejaría de cambiar una vez superada la adolescencia, pero aunque es lo mismo en concepto en realidad no lo es, porque en aquel momento en el tiempo los cambios todos son bienvenidos y son percibidos como equipamiento muy masculino (algo así como el tumba burros, los faros de halógeno y los estribos en una camioneta), mientras que ahora son percibidos como señales, solamente señales, de la decrepitud que en algunos años se aproxima y que comienza a asomar su fea cara.

No miento cuando digo que un hombre nunca olvida cuando se notó por primera vez una ceja misteriosa extra larga y apuntando para arriba como de súper villano de Flash Gordon o del Fantasma Que Camina. Y de ahí todo es descubrimiento bizarro, donde cualquier mañana algo raro sale de tu nariz y son pelos y ¿dónde chingados estaban ayer? y luego por ahí salen uno o dos en las pendejas orejas y ¡ah cabrón! ¿A poco siempre he tenido tan poblada la bisagra? y salen canas extrañas no solamente en la maceta sino en la barba y luego te miras y te dices alguna pendejada sin realmente decírtela como “pues, si me salen más aquí y aquí y aquí, se me pueden ver distinguidas” y sales del baño pensando que ya hace más de veinte años del Señor Sheffield y no, ni te van a salir así, ni va a estar padre de ninguna forma.

Luego hay cosas que pensaste que cambiarían pero no terminaron por cambiar, como la pendeja espinilla esa que me sale religiosamente justo donde me nace la barba y carajo: ¿no debiste de haber dejado de salir como hace más de 20 años cabrona? Y la descubres por la mañana al espejo y te saluda: “¡Hola! Buenos días. Soy lo que quedó de tu adolescencia. ¡Que tengas un lindo día!” y todo el día la gente te saluda y luego parece desviar su mirada con ella para también saludarla y pinche Clearasil, nunca funcionaste, te aborrezco.

Pero otros días pasan otras cosas

Cosas maravillosas, que todo lo resuelven, que despejan el cielo, que hacen sonreír a la vida y por lo tanto te hacen devolverle la sonrisa. Y encuentras viejos amigos, te bañas en recuerdos e historias que nunca cansan y que nunca se hacen viejas, tienes vistazos al pasado y recuperas pedacitos aquí y allá de lo que fue. Y lo valoras. Porque fue lo que fue, porque al día de hoy te definió como eres y porque sin importar lo que suceda o dónde sea que sea que te encuentres hoy, nunca serías el que eres sin todo eso que sucedió.

Y ahí están mis amigos y el tiempo ahí no ha pasado nunca, excepto por las fotos que tomamos que luego terminan circulando en Whatsapp y que indudablemente dicen que una reunión a nuestra edad está en mejor forma y condición que el conjunto de todos nosotros quizá y la diversión y el cariño y el afecto casi hablan por sí mismos a través de la imagen, como también hablan las marcas de expresión en los ojos, el desierto que se asoma en la cabeza de más de alguno como yo y la panza o estúpida llanta abdominal, convertida en realidad permanente, producto de décadas de tragar pizza y refrescos y también de llevar pantalones y cinturones, para que todo luciera en orden.

El pasado entonces vive en el presente y aunque lo dejes ir como ayer que es, también y para siempre es hoy. Y sonríes.

Luego en mi caso, tuve hijos. Y la vida cambió para siempre.

A mis treintaicuatro nunca estuve mejor para tenerlos porque me da la edad para físicamente aguantarles el ritmo, me da la adultez para intentar ser padre e inculcarles lo correcto y me da la infancia no tan lejana para jugar y vivir con ellos, a ratos, una segunda infancia que no es otra cosa sino un verdadero regalo del cielo.

Aunque luego pienso que para cuando Marcos tenga veinte yo tendré cincuentaicuatro y me inquieto un poquito, pero luego pienso en más de alguno que más grandecito que yo se está chutando el primero y entonces, pues, se me pasa.

Pronto tendré cuarenta.

Y aunque no pienso unirme al Club del Iron Man, sí pienso darle a esto de la corrida a ver a dónde me lleva, total, pasé toda mi infancia y adolescencia evitando el ejercicio físico, tengo una cuenta pendiente con Jürgen, con Federico y con José Luis Zorrilla, aunque no pienso jugar pendejo futbol, el futbol es para tomar cerveza y nada más, he dicho.

Cuando tenga cuarenta, eso sí y se lo advierto al universo de una vez, viviré mi crisis de la mediana edad gastando dinero en estupideces que siempre he querido y porque sí.

Ya me vi, llegando a casa en un Camaro o un Charger del ‘72 o un Chevelle del ’77, de color escandaloso, con franjas deportivas y un motor de esos que ronronean al estar prendidos y que rugen al menor contacto con el pedal, de los que tienen un tinaco para la gasolina porque se la queman de a medio kilómetro por litro y si fuera el Charger, solo si fuera el Charger: lo pintaré como el General Lee.

Y llegaré a casa y en vez de bajarme haré sonar el claxon de transatlántico que tienen esos hermosos monstruos y cuando salga la Reina Madre Mártir de mi Crisis de la Mediana Edad, se querrá desmayar en el acto y en cuanto abra la boca para pendejearme sonoramente le sonreiré desde detrás de mis lentes Carrera y le diré:

“Súbete nena”

Y apuesto lo que quieran: a que se sube.

Héctor Daniel

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ZACK 11/04/2014 17:25

Vale la pena vivir la vida para que la mayores inconcrencias se vuelvan las mejores vivencias.