Héctor Grave
Este es mi espacio. Es privado y al hacerlo público te hago parte de mi también. Te invito. A cambio ofrezco únicamente sinceridad, algo que verbalmente en la vida diaria es un lujo
impensable.
Mateo ríe, crece y aprende
Mi pequeño heredero anda suelto. Se ha convertido en un monstruo gracioso con el que simplemente no me puedo enojar. Corre por toda la casa, grita, agarra juguetes y los avienta, abre los cajones
y se lleva mis relojes a lugares inalcanzables para personas de más de 80 cm de estatura, avienta zapatos al WC, guarda sus botellas de lecha vacías donde van los calzones limpios y baila al
ritmo de la canción de Two and a Half Men. En poquísimas palabras: el niño hace lo que quiere. Creo que mi hijo es feliz.
Ayer padecí mi primer episodio de estrés paterno porque resulta que mi pequeño ya está en edad de que lo inscribamos en la escuela. En realidad es “Maternal”, pero por lo que veo la cosa se pone
un poquitín competitiva. Adrianita fue en calidad de “Reina Madre” del pequeño heredero a la escuela a pedir informes. Según me cuentan el escuincle fue invitado a pasar a un salón con niños de
dos añitos de edad en clase. El niño se integró de maravilla, de inmediato corrió a alguna mesita de trabajo y se sentó a jugar con unos bloques y otras personas pequeñas de similar condición.
Adrianita “La Reina Madre” sufrió su primer revés de ingratitud infantil porque según me cuentan el pequeño heredero pa’ pronto le mandó decir adiós con su manita y le dijo algo que traduce como
“ahí mañana nos vemos Jefa…” que nadie, sino los Reales oídos de su madre, alcanzó a distinguir. La cosa no terminó ahí. Como se aproximaba la “hora del lunch”, los pequeños alumnos comenzaron a
sacar de sus loncheras sus alimentos. Dice también el informe que recibí que Mateo se abalanzó sobre una pequeña niña vecina porque osó sacer de su lonchera un juguito “Ades”, elixir infantil
favorito de Mateo y al que solamente él puede tener acceso. Aquí entró todo un proceso de negociación con el niño, con la pequeña poseedora legítima del juguito en medio, la maestra como
mediadora y Mateo imponiéndose con base meramente física. A Adrianita “La Reina Madre” se le caía la cara de vergüenza, y fue solo por azar del destino que decidió buscar en su bolsa tamaño
pañalera familiar (y que corroboro es más efectiva que la de Félix El Gato para sacar de ahí justo lo que necesitas) para encontrar un “Ades” igualito al que mi retoño pretendía descaradamente
robar. Nunca falla. Cuando quiere uno exhibir los buenos modales de sus hijos, son los hijos los que lo exhiben a uno. Pero el pequeño heredero es precisamente eso: pequeño. Ya aprenderá. Un
bebito no tiene modales, es simplemente un bebito. Y este es bueno.
Por higiene no batallamos. Al pequeño Mateo le fascina bañarse, tanto que si ve un depósito con agua corre a chapotear en él así llámese cazuela, tina de baño, lavamanos o escusado. ¿A qué niño
no le gusta el agua? El mío cuando es hora de bañarlo corre a donde ponemos su tinita e intenta solito meterse en friega al agua caliente. Necesita ayuda naturalmente. Antenoche precisamente,
como estaba muy caliente el agua, lo metí agarrado de las manos para que se fuera acostumbrando a la temperatura. Su respuesta fue tibia, con un ligero quejido de incomodidad, para luego ponerse
a hacer pipi mega descaradamente en la tina y en mi persona. El pequeño heredero se moría de la risa, mientras yo intentaba perfilarlo de ladito con más enjundia que efectividad. Cuando por fin
pude ponerlo de lado, el muy cabroncito ya había terminado, y decidió sentarse de lleno en su tina a disfrutar de su baño. Se seguía riendo. No existe otra persona en la faz de la tierra que me
pueda mear encima y que encima de todo, me parezca lindo.
El niño también ya sabe coquetear y venderse bien. La semana pasada estábamos en Applebee’s y el mocoso sacó a relucir todo el catálogo de monerías para llamar la atención de una niña de 15 años
en una mesa de atrás. Para hacerle honor a mi hijo: la niña estaba bonitilla. Sí, Mateo es tan solo un bebé, pero no por eso va a tener mal gusto. Mientras Adrianita “La Reina Madre” intentaba
llamar su atención para darle de comer, Mateo la esquivaba hábilmente para ver a su conquista y hacerle ojitos, carcajadas fingidas y estudiadas, hola con su manita, “pon pon” y una combinación
de todo esto. Ya que la chica volteaba, mi hijo se regocijaba riendo a carcajadas y derrochando felicidad. Adrianita “La Reina Madre” no tuvo más que batirse en retirada al aceptar que, como es
natural en esta vida, pronto otras mujeres entran en los ojos de los hijos y que lo acababa de presenciar no era sino la punta del iceberg. Al retirarnos del restaurante mi pequeño heredero buscó
a su conquista para decirle adiós, hasta la próxima baby, a lo que ella correspondió con esa ternura que solo las mujeres le pueden expresar a los bebés. A su madre nada de esto le causó gracia,
pero fue demasiado tarde desde el momento que su primer hijo fue varón. Su padre orgulloso por supuesto, nada como ver a su retoño desenvolverse con soltura.
Volviendo a la escuela: pues que resulta que los aceptan desde los dos años, que tienen que saber comer solos, que es preferible que ya no use pañales y quién sabe qué tantas otras exigencias que
con mi hijo acercándose al año y medio de vida no veo para cuando. Nomás faltó que me le pidieran hablar inglés y saber hacer macros en Excel…mi niño todavía no aprende nada de esto, pero sabe
hacer unas cuantas otras cosas que con gusto les comparto:
1) Sabe dar abrazos con mucho cariño a su madre y a su padre.
2) Sabe hacerle la barba a sus Titas para que lo dejen desmadrar la casa o comer dulces.
3) Sabe morder y lanzarse con todo cuando algo no le parece.
4) Sabe ligarse chicas mayores que él, y eso, mis estimados lectores, es oro molido.
5) Sabe armar sus mega blocks en torres para luego hacerlas pedazos jugando a Bebé Godzilla.
6) Sabe auto castigarse en su sillita de castigo cada que jala un cable y que sabe que no debe.
7) Sabe correr, jugar y reír, y por sobre todas las cosas y personas de la tierra, sabe hacerme felíz.
Escuela o no, mi niño crece, ríe y aprende y yo soy, sin lugar a dudas, el padre más orgulloso del mundo.
Héctor Daniel
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