El regreso a clases
Comenzaron las clases y comenzó nuevamente el trajín ese que lo trae a uno en chinguiza loca por la mañana temprano y vuelven los viejos y hermosos juegos de roles.
Su seguro servidor se levanta y hay un momento mágico donde junto el valor e invoco toda la energía del universo para despegar la cabeza de la almohada, la espalda del colchón, empujar las piernas al piso y retirar finalmente eso que hay arriba de las piernas y abajo de la espalda que tanto pinche trabajo cuesta despegar para finalmente enderezar el tronco y dar la bienvenida al nuevo día que irremediablemente a esas horas luce como media noche y no sabe uno si chiflar como canario madrugador o aullarle a la luna nocturna.
Finalmente me levanto.
De normal me levanto más bien incómodo, caminando como Compás Mendoza listo para hacer un pendejo círculo en un block Scribe, derechito al baño porque está aquello que revienta e irremediablemente también me pongo un putazo muy bien dado con la sillita del pequeño Dictador, donde me lo sientan al pobre cada que no sabemos que carajos hacer con él porque está que no se aguanta y quiere brazos nada más y normalmente, y esto es verdad: los quiere de mujer.
Se me hace lindísimo esto último, hasta que irremediablemente también crezca y entonces sí, a ver si se me sigue haciendo lindo pero sobre todo, a ver si a la Reina Madre de Tlajomulco no le saca canas verdes y rojas y de todos los colores, para terminar pareciendo un hermosísimo arcoíris con esa mata bellísima que se carga y que no se acaba por más que despelucha más que un Golden Retriever o un Gigante de los Pirineos o como sea que se llamen esos enormes chuchos lanudos de apariencia dulce y cabelleras color caoba, maple, miel y rubio al mismo tiempo.
Esto último lo sé sin haber tenido uno, pero lo que sí veo son los cepillos en el baño y por una ansiedad inexplicable – de esas como la que te dicta que a huevo hay que reventar las burbujitas de aire en los plásticos con bolitas que se usan para empacar cosas frágiles - me ha dado por quitarles el cabello y hacerlo bolita, a ver de qué tamaño sale la méndiga bola y de qué color se ve. Y sorprendentemente suelta cantidades industriales, pero más sorprendentemente: no se le acaba el cabello.
Yo tan pinchi pelón y ella de melena tan prolífica y recuerdo, cada que limpio el cepillo, cómo en clase de Inglés en el Tec de Monterrey, hace ya tantos años, no puse las más mínima atención a la clase un día porque sentada delante mío la tenía y yo lo único que quería era pasarle los dedos por encima a ese cabello que me parecía fenomenal, de cuento, de león y criatura fantástica, suave, de color indefinible, como caoba, maple, miel y rubio al mismo tiempo. Precisamente: como de Golden Retriever…espero esto no se me mal interprete…ahorita que llegue a la casa me entero… :D
No lo hice por supuesto (agarrarle el cabello desde atrás) y la otra ni enterada. De haberle puesto un dedo encima hubiera acabado sentándose en la otra esquina del salón desde ese día y con un gorro o algo como para cuidarse del pervertido del salón y nada de esto hubiera ocurrido. Me hubiera caído una etiqueta mal infundada de manoseador, de esos de los que tanto les advierten las monjas a las niñas en el colegio. Supongo. Segurito.
Pero me desvío, para variar. Regresemos.
Y ya en el baño le doy las buenos días al trono – o el trono me los da a mí, es lo mismo – y me levanto a lavarme las manos, los dientes y me quito la pijama y salgo como Dios me trajo al mundo en plena obscuridad, muriéndome de frío pero sintiéndome más macho que Conan El Bárbaro y voy al lugar donde dejo mi ropa para correr una noche antes y me preparo. Ahora que lo pienso, no entiendo por qué carajos dejo la ropa ahí en el cuarto y no en el baño para ahorrarme el paseo en la obscuridad encuerado y supongo que si La Reina Madre de la Cama King Size despertara y en la obscuridad viera a un sujeto tan bien formado y de apariencia tan masculina sin una sola pieza de ropa encima tendría un pequeño exabrupto…por lo de bien formado por supuesto, porque yo no estoy bien formado ni de lejos y por lo tanto sería otro cabrón…y en cuanto a la apariencia bien masculina, pues, supongo, sería cuestión de ángulos y puntos de vista al momento de la ocurrencia. Pero nunca ha sucedido.
Me visto, me pongo los tenis, una chamarrita buenísima que fue regalo navideño de la Reina para moi esta temporada y que además hace el milagrito de hacerme ver atlético, un gorro para la pelona y controlar ahí más o menitos el termostato y me largo a correr, con Milú o sin Milú, dependerá de mis ganas de consumir distancia o soledad reflexiva o las dos.
Y Dios Mío: qué feliz soy a esas horas.
No hay nadie excepto Milú, el cielo, la luna, las estrellas y yo. Y corro fuerte y las piernas me dan y el frío me alienta y en mi Ipod corre conmigo Frahm, o Eluvium o Yann, o lo que sea que me dicte el sentir y en algún momento vuelo sin sentir las piernas, el aire fuerte en el pecho y miro hacia arriba y veo a Venus y a Marte y a la otra estrellita que está ahí en medio que nunca me acuerdo cómo se llama y a sus otras chingomil hermanas, regadas aquí y allá, todas cerca de la luna que si es que hay, me mira y me acompaña e ilumina la calle como a mi me encanta por el bello tono que le da al todo y también, siendo prácticos, para evitar riesgos de venir a darme en toditita la madre con algún tropiezo y subsecuente putazo, que a mis 34 años por cierto, ya se sienten como caída desde un tercer piso….
Y esos bellos minutos: todo funciona. El universo a mí alrededor funciona, impecable, bello, como máquina precisa y solamente: para mí.
Y todo va de maravilla. Hasta que Milú decide cagarse a media calle.
Esto no sucede diario, pero cuando sucede, no solo se caga en la calle sino en todo mi mágico momento. Y volver a conectar con el universo con una bolsa que contiene caca de perro en la mano es imposible. Imposible. Pero nunca se lo tomo a mal. Es perro. Tiene que cagar.
Termino mi recorrido y suelto a mi nena Milú en la calle justo frente a la casita que nos ha visto crecer y ella se acerca y yo acerco mi frente a su cabeza y ella se inclina y se recarga en mí y nos tocamos, cabeza con cabeza, a decirnos sin decirnos cuanto nos queremos y cómo con nadie, nunca, será igual ni para ella ni para mí.
Y entramos a la casa y la Reina Madre ya volaba en la cocina convertida en la más viva imagen de alguna deidad de otra cultura con 8 brazos moviéndole al sartén, echándole agua a mi cafetera, licuando la fórmula esa de USANA que me ha dado por beber por las mañanas, tostando pan, untando mermelada, poniendo zanahorias – que nadie se va a comer – en los tuppercitos del lunch de los chicos y todo eso que solamente una madre preocupadísima por el fantasma de “no van a llegar a la escuela” es capaz de hacer. Es un espectáculo. A mí me encanta. Como diría el Señor Spock: Fascinante.
Milú corre a chingarse medio balde de agua y luego a echarse bajo la mesa y a mí me mandan a despertar a los príncipes como lacayo que soy porque “no estoy haciendo nada”.
El Príncipe Juan Pedro amanece bien y de buenas, el Príncipe Mateo amanece más pegado que el motor del Caprice ’83 de mi papá en una mañana bien fría y a ambos los arreo, ¡órale cabrones, a desayunar! y ya sentaditos en la cocina, comen huevito a punta de madrazos porque la neta, quien quiere tragar huevos revueltos a las 6 de la mañana…
Pero comen. Y el huevo parece que venía revuelto con payaso, porque empiezan las graciosadas esas que a la Reina Madre le divierten tanto como a mi mamá le divertía Capulina. Y el tiempo corre. Y sube el estress. Y a mí me sigue encantando.
Y el Príncipe Juan Pedro va a su cuarto, se quita la camisa de la pijama y camina con la camisa en su mano a tirarla a dónde va la ropa sucia en mi baño y se anuncia con voz muy ronca según él “¡Soy el macho sin camisa!” y se regresa a su cuarto, se quita los pantalones y se regresa a dónde va la ropa sucia en mi baño y se anuncia con voz muy ronca según él: “¡Soy el macho en calzones!” y esto se repite exactamente por la cantidad de prendas que traiga encima. Y curiosamente se pone legítimamente más gracioso conforme avanzan las repeticiones, justo como en las películas de Capulina. Excepto si fueras mi mamá. Y por supuesto en ese momento, excepto para la Reina Madre.
Para cuando vamos por el calcetín izquierdo yo me estoy meando de la risa y la Reina Madre ya me lo quiere matar de un chanclazo asesino por lo que tengo que hacer labor ahí de árbitro y juez disciplinario mandando en chinga al payaso a su cuarto a vestirse y al Ogro a su sillón…digo…er…¡a Su Majestad!
Y el Príncipe Mateo se desviste y como que a media operación decide que dejó unos Legos en su mesita y se le va el pedo y se pone a jugar y a armar una navecita para un mono que sabe de dónde chingados sale y para cuando me estoy terminando el café para meterme a bañar tengo a un niño vestido y listo y al otro a medio desvestir y la Reina Madre Policía Judicial se pone a hacer declaraciones amenazantes por el altavoz ese que solo las madres tienen instalado en la garganta por las mañanas y salen joyas de ahí: “¡VISTETE YA! ¡SI NOOOO, ME VOY A LEVANTAR A DARTE UNA NALGADA!” y el otro, la neta, la neta, la neta no escucha si tiene algo en sus manos.
Sabe qué chingados pasa. Tiene un nivel de concentración elevadísimo para lo que sea que traiga en las manos mientras que se le apaga todo el sistema auditivo.
Cuando la Reina Madre ve perdida la pelea mete tercera y entonces se mete con el que sí puede: con su pendejo. Y yo sin vela en el entierro, bien buena onda, tomándome mi cafecito. Y me la aplica también: “¡SON LAS 6:25, METETE A BAÑAAAAAR!” y pues, la neta la neta, me meto a bañar. Pero porque YOOOO QUIEROOO, no porque ella me mande.
Y me baño con agua ardiendo porque así funciona mi ritual mañanero y dejo el agüita caer en el cuello y siento como las ideas se calientan y reposan como en un sauna neuronal y ¡AAAAH, qué agusto! y en cuanto salgo escucho al reloj humano ese con el que vivo:
“¡¡¡¡SON LAS 6:35!!!!!”
Y pienso siempre que mucha gente tiene un reloj de péndulo de esos que dan campanadas, otros ponen “Primero Noticias”, otros tienen un reloj Cu-Cú nefasto salido de alguna tienda propiedad de algunos Gnomos Relojeros en Zurich y como yo en cambio tengo a “La Reina Madre de Tlajomulco, Tutora de Príncipes, Ama, Señora, Soberana y Guardiana del Tiempo”, en casa, para decirme la hora.
Y me río. Me río siempre, mucho y felizmente. Y no es burla. Es amor. Por la dinámica. Por los enanos esos que es una putiza poner listos cada mañana. Por el reloj humano que si no se preocupara por ponernos al tiro nada sería posible, ni nadie llegaría, ni nadie comería bien, ni habría café, ni licuado, ni llegarían los niños con mochila y sin el que simplemente: nada funcionaría.
Y ya bien seco después de mi reparador baño hago mi segundo pase sin ropa por la recámara pero esta vez con las luces prendidas y sumo la panza porque soy bien tímido y pudoroso y ahí sí como que me empieza a caer el veinte de que en efecto se ha hecho tarde y si quizá no me hubiera tardado tanto en el cafecito… y me visto de volada como solamente un hombre puede y es capaz de hacer: pantalón, camisa y cinto, desodorante, loción y listo. Y zapatos pues. Y sweater. Estaba helando.
Los chicos corren a la cocina, agarran sus mochilas y tilichitos, yo agarro mi loncherita y café y licuado, mi I-Phone, mi cartera, mi reloj, mi anillo, mis lentes, mis llaves de la casa y mis llaves del auto y bien pendejamente no sé qué hacer con todo en mis manos y salimos todos, yo haciendo malabares, los chicos en tropel, mientras Milú nos ladra terriblemente, como si temiera nunca volvernos a ver y estoy seguro mis vecinos la aman enormemente por ello…
Todo a la cajuela. ¡VAMONOS!
Y empezamos: “Niñito Dios, buenos días, gracias por este bello día…” y de ahí conectamos con un Padre Nuestro y de ahí el Juan Pedro se me va de corrido con un Ave María y no sé cómo detener eso y luego luego ya estamos parados en el estacionamiento ese gigantezco que se llama López Mateos Sur. Me burlo de la mujer del auto de al lado por nefasta al volante y mi Mateo, niño adulto y dulce y tierno que es, me dice:
“Papi, no te rías. Si te ríes de la gente, te pueden hacer algo. Y yo no quiero que te hagan nunca nada. Yo no quiero que te peguen. Además eso es de mala educación”
Y me sorprende. Me toma con la guardia completamente baja, como solamente le sucede a un padre. Y me cuestiono quién educa a quién. Y me queda más que clarísimo.
Le contesto:
“Hijito, gracias por recordarme. Tienes toda la razón. Se me olvidan muchas cosas y me fascina que seas tú quien me las recuerde”.
Me responde:
“De nada papi. Te lo digo porque yo te quiero. Yo te cuido.”
Y no sé cómo aguanté la lágrima esa que solamente este pequeñísimo y dulcísimo cabrón enorme de 6 años me sabe sacar desde lo más profundo del alma. Me flaqueó la voz y no pude decir nada más. Me aguanté. Sentí el pecho tibio y la antítesis, absoluta, de la puñalada en el corazón.
Jugamos el resto del camino a encontrar carros rojos, azules y verdes. Ganó Juan Pedro, por supuesto, con polémica incluida.
Llegaron felices a su primer día de clases.
Héctor Daniel
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