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El blog de Hector Grave

En el banco

21 Febrero 2011, 15:29pm

Publicado por Hector Grave

En el banco

 

Pocas cosas cotidianas son tan odiadas por mi persona como el acto de ir al banco. Sí, yo soy de los que va físicamente al banco y repudio la banca electrónica porque en estos temas soy como un hombre de más de 50 años de edad que reniega de la evolución. La banca electrónica me da miedos, similares a los que padecía mi papá con su primer teléfono celular. Todo el tema de transferir dineros virtuales y de tener que esperar a que la transacción ocurra sin un papel de por medio con un sello con tinta emitido en caja me estresa un poco demasiado. A cambio naturalmente pago el precio:

·         La lucha por encontrar un estúpido cajón de estacionamiento…

·         La carrera a la pura entrada para “ganarle” a la persona que también está entrando a la sucursal más o menos al mismo tiempo pero sin parecer un gandalla o asaltante furtivo en el proceso…

·         Los emocionantes y terribles momentos de expectativa y consecuente desilusión al descubrir que tienes el turno 198 y la pendeja máquina que anuncia el turno dice 114….

·         Ver como la fila avanza a buen ritmo hasta descubrir que justo delante de ti tienes a algún maldito mandadero de alguna empresa que va a ejecutar 16 transacciones en ventanilla mientras a ti te salen telarañas…

Antes solía pensar que los bancos gustaban diferenciarse en la atención a sus clientes, pero al final acepté que el problema no son los bancos sino el sistema y que en términos macro todos estamos jodidos porque todos somos rehenes del mismo. Es decir: todos necesitamos de un pinche banco. Partiendo de esa verdad los bancos entonces comprendieron que la estrategia NO es en servicio a clientes ni en mejorar sus tiempos de atención en filas y trámites ni en nada de lo que los usuarios-rehenes nos quejamos, sino en la venta de productos bancarios que por salud financiera en verdad no quieres.  Son unos genios.

Pero también te diviertes si tienes tiempo, ganas y algo de voluntad.

No hace mucho tiempo fui a Banamex donde por costumbre o quien sabe por qué motivo manejo una cuenta y al que estoy habituado a falta de mejor alternativa. En Banamex la mini ventaja es que la fila no la haces de pie, sino sentadito en unas sillas de color azul rey con marco metálico como salidas de un desayunador de K2 o de Hermanos Vázquez. Mientras esperaba sentadito y pasados los dos minutos más largos de la historia bancaria, no pude más que notar que de las 10 cajas instaladas 2 estaban funcionando y una tercera como que no tanto, marcada como “Preferente” donde despachaba un sujeto que movía papeles y hacía tareas importantísimas como sacarle punta a sus lápices u organizar sus clips. En mi pinche vida he entendido qué se necesita para caerla a una de esas filas, supongo hay que tener un cierto saldo promedio o bien tener una deuda bancaria monumental de tal manera que al banco realmente le interese atenderte. En fin. Mientras esperaba me regodeé en la frustración del cliente común y corriente:

En la sección de “Atención a Clientes” a un señor de bigote muy formal con cinturón artesanal le explican una y otra vez cómo es que el banco llegó a un número. El señor replica una y otra vez que sí pero no, que a él nadie le dijo, que eso no es lo que se le explicó etc. etc. Al hombre nomás no le salían las cuentas y yo nomás de ver la jeta de la señorita de atención a clientes y al ver que contaba con un refuerzo detrás del mostrador como oyente,  no pude más que simpatizar con el señor aquél. Al final le escuché algo como esto:

“Mire señorita, yo estoy seguro que usted tiene razón, pero yo nomás no le entiendo”.

Tuvo que intervenir un sujeto con facha de sub-sub Gerente y entre todos ahí me lo montonearon. Al final el señor se tuvo que retirar. Se fue derrotado, pero con su dignidad intacta. Mis respetos para el señor. Yo hubiera salido escoltado por seguridad por aquello de la frustración mal administrada llevada al límite que tan bien manejo. El señor asimiló una neta bancaria que a los más rebeldes cuesta trabajo digerir: el banco siempre tiene la razón, sobre todo cuando no la tiene, y si no la tiene, el procedimiento correspondiente para ganar la batalla será tan complicado para que deje de valer la pena tan siquiera intentarlo. Insisto: GENIOS.  

Atrasito de mí venían un par de señoras a las que yo calculé la misma edad: algo así como unos 700 años más o menitos. Al ratito casi me da el ataque porque una de las señoras le decía al sujeto ese de atención a clientes de Banamex que se pasea por ahí preguntando a la gente qué es lo que van a hacer algo así como:

“Vengo con mi mami, ella es la que viene a hacer una aclaración…”.

No pude evitar la sorpresa, supuse que calculé mal su edad y que era yo un pinche méndigo fijado y que si les calculé 700 años a ambas había sido yo malicioso, y que ya viéndolas bien la una debía de andar por ahí de los 680…por aquello de que antes tenían familia y descendencia muy jóvenes pues y así poder explicar aquello del lazo materno. Me encantó el detalle de “mi mami”. Esa línea de respeto y de amor hacia la madre es algo que me fascina de mi país. De lo poco que últimamente celebro de hecho. Pero me amargo. Continuemos.

A mi izquierda se sentaba un Oficial de Policía de Guadalajara de esos que traen un uniforme como de Robocop made in Guatemala. Nunca los había visto tan de cerca. Traen además de un traje camuflado, unas rodilleras como para andar en patineta por la calle, unas botas como de Herman Monster todo terreno además de un cinturón más equipado que el de Batman. El oficial miraba con desazón su turno. Me imaginé unos raterillos haciendo su agosto afuera del banco robándose todos los espejos retrovisores de los carros muriéndose de risa y felicidad mientras el oficial esperaba ser atendido. Eso sí, era un señor muy alto y con relativo atletismo. ¿O eran las botas? Recuerdo haber pensado dónde podría conseguirme unas.

A mi derecha estaba el letrero ese donde publican fotos de falsos clientes y defraudadores buscados por la justifica. Por primera vez desde que las publican le dediqué algo de tiempo a la imagen: son como unas 12 imágenes todas pixeleadas de sujetos todos iguales: gordos con bigote, cachucha y lentes obscuros. Unos con trajes en colores verdes o beige gastado, otros con camisetas deportivas. Sospechosísimos. Luego el cartelón dice algo fabuloso:

“Si usted los reconoce: ¡DENUNCIELOS!”

Ya ni la chingan. De tan buenas las fotos yo creo que ni su padre ni su madre ni ellos mismos se reconocerían. Una cámara de estas Playskool que tan de moda se pusieron hace dos navidades entre la comunidad infantil haría mejor la chamba.

Todas estas cosas muy relevantes pasaron por mi mente cuando fui llamado por la máquina-oráculo que designa tu turno y la caja en la que tendrás el placer de ser atendido. Procedo.

Me recibe Eva María, ya que soy dado a leer las plaquitas con el nombre de la gente en lugares como estos para referirme a ellos de nombre propio a ver si puedo sacar algo de provecho. Nunca funciona. Pues mientras estoy con Eva María solicitándole una chequera nueva (porque me rebotó un cheque porque la chequera era vieja, no es mi culpa que no me los acabe) que me cae la señora mayor que esperaba junto a su hijita y con formulario en mano le pregunta a Eva María si es que ya todo estaba completo. Eva María con su natural dulzura (como el Isodine Bucofaríngeo, para que se den una idea) que me la batea diciéndole algo como que la sección B.4.2.6 estaba incompleta y que se regresara por favor a terminarla. La señora (de nombre Hermelinda por cierto, porque lo leí en su forma sin querer, aunque no me crean) que me le contesta que NO, que ella no va a llenar esa sección porque esa información ya se la pidieron en la página anterior y que ella NO va a llenar los mismos datos dos veces. Yo me dirigí con los ojos a su hija quien muy sentadita veía toda la escena con una sonrisa más bien dulce. Lo comprendí todo: Doña Hermelinda era una viejilla mafiosa, y aquello de “mi mami” no era amor hacia la madre sino más bien esa mezcla de respeto y miedo que se le tiene a la matriarca. WOW. Ya entrado en mitotes que le suelto a Eva María un: “Por favor atiende a la señora primero, evidentemente  necesita ayuda y parece que lleva aquí bastante tiempo”. Eva María me aborreció con su mirada a la que yo respondí con mi sonrisa más galana así como para suavizarle. Doña Hermelinda me voltea a ver con reconocimiento y me dice: “Gracias Joven, eso es de caballeros” a lo que yo le respondo magistralmente “De nada señora, habemos pocos”. Eva María me quiere matar mientras ella misma llena el formulario de la señora desde el otro lado de la ventanilla. Mientras paso el rato observando el procedimiento no me atrevo a voltear a los que esperan educadamente en la fila porque aquello de “Lo cortés no quita lo valiente” no siempre aplica y so pena de salir linchado por permitir a Doña Hermelinda colarse en la fila (en la que supongo ya había estado antes que yo y por aquello abordó mi caja de esa forma, pero no me consta) mejor preferí no provocar a nadie, muchísimo menos al policía. Me entregan mi chequera y me largo.

Fueron de espera exactamente: 1 hora y 46 minutos. Algo me dice que ya va siendo hora de aprender a usar Bancanet.

 

Héctor Daniel

 

 

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