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El blog de Hector Grave

De Navidad y Santa Clós

5 Enero 2015, 19:03pm

Publicado por Hector Grave

De Navidad y Santa Clós

Vino y se largó la temporada decembrina y a mi me dejó con sensación de haber pasado el fin de semana más huevón de mi existencia con su consecuente lunes más tedioso y entumecido de la historia.

Esta mañana el mundo lo sabía, con la ciudad sin tráfico, el frente frío número chorrocientoseis o ve tú a saber qué número, qué hueva, ¿quién lleva la cuenta?, los chicos calientitos en pijama hechos bolita con La Reina Madre del Colchón King Size viendo televisión y yo pretendiendo que estaba listo con gesto muy gallardo y estoico (me encanta decir esto, me siento muy pinchi Gerard Butler cada que lo digo) para irme a cumplir con mi deber.

Claro que lo que quería en realidad era ponerme a chillar como hacía pinchi Chabelo cada que se privaba de un berrinche en alguna película de esas olvidadas que todos sabemos que vimos - y que no necesariamente recordamos - por canal cuatro, cinco o veintiuno, el canal dependiendo del año y de qué tan chingona estuviera tu antena de conejo o de si ya habían construido los pendejos departamentos esos que de la noche a la mañana construyeron ahí donde era la casa de Doña Señora la vecina – q.e.p.d.- y que además de hacer más fría la casa en invierno y más obscura y depresiva la tarde del domingo, jodieron de por vida la señal de IMEVISION, volvieron ocasional la calidad del 6, imposible la del 7 y dejándonos únicamente las más de las veces con la nítida señal del 2.

Esto explica perfectamente por qué crecí viendo más Quinceañera y Rosa Salvaje que caricaturas y series de televisión repetidas de los setentas… y Los Ricos También Lloran en alguna de sus repeticiones tempraneras más tardías, porque antes de las cuatro de la tarde no hallaban qué chingados poner y El Tesoro del Saber duraba nomás 30 minutos….

Y se fue la Navidad y la tragazón deliciosa y los abrazos y los buenos deseos y los abrazos maravillosos y los otros forzados, los entregados y los tensos y ya es enero y no jodan nos pagan hasta el día 13 y Dios mío qué quincena tan larga a ver si llega.

Pero lo pasé lindo. Fueron días hermosísimos.

El Niño Dios, Nikolaus y El Gordo que se hace llamar Santa Clós

En algún momento antes de tener hijos la Reina del Coto Toledo en Nueva Galicia y un servidor comentamos esto de los niños y Santa Clós. Mi idea original era decirles a verdad cuando preguntaran sobre quién traía los regalos en diciembre y explicar que todo era producto de la inmensa bendición que es tener familia y padres que gozan del privilegio de poder generar y proveer y por lo tanto cumplir la fantasía de algún regalo para los niños que se portan bien. La Reina del Coto Toledo en Nueva Galicia comentaba que no, que la fantasía del Niño Dios y Santa Clós era parte y pedazo de la magia de ser niño y por lo tanto era lindo que la vivieran. Estuve parcialmente de acuerdo y quise resolverlo todo con mi conocido argumento aquel donde no puede uno extrañar lo que no conoce y por lo tanto no se puede ser infeliz por lo mismo. La Reina me miró con cara de que era yo un imbécil mata ilusiones infantiles y la conversación se fue por el ya conocido rumbo ese que termina apuntando hacia mí donde soy un monstruo ojete que hace ver bien navideño al mismísimo Grinch al que además no le gusta Mickey Mouse…

No nos pusimos jamás de acuerdo y para cuando fue momento ya era demasiado tarde.

La Navidad anterior antes de subir a los chicos al carro el Príncipe Mateo se acordó de que al Gordo Panzón ese que trae los regalos le gustaban las galletas y la leche y por lo tanto, había que dejarle un platito ahí junto al árbol para que no se sintiera ofendido cuando trajera los regalos. Y sí, aquí su Grinch escuinapense fue a la cocina con el mocoso a ver de dónde carajos salían galletas hasta que me encontré un paquete de galletas de esas horribles que son de avena que parece que tienen chispas de chocolate pero que en realidad tienen putas pasas momificadas hábilmente camufladas y que no me explico todavía de dónde habían salido. Sospecho venían en alguna canasta de esas que se les da a los recién casados con “despensa” donde más de alguno aprovecha para sacar comida vieja de la alacena para repartir. Así termina uno en la alacena con latas de horroroso paté de cerdo del Herdez, bolsas de sopa de conchitas La Moderna, botes de mostaza sospechosísima y sardinas en salsa de tomate de esas que vienen en latas ovaladas más estorbosas que Centro de Mesa salido de algún Baby Shower que por más horas que tu prima fulanita haya invertido para que quedaran bien monos, lets face it, van a acabar en la chingada basura…

El asunto de la leche lo resolví en su momento de manera magistral porque por ahí salió un botecito en Tetra Brick de leche deslactosada de fresa con una vaquita de Alpura que llegó a la casa en algún berrinchillo en el supermercado del príncipe Juan que la agarró a la pasada y que al llegar a la caja ya nomás no quiso soltar.

Serví las galletas en un platito de Spiderman, puse el botecito de leche ahí, subí a los príncipes duendes navideños al carro y cuando lo arranqué recordé que había olvidado “algo”…y me regresé a la casa.

Corrí a mi clóset, bajé las maletas donde tenía escondidos los regalos, acomodé todo en chinguiza bajo el árbol y ya que me iba que me acuerdo de las chingadas galletas y pinchi gordo ni modo que no se las trague ¿verdad? Y bolas, me las zampé.

Estaban, a falta de mejor adjetivo y miren que me jacto de manejarlos: culerísimas. No, no, perdón, rectifico: reteculerísimas. Es más, eran la definición más pura de la culeréz, hecha galleta. Y la leche, Dios mío de mi vida, es lo más aberrante que he bebido desde que a los 14 años descubrí una botella de Brandy Fundador y decidí pegarle unos tragos y además el muy pendejo que las sirvió – o sea, yo – no puso una ni dos en el plato, sino ¡SEIS! ¡SEIS GALLETAS SABOR TIERRA QUE HACÍAN PARECER HUMEDO Y DELICIOSO EL PUTO ALL BRAN! Con pasas.

¡PUAGH!

Me las terminé en joda y me salí de la casa con el hocico más seco que la laguna de Sayula sintiéndome buen padre y Santa Clós al mismo tiempo, mirando la carita de mis niños que con su inocencia no notaron que su padre tenía lágrimas en los ojos no de ternura sino de la puta cuasi bronco aspiración que casi se provoca junto el arbolito de navidad.

Dejé el plato de Spiderman con morusas escandalosas ahí junto a Melchor, Gaspar y Baltazar y el bote de leche de fresa vacío con el popote usado al lado para que no cupiera duda: el gordo ese se las tragó todas y le gustaron y además es un pinche puerco, dejó un mugrero ahí justo frente al pesebre…

Cuando llegamos a la casa a la mañana siguiente, lo primero que notó el Príncipe Mateo no fueron los regalos, sino el plato vacío y el bote de leche evidentemente usado y me dijo con su carita iluminada: “¡¡¡SE LAS COMIO!!!” y yo lo miré con amor y toda la ternura que hay en el mundo y le sonreí, pensando si las galletas serían cuando menos una buena fuente de fibra y si lo descubriría más pronto que tarde…

Y así se fue la primera oportunidad de explicarles a los Príncipes de dónde vienen los regalos de navidad.

La segunda oportunidad

La segunda se acaba de ir también, pero a los seis años, la cosa ya no es tan sencilla, porque ya hay preguntas que exigen respuestas. Y la lista fue interminable:

Pregunta Inteligente del Príncipe Mateo: “Mmmh…¿Y cómo le hace Santa Clós para dejar los regalos, si no tenemos chimenea?”

Respuesta estúpida de padre poco preparado para preguntas inteligentes: “Si…er…mira hijo…er…resulta, que no mucha gente tiene chimeneas, porque hay lugares en el planeta tierra que no tienen nieve y no hace frío…y entonces…pues magia, ¿verdad? Yo creo, porque no se me ocurre otra cosa, ¿o tú qué crees?”

Y me mira con cara de no jodas si yo soy el que está preguntando y me dice como para calmarme: “No lo se papi”.

Después de varias de esas la víctima fue la Reina Madre y lo que sucedió fue digno de película de Wes Anderson. Es una pena no poderlo recrear palabra por palabra, pero sucedió algo como esto:

Pregunta Inteligente del Príncipe Mateo: “Mami, si el Niño Dios trae los regalos, entonces qué hace Santa Clós?”

Respuesta aberrante brillantemente compleja para explicar lo inexplicable de la Reina Madre del Verbo Navideño: “Ah, mira Mateo, lo que pasa es que San Nicolás era un Señor que era muy bueno y le traía regalos a los niños y entonces alguien inventó a Santa Clós inspirados por San Nicolás, que es Nikolaus como te enseñaron en la escuela, pero Santa Clós en realidad no existe, el que existe es Nikolaus, entonces los regalos los manda el Niño Dios y Nikolaus es su ayudante, porque el Niño Dios solito no puede repartirlos todos porque son muchos niños en la tierra y no alcanza ¿verdad? entonces el Santo le ayuda. Así que no te confundas hijito: Santa Clós no existe, lo inventaron, ese señor que tu vez de rojo es fantasía. Y así es como llegan los regalos. ¿Alguna otra pregunta?”.

Yo venía manejando y en vez de mirar al frente la venía mirando a ella a mi lado con la expresión más pura de “N O M A M E S” que jamás haya producido. Me miró con cara de “¿Qué Trais Güey?” y se quizo reir, a lo que contesté algo así como: “¿Y los Minions Adriana? ¿No se te olvidaron los Minions?” Y se quería mear de risa pero se aguantaba para no reventar la burbuja de fantasía que en unos segunditos ante mis ojos creció del tamaño de la infancia de mis hijos al tamaño de la Zona Metropolitana de Guadalajara incluyendo el Reino de Tlajomulco, of course.

Miré a mi Mateo por el retrovisor y no decía nada, mirando por la ventana con confusión, asimilando quizá las terribles verdades que su madre acababa de recetarle con las más navideñas de las intenciones ya que en cuestión de segundos se vino a enterar de que ni Santa Clós existía, ni el Niño Dios entregaba todos los regalos porque no podía y San Nikolaus era un pinchi ayudante segundillas.

Esto de hacer que llegue la Navidad tiene su encanto.

Nunca lo entendí sino hasta que tuve hijos.

Crecí adorando la época pero más en función de sus olores, de sus sabores, de su comida y algunas otras cosas. Así, para mí las navidades olían por ejemplo más bien a canela y a pie de nuez con dátil recién salido del horno que nunca pude comer por las pendejas nueces pero que olía tan maravillosamente bien. Sabía a galletitas de corazón salidas de la tienda de mi Tía Norma o de alguna caja del trinchador de mi Tía Conchita. Olía a pasto mojado en el jardín, palomitas de periódico con pólvora, garbanzos de esos que sacan chispas. Y lo gocé. Y siempre me llegó un regalo maravilloso, o dos, o tres. Pero creo que nunca la entendí cabalmente sino hasta que estuve a cargo de hacer que llegara un pedazo de Navidad a casa.

Y entonces, aunque no parezca, aunque no me crean, creo que finalmente la amé. Sin el Gordo Panzón. El Gordo Panzón soy yo. ¡JO JO JO!. Y me encanta interpretarlo.

Aunque en realidad es el Niño Dios el que llega a casa.

Y los chicos lo cargaron y lo llevaron al pesebre en su nacimiento. Y cantaron y corrieron y bailaron y cenaron pavo – aunque les dijimos que era pollito por supuesto. Y quemaron luces de bengala y se rieron y bebieron cantidades industriales de refresco y comieron pastel y jugaron y fueron inmensamente felices con sus primos. Y yo con ellos.

Hasta ayer, que terminó la hermosa vacación.

Esta mañana de lunes, de vuelta al trabajo, llegué de correr y bajó el Príncipe Mateo volando a recibirme. Se sentó en la mesa en su lugar, a esperar su desayuno. Bajó el Príncipe Juan Pedro, con el cabello batido a sentarse en su lugar también. Y mientras les hacía un huevito con tocino me dijo el Pequeño Grande:

“Me encanta estar contigo”

Y pensé en cómo nunca palabras tan pequeñitas de alguien tan pequeñito me podían hacer tan inmensamente feliz. Y queriéndole explicar cómo yo no conocía el alcance de lo que es amar ni lo que significaba existir para alguien sino hasta que nació, le contesté:

“Y a mi me encanta estar contigo Príncipe. Y con tus hermanos también.”

Y desayunamos juntos.

Héctor Daniel

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bere 01/07/2015 03:29

Jajajaja me encantó.. Sobre todo lo de las galletas, lo viví esta navidad por suerte fue una solamente, pero la tuve que tragar para evitar la pregunta "que comes mami?" y quedar al descubierto.