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El blog de Hector Grave

Los días nublados

2 Marzo 2015, 18:45pm

Publicado por Hector Grave

Hay tantas cosas que no entiende uno cuando va creciendo. Yo por ejemplo nunca entendí por qué mi papá entraba todas las noches a mi cuarto a verme y me tocaba la panza para asegurarse que respiraba y dormía. Me saludaba si me encontraba despierto.

Muchas veces fingí estar dormido porque pensé que al ser tarde se molestaría por no encontrarme dormido.

Quisiera viajar en el tiempo y corregir esas muchas veces. Recibirlo despierto para decirle algo y escucharle y desearle buenas noches y tener un intercambio que tantos días entre semana se nos negaba porque el ritmo de vida, el trabajo, las obligaciones, el medio y la vida misma se interponían. Pero eso ya no fue así y sin querer ni darme cuenta le negué algo que no era mío para negarle. Le negué la satisfacción de convivir con su pequeño hijo pequeño después de la chinga diaria que significa ser hombre.

Lo siento tanto papá. Apenas entendí.

El día de hoy soy yo el que entra a los cuartos por las noches a verlos. A mirarlos dormir. A revisar si están bien tapados, si todo está en orden, si descansan. A decirles sin que escuchen en ese momento que los quiero y que siento mucho no haber llegado a tiempo para verlos y ser visto. Para abrazarlos y ser abrazado. Para mandarlos a dormir sonriendo e irme yo a dormir satisfecho. Para que todo valiera la pena.

Luego van a crecer. Y les pasará quizá como me pasa a mí, que estoy al pendiente de mi mamá y mi papá un día sí y otro no. El ritmo de mi propia vida me absorbe y me lleva. Y sin querer nos distanciamos un tanto y nos acercamos también, porque entre adultos – al menos papá y yo – nos hemos entendido infinitamente mejor de lo que nunca antes nos habíamos entendido.

¿Cómo nos iremos a entender, los príncipes y yo, cuando crezcan?

Felizmente las más de las veces sí llego a tiempo a casa. Porque ahora entiendo. Ahora entiendo tanto.

Crecer y madurar

No hemos platicado mucho estos días. Lo siento mucho mis niños. El deber se ha impuesto. Usaremos estas noches y el fin de semana entero para nosotros únicamente. Para ustedes. Para mamá. Para mí. Sobre todo para mí, príncipes, porque invertir todo mi tiempo en ustedes es la mejor manera de invertir en mí.

Y aunque el deber ha llevado mano, cómo he conversado en mi interior. Salen cosas de todas, luces brillantes, obscuridades, orgullos, vergüenzas y vergüenzas orgullosas pero nunca orgullos vergonzosos cabe decir. Salen recuerdos, memorias, consejos perdidos que ahora que ya es demasiado tarde apenas comprendo y sí, muchas piezas sueltas que todavía no logro encajar y que de aquí a que sea el día en que mi cuerpo expire espero poder resolver. Pinchi rompecabezas sin fin.

La fantasía última está en el lecho de muerte con la satisfacción de haberlo resuelto o en su defecto el haber superado la ansiedad de tener que resolverlo y finalmente dejarlo ir. Yo no dejo ir nada nunca, por manía y fijación y por defecto de fabricación. Entonces tendré que resolverlo. Me da terror, porque me rebasa todos los días. ¿Y si me muero, intranquilo, porque nunca lo resolví? ¿Cuál es la imagen que se crea cuando se logra armarlo? Y en medio de todo esto el mundo espera que madures.

La crisis de la madurez

Esto es real. No es chiste, no es mito, no es mentira ni pretexto para hacer pendejadas como buscar un deporte extremo para ir a partirse la madre o irse a tatuar una nalga. Esto es algo que simplemente sucede y se siente maravillosamente bien y terrible al mismo tiempo. Si en el proceso quieres ir a practicar un deporte extremo y a tatuarte las nalgas, pues también pasa.

Salen miedos viejos, ciclos a medio cerrar, recuerdos convertidos en nostalgia. Comienzas a extrañar cosas. Comienzas a ver el mundo pasar más bien sentadito en una barra de bar y buscas menos ser parte del mundo haciendo fila para intentar entrar a algún lugar. Y eso angustia un poco.

A todos nos pasa, sin excepción según observo, aunque habrá quien sepa manejarlo con más clase y elegancia – como siempre sucede en la vida – y habrá quien no tenga ni la clase ni la elegancia para sobrevivirlo de buena manera.

Yo la mía no la tomo ni con clase ni con elegancia, pero tampoco con terror. La tomo, yo creo, como quien está cómodo en calzones en casa y no por eso pierde presencia ni personalidad. Porque estoy seguro que se puede andar en calzones por ahí y no perder presencia. La clave está en el porte y la percha. Creo que me distraje y esto último no expresa bien lo que quise expresar. Pero lo dejaré porque realmente creo y confió en el porte y la percha y sí: los calzones también hay que saber lucirlos.

Perdón. Me regreso. ¿Cómo me veré en realidad?

Mientras no me vea como el nefasto ese de la cuadra que se ponía a lavar el carro sin camisa los domingos o el que se ponía a checarle el aceite al carro con licras de ciclista, que me hacía pasar corriendo mirando en diagonal para el otro lado y para el piso al mismo tiempo para evitar cualquier contacto visual que luego me fuera a dar cáncer de ojos o alguna otra enfermedad terrible, supongo que me veo bien.

Y sí, salgo a correr con shorts cortos enseñando pierna y camisas escandalosas de esas “Dry Fit”, preocupado ligeramente sin estarlo por el rebote de mi poco firme abdomen, IPod viejo que le grita al mundo que tengo problemas para estar actualizado y bloqueador solar, porque el cáncer esta cabrón y a mi edad eso ya interesa y preocupa.

En ese punto de quiebre es donde empiezan a suceder cosas.

Por ejemplo a mí me dio por correr diario y me tumbé como 12 kilos y luego me metí a un medio maratón y lo corrí y me sentí muy bien, luego me compré un traje a la medida que no debí comprar por capricho y les juro que no me he comprado un pinche Mustang porque no me alcanza.

Estos son temas de la edad, simples, bobos y sí: hay que manejarlos con elegancia, aunque sea pretendida.

Pero no todo es tan simple. Y la edad trae consigo problemas internos más serios. O me los trajo a mí no hace tanto.

Y según yo muy dignamente lo estaba manejando y luego fui a querer resolver viejos temas del pasado en el presente y trasladarlos a donde nunca merecieron, ni existieron ni tuvieron lugar. Y se hizo una tormenta legendaria, interna, huracán categoría 5, zona de desastre, de esas a los que luego la Marina Armada de México envía al Zapoteco.

Y luego todo lo que parecía tener sentido amenaza con no tenerlo más. Y el trabajo no sabe bien y la comida no te motiva - ¿o era al revés? – y nada es lo que parecía ser y el sueño se va y la mente funciona a dos millones de revoluciones por minuto, pero en círculos y esa fuerza centrífuga se apodera y te controla. O eso crees. Y los vicios también asoman la cara y si te descuidas, luego bebes licor fuerte en cantidades que no conocías y de dos cigarritos de travesura pasarás a medio paquete y luego te chingas una caja de Polvorones Marinela de un sentón y cada quien sus vicios, pero aquí hay riesgos humanos altos, altísimos, que se asoman y seducen, si te dejas.

En mi caso, felizmente, nada se me fue dramáticamente de las manos finalmente y todo volvió a su cauce. Porque estaban los príncipes. Porque estaba la Reina. E hicieron lo que parecía imposible: me jalaron nuevamente al lugar que me corresponde, que merezco y me merece. Me recordaron que todo tenía sentido, que el trabajo sabe mejor cuando es un medio para vivir, que la comida motiva cuando se comparte y se disfruta a su lado.

Y el sueño volvió y también la calma y el motor finalmente se apagó por las noches y todo volvió a la normalidad. Para cuando llegó el Zapoteco, el sol brillaba fuera y comenzaba a brillar también por dentro. Algo pasó que todo lo compuso.

¿Qué pasó?

Les diré lo que pienso que pasó hijos míos. Fue su mamá.

A ella nunca le escribo, porque la doy por sentado como fuerza de la naturaleza. Como clima bondadoso, como cielo despejado, como aire fresco. Simple y malamente no lo agradeces pero ahí está y no te falla y es una bendición de dimensiones incomprensibles y deberías, por gratitud, por humildad, por humanidad, por justicia: agradecerlo.

Su mamá es un parque con árboles y pasto verde donde sentarse y jugar y comer algo y acostarse a mirar el cielo y cerrar los ojos y descansar.

Su mamá es la persona más maravillosa que me he encontrado en la tierra, única e irrepetible. Sin ella no soy, ni somos. Es ella quien nos ha convertido en familia y es ella quien nos mantiene juntos, funcionando, funcionales, sanos, cuerdos y con los pies en la tierra.

Su mamá es la mujer más bella, generosa y grande que existe y nunca nadie a su lado será ni estará cerca, nunca de proyectar su sombra. Y antes de mi desmadre interno, huracán-tormenta-crisis-depresión-ayquemiedoundíavoyatenercuarenta o como sea que se llame eso tan pendejo que nos da a los hombres que estamos creciendo, antes simplemente no lo había aterrizado, ni asimilado ni comprendido. Así que concluiré felizmente que el año tan complicado que viví, todito, valió la pena, porque todito me confirmó que ella es la luz de mi vida y existencia.

Tan grande es ella que no he encontrado canción que me la explique ni me la recuerde. Cuando le encuentre tendrá su nombre y a diferencia de tantas otras en el radio y las novelas, no será de nadie, más que de ella y de nadie más.

Es verdad que nunca le escribo. Eso lo vamos a arreglar aquí y ahorita mismo:

Mi hermosísima Adriana:

Llevamos años juntos y aún no asimilo la inmensa fortuna que he tenido. A ratos me he convencido de que no te merezco. Eres tan buena y bella y pura y linda. Tú merecías un príncipe de cuento. En cambio, mi güera linda, te conformaste conmigo.

No sé por qué. No entiendo cómo alguna vez alcancé a ser de tu medida. Y sin embargo así fue y al día de hoy aquí estás y aquí sigo y ahora somos dos luego de ser uno y uno y luego fuimos tres y luego cuatro y ahora finalmente cinco. Felizmente cinco.

Quizá no lo sabes, pero no ha pasado ni UN solo día sin que yo agradezca todo este tiempo contigo. Y sí, altibajos tiene la gente y sin duda yo los he tenido, pero al final todo ha funcionado mi güera linda y todo sigue funcionando porque tú existes, eres, te dedicas y quieres. Al final todo funciona gracias a ti.

Gracias. Millones de gracias. Para ti mi hermosísima Adriana.

Gracias por darle orden al inmenso desmadre que soy y que a ratos me esfuerzo por hacer imposible.

Gracias por dedicarte a nosotros en vida y alma.

Gracias por escogerme a mí sin merecerlo ni ser digno de ser tu familia.

Gracias por ser el parque, los árboles, la sombra, la luz, el aire y el clima que provocas.

Gracias por dejarnos jugar y pasear ahí todos los días de nuestras vidas.

Gracias mi vida, por amarnos y por amarme de verdad y enseñarme lo que todo eso significa también de verdad.

Gracias por hacer que salga el sol incluso cuando yo me empecino en vivir tantas y tantas veces en días nublados.

Héctor Daniel

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