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El blog de Hector Grave

Para Mateo, Marcos y Juan porque ya crecerán (6) - De café y bebidas reconfortantes

15 Septiembre 2016, 10:51am

Publicado por Hector Grave

Para Mateo, Marcos y Juan porque ya crecerán (6)

  • De café y bebidas reconfortantes

Era una mañana como todas y algo no iba bien. El humor a veces simplemente es terrible y sin motivo alguno está uno encabronado, desesperado, ansioso, con ganas de incendiar algo, simple y sencillamente porque sí. O así me pasa a mí. Y bajé a la cocina, a la carrera y había sucedido algo impensable:

No había café.

La incredulidad en esas condiciones y circunstancias hace las de puta chispa en barril de nitroglicerina y ese pedo revienta peor que cuando el Coyote está parado en una montaña de puta dinamita. Y me avergüenzo de lo que sucedió porque no debe ser, nunca, pero sucedió. Y como siempre, verbalicé, como villana de telenovela, hice un berrinche y destilé veneno y me puse peor de mamón, ofensivo y grosero que Soraya Montenegro.

Y dije muchas cosas.

En el carro – y sin café – íbamos todos a algún lado cuando el Príncipe Juan Pedro, a sus tres años, con esa actitud de adulto miniaturizado que siempre ha tenido, desde su sillita de bebé en el asiento trasero repitió espontáneamente algo de lo mucho que escuchó y lo verbalizó en forma de reclamo para con su madre:

“Mami: ¡Papi solamente quería su PUTO CAFÉ!”

Era verdad. Eso era lo único que yo quería.

La Reina Madre que siempre arregla todo cada que la cago de inmediato fue a sofocar eso explicando más o menos que papi a veces era un imbécil grosero patán, que a papi hay que imitarlo en lo bueno y no en lo malo y que los niños pequeños no deben de repetir lo que dicen los adultos, menos que nunca cuando los adultos son imbéciles groseros y patanes, como papi.

Por supuesto no fueron estas sus palabras, pero aprovechó el momento de educar al niño para educarme a mí y ponerme una putiza simultáneamente.

El Príncipe Juan pareció entender y volteando su carita hacia la ventana pareció irse a meditar estas verdades muy lejos, allá a dónde van los niños a sintetizar y asimilar las cosas profundas.

Yo me dediqué a manejar la camioneta en silencio, sintiendo como me bajaba la sangre de la cabeza como pendeja espuma en un vaso de Coca Cola y si hubiera tenido rabo como perro seguramente lo hubiera traído entre las patas. Así lo traje el resto del día.

Acabamos en un Sanborn’s y casi le digo a la señorita que me dejara la jarra en la mesa para yo servirme.

Puto café. Naturalmente estaba re malo.

El café es un vicio reconfortante

Normalmente a mí me encanta la gente que gusta de beber café. La gente que toma café típicamente será gente que guste de una larga conversación y todo lo que esta conlleva. El café es pretexto para sentarse y gozar el paso del tiempo, porque requiere que lo ordenes, requiere que lo preparen con amor al arte, que te lo sirvan, que se enfríe un poquito, solamente lo justo para luego irlo bebiendo, a sorbitos entre comentario y comentario, entre postura y postura, entre estupidez y estupidez.

Cuando estaba creciendo y me dio por sentirme intelectualoide descubrí que a los otros presuntos intelectualoides también les gustaba y me dio mucho sentido de comunidad. El café era maravilloso pero también era pretexto. Lo que queríamos era reunirnos sin ponernos de acuerdo, porque cada quien iba cuando quería y podía y muy feliz era el día que coincidíamos todos.

El café siempre ha estado conmigo en muchos grandes momentos. Muchas de las conversaciones más intensas en mi vida han transcurrido con un café entre mis manos. Encuentros casuales convertidos en reuniones, reuniones pensadas cortas extendidas inesperadamente hasta que el mesero llega y entrega la cuenta con cara de “ya lárguense por favor, ya no mamen”, conversaciones terriblemente serias, confesiones, desahogos y a veces llantos. Y así como hay cafés memorablemente felices, hay cafés también terriblemente memorables, como los que me he tomado en múltiples velorios.

El café entonces es parte de la vida toda la vida.

Con el café pasa lo que con el vino de mesa y a veces, lo que con la cerveza: lo recuerdas.

Recuerdo perfecto por ejemplo, que mi madre me daba leche con café (descafeinado) y azúcar cuando era pequeño y yo lo prefería al chocomil. En casa de mi abuela cuando era muy pequeño fui muy feliz bebiendo uno, acompañando un tamal colorado con miel.

Mi primer café negro fue en casa de mi Nina Cuata. Era café ORO, soluble, de bote panzón de vidrio, etiqueta y tapa amarilla. Me sentí todo un hombre bebiéndolo y aunque me supo amargo, juro que lo disfruté. Lo acompañé de unas galletas que hacen allá que son medias hermanas de las putas piedras.

El día que ordené un café expresso por primera vez estaba con mi mamá comiendo en El Italiano en Av. México. Cuando mi mamá me dijo que podía pedir uno me sentí como que me dejó pedir puta champaña. Lo pedí cortado, sin saber qué chingados significaba eso y me acuerdo me supo como patada en la boca del estómago pero también como graduación adulta, algo así como cuando vas y abres tu primera cuenta en el banco.

Así como recuerdo los velorios que he atendido, recuerdo todos y cada uno de los cafés que me he bebido en ellos. Siempre, siempre han sido: los peores. Termino bebiéndolo siempre por los siguientes motivos:

  1. Si es de noche, asumo que un estimulante no viene nada mal para sobrevivir lo que se tenga que sobrevivir.
  2. Un velorio – significados, oraciones, despedidas aparte – es ante todo una reunión social. Literalmente: eso es. El café por lo tanto es naturalmente el acompañante perfecto. A menos de que sea en un pueblo y entonces algún vecino meta de contrabando una botellita de alguna bebida tan aguardientosa como dudosa, lo que vuelve el momento triste muy pintoresco.
  3. Los de las capillas y velatorios cobran una puta fortuna y el café malazo que ofrecen viene “incluido”. Es decir: está pagado. No bebérmelo me hace sentir como que no estoy aprovechando el dinero gastado de la gente que anda cargando una enorme pena, lo que no me parece bien.

Esto último es una pendejada, ya sé, pero así es el pensamiento a veces.

Algunas alternativas viables

Si no les gusta el café, lo que bien puede ser y no está mal, hay alternativas viables. El té es la más natural. No soy amante del té pero sí lo bebo con placer:

  • Verde para sentirme muy pinchi sabio milenario y saludable.
  • Hierbabuena para cuando duele la panza.
  • Manzanilla para todo y nada porque no se para qué es pero todos sabemos que sirve para un chingo de cosas.
  • Jamaica por su acidez y maravilloso color (aunque una taza equivale como a 3 idas a mear, es el líquido más diurético del universo). Esto no es otra cosa que “Agua de Jamaica” pero caliente y concentrada.
  • Negro con leche o crema, lo que lo vuelve simplemente: perfecto.

Hay otras variedades que no manejo pero que sé que existen y he bebido, se acomodan más o menos así:

  • “Earl Grey” para el que se siente muy pinchi británico…
  • “Chai” para el que se siente muy ciudadano del mundo, ideal para la gente esa que anda posteando mamadas como “en vez de acumular riquezas prefiero acumular experiencias” con una foto de una chica muy fresa con sus brazos extendidos al horizonte viendo el Taj Majal – o el templo ese perdido en la selva en puto Tailandia.
  • “Vainilla Francesa” para la gente que en realidad se quisiera estar tragando un puto helado pero su conciencia no le permite justificarse la ingesta calórica.
  • Cualquier variente que diga “desintoxicante” para los que están convencidos que el mundo está lleno de venenos que nos matan lentamente y que gracias al poderoso té ellos están haciendo algo para salvarse.

E insisto, si no les gusta el café está bien. No pasa nada. No es como si andan diciendo que no les gusta el chocolate: eso serían nomás ganas de llamar la puta atención.

Y hablando de chocolate, funciona también de mil maravillas como alternativa viable para el café. Si es con agua, mucho más sobrio, pero con leche es un placer universal (excepto cuando es “Abuelita”, esa chingadera lleva años sin saber a chocolate y todo es culpa de Nestlé).

Lo que no se vale es andar diciendo que les encanta el pinchi café y luego digan que su favorito es el “Mochaccino-descafeinado-deslactosado-frappé-con Splenda-sin crema batida” o alguna mamada de esas con más especificaciones que computadora, porque eso NO es café, eso es una pinchi malteada que contiene algo de café y que no sustituye en absoluto el café mañanero, ni el de la tarde, ni el de ninguna puta hora. Eso es más cercano a tragarse un helado, lo que no tiene nada de malo, solo estoy poniendo las cosas en orden. Además si tragan esto todos los días van a rodar un día.

Aunque también algunos bebedores de café son gente odiosa. Están por ejemplo los que les dices “Vamos por un café” y te contestan algo como “No gracias, ya me tomé mis dos tazas” con expresión de celibato, lo que trae entre líneas el mensaje de “yo también me drogo con cafeína, pero con control y moderación” lo que además de pretensioso, es ignorante y simple y sencillamente mamón.

Como si invitar a alguien a tomar café fuera invitar a alguien a vivir un momento de desenfreno lleno de emociones y peligros…

Cada quien al final del día. Y sin embargo, si quieren un consejo: a esa gente no le inviten nunca una pinchi cerveza. No le va a entender.

De cervezas hablamos otro día.

Héctor Daniel

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