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El blog de Hector Grave

Los Príncipes Libres

2 Octubre 2014, 23:20pm

Publicado por Hector Grave

Para mis tres valientes, enormes y únicos: Mateo, Marcos y Juan. Graves todos. Príncipes y Reyes, al mismo tiempo, también.

Los Príncipes Libres

Una enorme parte del placer fascinante de ser padre es observar su naturalidad en acción. La suya príncipes Graves. Eso que luego llamamos carácter, o personalidad, eso con lo que los adultos luego entramos en conflicto pero que los niños abrazan con total normalidad porque a diferencia de uno, a los niños no les preocupa ser. Ellos simplemente son.

Ustedes mis niños, son todo el tiempo, totalmente hermosos y perfectos en su naturalidad y humana imperfección. Ojalá así sean siempre.

Como cuando les parece graciosísimo quitarse la ropa porque sí y andan por ahí en la más sana y divertida exhibición. Juan Pedro como si nada. Mateo consciente de que algo está chistoso y nada más. Muertos de risa porque sí. Paseando. Brincando. Luciendo lo que nunca luce.

Hasta que nos dan los miedos esos y luego me digo a mi mismo que no vivimos en una pinche comuna hippie y corro a poner “orden” porque así “debe de ser”. Y sin querer, sin ninguna intención, sofoco un poco la linda cualidad de simplemente ser.

A los adultos se nos pierde esta preciosa cualidad. Crecer es complicado y cuando se comienza uno a preocupar más por encajar, por competir, por ganar, por llegar a donde luego no sabe uno a dónde porque nunca supo quizá, se nos modifica la naturalidad. Se nos ajusta. Se moldea.

Y nos decimos que eso es crecer.

Si pudiera asegurarles algo para la vida sería que siempre sean como ustedes son y no como el mundo espera que sean.

El mundo somos todos. Soy yo. Es su madre. Son sus hermanos. Son sus amigos. Son las expectativas en torno a ustedes. Las etiquetas que luego se nos ponen o que uno gusta curiosamente de imponerse.

De su padre y madre

Ser papá mis niños, es lo más precioso que me ha pasado en la vida. Se los digo a ustedes y se lo digo al universo. Y también, honestamente, es lo más difícil que he hecho y que seguramente haré mientras sea mi tiempo. Su madre se siente igual.

La dificultad radica en cómo dejarlos ser, darles total libertad, formarlos bien derechitos con honor y gallardía, con sentido del deber, protegerlos y luego dejarlos ir y volar.

Es la lista más pinche complicada y contradictoria que se me puede ocurrir y sin embargo no veo cómo no sea mi deber fomentarles todo esto. Nuestro deber.

Y luego se irán.

Y cuando se vayan, si es que nunca más nos necesitan, entonces sabremos que hemos hecho un buen trabajo. Y será triste y feliz, dulce y horrible, como en un licuado saludable de apariencia abominable de esos donde el pendejo betabel y sus pendejos parientes los apios se mezclan con naranjas y fresas y otras cosas de esas que hacen que beberlo sea posible o incluso que valga la pena al punto de ser casi: agradable.

Pero antes, mis hijos, quizá tengan que lidiar con todas mis expectativas y las de su madre, casi todas propias y algunas pocas heredadas a punta de regaños memorables, chanclazos y lapizazos cargados todos de amorosa disciplina, a veces cuasi militarizada, con la mejor de las intenciones.

Así por ejemplo, yo que fui el más pendejo para los deportes que demandaran cualquier nivel de coordinación veo con asombro e incredulidad como Juan Pedro parece ser hábil al extremo y como a mi Mateo parece importarle lo mismo que un topercito con palitos de apio en su lonchera.

Por lo tanto me sorprendo a mi mismo deseando que uno sea el as del deporte que nunca fui y me sorprendo solapando al otro porque nomás no parece ser lo suyo y me salen a relucir unos dos o tres o cuatro o setenta y cuatro traumas que acumulé a lo largo de mi educación media originados por, entre otras cosas, decenas de pelotazos en la cara y la nariz, tiros libres al tablero de basquetbol que llegaron a no menos de medio metro de distancia del aro, penales atajados en cámara Phantom en medio de mis piernas, últimos lugares en la pista de carreras lejísimos de ser decorosos y sí, ser una y otra vez la última selección del draft cuando se hacían equipos de lo que fuera. Lo que fuera. Hasta de pinchis quemados.

Y luego la escuela

Las calificaciones y el eterno prejuicio de que el que saca buenas calificaciones es “buen muchacho” y el que no, pues no tanto.

Los reportes de indisciplinas menores de ustedes, mis príncipes, que tanto agravian a la Reina Madre y que secreta pero pública pero secretamente tanto me enorgullecen, porque lo que para ella son demostración irrefutable de mala educación de su parte, para mi son muestra de ingenio, ocurrencia, toma de riesgos e inteligencia. Y comprobación de conciencia. Traen lecciones que de otra manera no se reciben plenas incluyendo arrepentimiento, purgatorio y aceptación de las consecuencias. Es simplemente formacional.

Y sí, es de hombres de recursos saber de todo eso.

Como cuando Juan Pedro se defendió de una niña y le soltó un madrazo bien dado y la hizo llorar hace unos meses. Pocas cosas más tiernas que ver sus ojazos enormes cargados de culpa y sentimiento porque sí, se estaba defendiendo, pero fue una niña y decía “lo siento mucho papito, no volverá a suceder”.

Y luego Mateo, quien con algún cómplice delictivo me acabo de enterar que se puso a decorar una silla de la escuela con algún marcador permanente y que le metieron un reporte. Al ser cuestionado su declaración fue peor que la de Mario Aburto por lo que la versión oficial consistió en “se nos ocurrió y pensamos que no pensamos en otra cosa” y la Reina Madre se jalaba las greñas y yo me quería reír pero en mi posición de Procurador de Justicia eso es, simplemente, impensable.

La Reina Madre Magistrado me lo sentenció a un mes sin televisión, a una caja de legos confiscados, a perderse la fiesta de su súper compita Gonzalo, a no comer dulces de ningunos…. y nomás porque no tenemos torre con calabozos en el Palacio de la Reina Madre, porque si no también a dormir al calabozo de la pinche torre me lo mandan al pobre.

Y entiendo. Se tienen que aprender a comportar.

Y sin embargo, ahí hubo vida, destellos, lecciones, tristezas, sensaciones y muchas cosas más. Libertad para experimentar.

Y luego crecerán

Y vendrán los miedos del padre que intenta formar un adulto. Y saldrán fantasmas del clóset y de las navidades pasadas y los espíritus de los ancestros y la lista de todo lo que se dice o se piensa o se ha dicho entonces se puede volver interminable cuando llega la hora de escoger que carajos estudiar. Y salen:

“Por favor estudien algo productivo, sean ingenieros porque les pagan mejor, siempre quise un Doctor en la familia, busquen algo práctico, vocación o no vocación pos hay que tragar ¿verdad?, tu tío Fulano era Licenciado, busquen una empresa buena que les garantice un sueldo, no hay mejor escuela que los despachos de auditoría, no estudien aquello porque de eso la gente se muere de hambre, siempre quise ser Ingeniero Civil, la música es un hobby, por el amor de Dios no te me vayas a volver un bohemio y menos poeta, las artes en este país no dejan, vuélvete experto en tecnologías de la información y en la nube, pero no estudies nada con letras porque eso es para huevones, no hay trabajo para eso, tu abuelo estaría orgulloso…”

Y fluyen, mil y un estupideces todas, miedos infundados más de la mitad, frustraciones propias, sufrimiento por carencias proyectado de ese que le quiere uno evitar a su descendencia pero que no tiene ni fundamento ni razón, ni cabeza ni pies, ni principio ni fin, fantasmas todos de otra generación y nunca, nunca de ustedes, sépanlo bien.

Y si alguna de estas cosas fuera verdad o cierta, que lo sea para ustedes y entonces sí, será legítima y honesta. Y adelante.

Estas no son etiquetas para ustedes. Para ninguno. Y si se las quiero pegar alguna vez, por favor con paciencia y elocuencia: me ponen en mi lugar. Y a su mamá también.

Pueden llevar esto impreso y tener un bello momento personal cúspide haciendo a su padre tragarse sus palabras.

Si así va a estar la cosa nomas recuerden llegar con cerveza.

Así que ahí les va:

Son libres mis príncipes. Sin paradigmas. Sin expectativas de ningunas. A ver qué son. A ver qué quieren ser. A ver qué pueden ser.

Vayan y vuelen. Sean. Desobedezcan si es necesario. No se preocupen por satisfacerme o llenarme de orgullo porque mi satisfacción y orgullo lo tienen desde el primer momento en que los vi. Y es para siempre.

Vayan y abracen y toquen y rían todo lo que quieran. Ofrezcan siempre todo lo que son y cuando duela, nunca se arrepientan, porque el dolor al igual que el placer, es vida y la vida es para abrazarse. Conecten sin miedo. Total, si algo sale mal, habrán aprendido y eso, eso también es vivir.

Cuídense nada más por favor en el proceso, porque el proceso de ser también es explorar, descubrir, arriesgar, apostar y a veces - a veces más de las que uno quisiera- perder. Cuídense no por miedo a que se vayan a lastimar, sino por respeto a ustedes mismos y a su integridad. Sean libres. Y buenos. Y disfruten el mundo, porque si siguen así, estoy seguro de que el mundo los disfrutará enormemente a ustedes. Dando y dando.

Crezcan libres Príncipes Graves.

Héctor Daniel

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