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El blog de Hector Grave

Estupideces Personalísimas

19 Marzo 2010, 17:40pm

Publicado por Hector Grave

Estupideces personalísimas



Mi padre tiene la bellísima costumbre de acompañarte a la calle cuando te vas para garantizar que te subes al auto y en efecto te vayas, entre otras cosas. Así mismo es muy dado a esperarte a que llegues en la calle. No sé por qué, nunca nos ha querido explicar a nadie. Bien, pues en una ocasión yo venía llegando en un Pontiac Bonneville 1998 verde que mucho le gustaba y que siendo sinceros a mí también me acomodaba bien, cuando al abrir la cochera eléctrica y ante sus ojos decidí parar el auto a medio camino y por un reflejo imbécil cerrar la puerta de la cochera…con el auto aún a media cochera. Mi reacción fue incomprensible. No atiné a mover el carro hacia adelante, ni a detener la cochera, ni a bajarme del auto ni nada. Mi sensación fue similar, supongo, a la de la gente en las películas que se encuentra a media vía del tren y no atina a salir del auto para morir arrollado de manera horrorosa, espectacular y cliché. Las puertas de la cochera se cerraron con el carro atrapado en medio. Pues me quedé sentado con las manos al volante viendo a mi papá esperando su reacción. Para mi sorpresa no se enojó, más bien puso una expresión muy preocupada donde segurito meditó que el más pequeño de sus hijos era también el más pendejo…

Así es. Y que nadie me cuente. Todos tenemos trapitos sucios de estos. La cosa aquí es el descaro o ser lo suficientemente pendejo como para ponerlos en internet. A mí me gusta pensar que soy descarado. Les comparto otro puñito de estupideces personalísimas:


El pan Bimbo volador

Mi mamá gusta de ir a Plaza Patria desde que la plaza existe. En los ochentas era de lo mejor, había de todo literalmente. El ritual de ir incluía pagar la suscripción de El Informador, pagar el gas en un local que todavía existe en la planta alta e ir a Suburbia a pagar la American Express…porque se pagaba ahí, no sé por qué razón. Esto último lo llevo tatuado porque los maniquíes color blanco sin rostro del Suburbia me daban terror y cruzar la tienda para ir al mostrador a pagar era el equivalente a una caminata nocturna por el bosque con reportes de un asesino serial suelto por ahí…en fin. Para rematar el ritual de ir a Plaza Patria, mi mamá terminaba en el Gigante. Al salir había que subir unas escaleras eléctricas panorámicas setenteras con arreglos de espejos con aluminio horripilante y masetas tonaltecas. A mí a la salida me encargaban cargar la cartera de huevos o el plan Bimbo para que no se apachurrara con el resto de las compras. Me gustaba salir con el pan dando vueltas en mi mano, como si fuera una honda de estas como la que usó David contra Goliath…cuando en una de esas el pendejo pan “se me soltó” llegando a lo alto de la escalera eléctrica panorámica, disparándolo por los aires desde la planta alta, convirtiéndose en un proyectil que vi pasar frente a las Nieves Fiesta y fue a aterrizar cerca de la entrada de Deportes Guerra en la planta baja. La gente volteó hacia arriba buscando el origen de tan extraño misil. Lo dejamos ahí y nos dimos a la valiente huida. Ver a mi mamá correr para que no la vieran asociada a semejante situación me hizo entrar en pánico momentáneo. No me quedó más que correr detrás. Mi mamá me pendejeó con toda esa furia cariñosa que solo una madre sabe desplegar todo el camino hasta el carro y luego a la casa. Sí, sí le pudo haber caído a alguien en la cabeza. Hubiera sido genial. Nos quedamos sin pan toda la semana.


El refrigerador Across

Estábamos mi hermano Abel Angel y yo tratando de bajar un refrigerador Across modelo 1980 propiedad de mi mamá de una camioneta pickup Nissan (que muy buenos recuerdos me da), cuando a medio movimiento justo en el paso crítico de desmontarlo nos dio risa, de esa risa terrible que te da solo cuando lo que cargas es tan pesado que sabes que de caer va a ser un desmadre con posibilidades de heridas serias y secuelas dolorosas. Pues se nos cayó desde lo alto de la camioneta, y en horizontal, como caja de zapatos. El refri pegó en la banqueta, hizo ¡BROOOOM! y se le hizo una abolladura monumental en la lámina de la parte de atrás que estoy seguro que mi madre aún no ha visto, ya que bendito Dios fue precisamente en la parte de atrás y no del lado de la puerta (espero que no le de por leer esto). Me sentí muy pendejo porque en realidad al que se le cayó fue a mí, aunque fue mi hermano el Ingeniero quien calculó el peso para caer encima mío. Si de milagro no me cayó encima, o aunque sea, no me fracturó un pie. ¿Saben cuánto pesa un refrigerador de los 80’s? Lo mismo que una televisión de los 80’s, pero multiplicado por dos. Para acentuar aún más mi pendejez, enfrente había una obra con albañiles expertos en cargar varias veces su peso en materiales, viéndonos como si fuéramos niñas debiluchas. Pero eso sí, me cai que ya no los hacen como antes. El refrigerador lleva 10 años conectado donde mismo funcionando día y noche sin parar, y nadie nunca pensaría que se nos cayó de una altura de metro y medio. Antes lo sabíamos Abel Angel y un servidor. Ahora lo sabemos Abel Angel, un servidor y mi puñado de lectores. Este será nuestro secreto.


La puerta atorada

Tenía el hábito de colgar mi mano del perfil de la ventana que une los dos postes verticales, cuando una vez mientras lo hacía con la puerta abierta decidí cerrar la puerta sin quitar la mano…no es nada recomendable. La puerta rebotó gracias a mis deditos y a los hules esos que funcionan como empaque aislante y que en los autos Ford Topaz eran tan gruesos como cámara de llanta de bicicleta. Si no hubieran sido de estos, juro por mi padre que me amputo los dedos. Me duraron dos meses las uñas moradas, a lo que mi madre respondió con “fomentos de agua caliente con sal”, remedio casero tan estándar como ponerte árnica. Dudo muchísimo que sirvan para algo, pero parecieron curar la mitad de mis malestares infantiles y pre adolescentes. En mi vida he vuelto a cerrar una puerta con mis dedos fuera, por si te lo preguntabas.


La tetera bomba

Un día llegué y puse la tetera con agua a calentar, me subí a atender algo en la planta alta, se me olvidó y no me volví a acordar hasta que explotó…literalmente. La casa olía a quemado, había humo por toda la cocina. Mi mamá preguntaba con desesperación quién había dejado la tetera al fuego sin atender a lo que no pude más que responder: “Yo no…”. ¡Qué pendejo!. En casa solamente estábamos mi madre y yo, y estoy seguro que ella sabía que ella no había sido. Y eso que me jacto de tener siempre buenas respuestas.




Héctor Daniel

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Felicita Bom 03/26/2010 01:22


Me hasecho reir mucho ... io tb tengo anecdotas muy graciosa ... creo q a todos nos pasan cadacosa , pero siempre ay q verle el lado positivo a las situaciones :)