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El blog de Hector Grave

De niños grandes y del regalo que nos dan en su tiempo

27 Junio 2017, 11:15am

Publicado por Hector Grave

 

Anteayer nos chingábamos un pedazo del pastel del cumpleaños del Macetas (con un Dinosaurio Verde súper chingón, esos del Cake Gallery son unos verdaderos artistas) y mientras lo servía les pregunté a los grandes si para sus cumpleaños querían también un pastel con un monito en especial.

Me miraron los dos con cara de pedo y muy amablemente me dijeron “no gracias” como con vergüenza no de decirme “no gracias” sino de que me hubiera atrevido a preguntarles semejante mamada.

Rarísimo en mí reaccioné como todo un adulto y les dije que yo siempre que no estaba seguro de algo preguntaba y que nunca estaba mal preguntar. CLARO que aproveché para sentirme un venerable sabio que no pierde oportunidad alguna para dar una lección, lo que me permite casi siempre guardar rostro cada que doy pena ajena.

Por dentro por supuesto sentí cómo se me rajó el corazón, así como hacen los muros que están “fraguando”…no tengo ni puta idea de qué quiera decir esto, pero eso me dijo un pinche Arquitecto cuando me quise quejar de una rajada en la pared y naturalmente asentí como si estuviera de acuerdo y supiera bien qué pedo, porque eso hago yo*.

Voltee con Macetas. Le dije que si le gustaba su Pastel de Dinosaurio. Me contestó infantilmente de poca madre: “¡Dinosaurio Verde! ¡ROAAAAARRR!” y se tragoneó su pastel muy a gusto y yo con él.

Un día el Macetas me va a mandar a la chingada también con el pastel y luego con otras tantas cosas.

Mientras llega ese día que tanto temo, me permito aconsejarles algunas cosas a mis amigos que todavía tienen niños pequeños en casa:

 

1- Si los niños quieren un pinche pastel con un Dinosaurio, Optimus Prime, Peppa Pig, Elsa y el Mono de Nieve pendejo ese o lo que ELLOS QUIERAN: vayan, mándenlo a hacer y gástenle si pueden hacerlo y se lo pueden permitir. Tenemos toda la puta vida para tragar pasteles del puto Costco pero solamente un puñito de años para volver una fantasía realidad en un pastel.

 

2.- Si tienen la dicha de hacerles una fiesta: éntrenle a la piñata. Moverle a la piñata es “estar ahí” y formar parte activa del recuerdo colectivo. Ahora voy a fiestas y veo a un ejército de gente en chinga preparando todo como servicio para que los papás estén aplastados con sus nalgas en una silla acompañando no a sus niños, sino a sus invitados. Este es el principio de “hay que contratar un brincolín”, contratación disfrazada de “es para que se diviertan los niños” aunque de fondo se requiere para que no estén chingando. Tenemos toda la puta vida para sentarnos con otros adultos a pistear y conversar idioteces muy adultas, pero solamente un puñito de años para hacer suceder una piñata o subir y bajar setecientas veces al niño de la puta resbaladilla mientras nos madreamos la espalda de por vida…

 

3.- Las películas que miran juntos luego se comparten para siempre. Yo también estoy hasta la MADRE de ver películas animadas malísimas como la insufriblemente lenta y odiosa RIO 2. No son competencias, pero agarren el pedo: llevo nueve años viendo los chingados Backyardigans, tengo motivos suficientes para desear agarrar a patadas la puta televisión. Pero luego hasta en la más improbable de las películas suceden cosas, como con la escena esa de las tortugas pendejas haciendo capoeira en RIO, lo que al Mateo y a mí nos dio para seis meses de cotorreo exclusivo entre él y yo, uno a uno, que seguramente vamos a recordar toda la vida.  ¿Y los Backyardigans? No sé qué chingados me han dejado de maravilloso, pero seguramente lo sabré algún día…

 

4.- Si quieren jugar algo contigo: juega. Porque ahorita quieren jugar. Luego se van a encerrar en su cuarto a dejarlo todo apestoso y a hacer “quien sabe qué” entre lo que seguramente están cosas que todos “sabemos qué” y otras tantas que entrarán en la clasificación general de “hacer nada”.

 

Ese día tendré tiempo para mí. Demasiado tiempo para mí. Y le pido a Dios me dé fuerza para festejarlo, porque hoy escribir estas líneas me sabe más bien amargo, así como cuando te pasaste de lanza con el pinche romero en la carne, debería de saber muy bueno pero algo valió madre…

 

Ayer andaba yo filosóficamente extraño y extrañamente filosófico (que no es lo mismo) y no deseaba hacer más que devorar páginas de un libro de Salman Rushdie (narrado en mi cerebro al leer por el Doctor Zahi Hawass – ni puta idea por qué) y a media lectura llegaron el Mateo y el Juan a darme “boletos para el circo”.

 

Eran en realidad tickets sin cobrar del Peter Piper para invitarme al cagadero que tenían en el cuarto del Juan.

Junté todas mis fuerzas, mi mente, mis piernas y mi profunda hueva, para levantarme y atender el llamado. Me chuté un espectáculo circense terrible de unos monitos que no hacían nada más que bailar, marchar y golpearse.

Pero luego jugamos el juego ese donde tienes que adivinar una tarjeta pegada en la frente haciendo preguntas.

Y eso estuvo chingón. MUCHO muy chingón.

Terminamos de jugar y los mandé a bañar porque ya era hora.

Quise volver a Sir Salman Rushdie…pero el Doctor Hawass se emputó como siempre y me gritó y se largó y ya no quiso sonar más en mi mente. Así que guardé el libro.

Ya tendré tiempo después para hacerlo volver.

O quizá esta misma noche, quien sabe...

 

Ya que se duerman los príncipes.

 

 

Héctor Daniel

. - . - . - . - . - .-

*Pretender que sé qué pedo.

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