El regreso a clases
El regreso a clases
Justo ayer escuchaba como en el radio hablaban del regreso a clases. No pude más que recordar cómo fueron los míos en la escuela primaria, llenos de sensaciones mixtas de gusto, aborrecimiento, pereza y energía, todo al mismo tiempo. El domingo en la noche previo al lunes de regreso a clases era terrible: algo así como tener una cruda mortal hoy en día en lunes por la mañana con toda la semana laboral por delante.
Para empezar organizabas tu mochila con absolutamente todo lo que te habían pedido en la lista de útiles escolares: cuadernos italianos doble raya, un juego de escuadras con transportador, compás Mendoza, lápices del .5, borrador Pelican y demás objetos que comprobaban su inutilidad conforme avanzaba el año. Empezando por las escuadras: las habré usado máximo unas 20 veces en los años que llevo de vida y aún no comprendo por qué eran necesarias desde el principio del año escolar. El transportador por otro lado tenía la función de “manopla” para golpear a tus compañeritos y de paso de alguna forma servía para deslizar una escuadra una cantidad determinada de grados hacía algún lado o el otro…no recuerdo exactamente para qué. Si llevabas una regla peleabas que te compraran la de aluminio porque te hacía poderosísimo en el juego de las espadas, además de hacer un magnífico serrucho…que por cierto después de tu primer juego de espadazos en el primero recreo del año en curso la regla quedaba inutilizada por completo, produciendo líneas rectas con baches parecidas a esto:
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…por lo que acababas pidiendo una regla prestada a alguna amiguita.
El borrador si era de estos rojo con azul nos hacía vivir en la fantasía que con él podíamos borrar tanto lápiz como tinta. En cuanto al lápiz no había mayor problema, pero llegando al tema de la tinta lo único que descubrías era que si tallabas lo suficiente éste podía desintegrar el papel donde estaba la tinta a borrar lo que en casos extremos producía un agujero en tu cuaderno. No se por qué carajos fabrican esos borradores todavía: todos sabemos que para borrar en serio y bien deben de ser blancos o “de migajón” de jodido. Las plumas de cajón eran BIC, pero nunca faltaba el que tenía bolígrafos con cartuchos recargables. Las niñas solían tener plumas de todos los colores (y cuando digo todos, quiero decir TODOS: azul, rojo, negro, morado, verde, rosa y cuantas tintas exóticas existían en la pape). Todos arrancábamos el año escolar con plumas nuevecitas y con tapones. En una semana los tapones ya se habían perdido o bien terminaban convertidos en un adefesio plástico inexplicable de tanto masticarlas. Dichoso día cuando descubriste que desarmando una pluma BIC tenías acceso a una cerbatana maravillosa y gratuita.
De mi primaria recuerdo con afecto “El Libro Ardilla” con el que aprendí a leer saliendo del Kinder y con el mayor desprecio el famosísimo libro de “Baldor” que llevé más tarde (que por cierto siempre pensé que “Baldor” era el nombre del sabio árabe que salía en la portada lo que me parecía extrañísimo ya que no me sonaba nada arabesco su nombre). Si te ponías listo venían las respuestas en la parte de atrás de algunas ediciones. Los cuadernos y los libros tenían que ser forrados, que ahora que lo pienso nomás no comprendo por qué razón. ¿Será que las escuelas tenían intereses obscuros en la industria de la producción del plástico y las micas para forrar libros de texto? Cuando iba a comenzar el ciclo escolar el plástico escaseaba, lo que provocaba que más de alguno llegara con sus libros forrados de papel para regalos lo que hacía complicadísimo sacar de la mochila el cuaderno y el libro correctos a la primera o a la segunda o a la tercera…
La mochila era fundamental para ser un éxito o un fracaso en cuanto al look escolar se refiere. En mi generación infantil se pusieron de moda unas Samsonite de colores durísimas e indestructibles que muchísimas madres preferían ya que en ellas los útiles no se maltratarían. Justo decían ayer en el radio que un niño no debía jamás de cargar más del 10% de su peso en la espalda…con una de estas mochilitas, el Baldor, un juego de escuadras inútiles y algún libro de química que jamás en mi vida abrí permanentemente excedí el límite. Horripilante caso cuando ibas con tu mochila corriendo y a media carrera te tronaba algún cierre o tirante para desparramar todo el contenido en el patio. Con la humillación latente te tenías que detener a recogerlo todo. Ahí se veía cual de tus amiguitos era el noble y cuál el méndigo: todos se reían, pero el noble se paraba a ayudarte. Caso muchísimo peor cuando la mochila tronaba a la salida y semejante tragedia significaba perder tu lugar en el camión escolar o el honor de ser el primero en la fila.
La lonchera* era un caso aparte. Tuve varias, pero recuerdo con particular afecto una de plástico amarillo donde apenitas cabía un termo (que de termo no tenía nada, en realidad era un envase de plástico grueso con una tapa que simulaba una taza) y un sándwich. Mi mamá siempre me puso agua fresca recién salida del refrigerador sin comprender que cuando llegaba la hora de beberla estaba más que caliente por estar al sol. Esos termos tenían la particularidad de derramar siempre el contenido. Tu sándwich, tupper con pepinos o jícamas y demás bocadillos siempre llegaban nadando en agua de guayaba dulce como para matar abejas o bien agua de jamaica pegajosísima. Dichoso el niño que su madre era holgazana y como tal le ponía una bolsa de Fritos, unos Bimbuñuelos o un refresco de lata. Este mocoso siempre fue la envidia de todos a la hora del lunch. Por mi parte me gustaban los lonches de huevo o jamón. También me gustaba que me pusieran Yakult o Danonino y me chocaba sobremanera que me pusieran manzanas o plátanos que a la hora del lunch con el calor salían negros de tan maduros.
Cuando entrabas al salón de clases el primer día todo era expectación. Reconocer el nuevo salón de clases era fundamental y agarrar un buen lugar era primordial ya que a menos que la maestra lo exigiera, marcaría tu asiento el resto del año escolar. En mi escuela las mesas eran para dos y durante mis primeros años de primaria compartí mesa con Hans, Pepito, Rubén, Chavo, Christian y Alfredo. Me senté junto a una niña hasta segundo de primaria yo creo, cuando Adriana Navarro se sentó a mi derecha y se la pasaba enseñándome cómo se hacían los márgenes en las hojas de manera correcta. Todos ellos y yo fuimos y somos buenos amigos. Un saludo a todos ellos, los quiero y estimo en verdad. El regreso a clases a final de cuentas era bueno porque iba a ver de nueva a cuenta a mis amigos.
Héctor Daniel
* Quise decir la “ponchera” según el Auto Corrector Idiota de Microsoft Word…
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