El baño
El baño
Un cuarto de baño tiene las más diversas connotaciones. Para algunos es sinónimo de descanso, sobre todo para las damas que gustan de los baños calientes con sales, tinas de hidromasaje, tratamientos para la piel o el cabello y otras monerías muy femeninas que de vez en cuando son atendidas por personas no tan femeninas también. Para otros es meramente funcional: van, hacen su negocio y se salen de inmediato, como si cobraran y al mismo tiempo fuese una pérdida de valiosísimo tiempo. En mi caso el baño es un momento personalísimo y de paz, en el baño estoy aislado del mundo que me rodea y en él puedo tener conversaciones internas tanto profundas como estúpidas de muy alto nivel. Comparto aquí mis observaciones particularísimas en torno a ese mágico y mundano lugar que por cualquier razón todos visitamos en múltiples ocasiones a diario.
El baño en casa
No existe lugar alguno en casa que supere en sentimiento de pertenencia al baño. No hay nada como MI baño. Hay quien tiene fijaciones con su cama, su almohada (y viajan incluso con la suya a bordo de camiones y aviones) o incluso, con alguna cobijita vieja de la infancia. Yo no, mi fijación es con mi baño. Recuerdo cuando recién me mudé a la casa donde actualmente vivo que tardé aproximadamente dos meses en lograr esa sensación de confort físico y mental con el excusado nuevecito que tuve el “privilegio” de estrenar. Es como sentarse en un excusado de hotel…es decir, funcional, pero plenamente insatisfactorio. Además tenía esa sensación de asepsia que solo los laboratorios médicos tienen. De espanto. Lo bueno es que nunca he sido tímido con los baños públicos o extraños. Ahora mi baño es mi trinchera y cuartel general. No lo cambio por nada. De hecho todavía cuando voy a casa de mi madre necesariamente me meto a mi antiguo baño y siento el confort nostálgico de visitar el nido, pero nada más. Eso sí: la tasa es muchísimo más grande que en mi casa, lo que me gusta. Nada como estar “a tus anchas”…literalmente.
La regadera es otro negocio. En casa de mi madre tenían de esas regaderas de “cebolla” clásicas marca Helvex, que por mucho son las más convencionales y excelentes realmente regando la totalidad de tu cuerpecito. Alguna vez mi mamá decidió comprar unas de Betterware que eran ahorradoras. Lo que ahorraban de agua se traducía en una cantidad equivalente de mentadas de madre a la hora de bañarme, porque mojaba más una meada de perro que la miserable regaderita hecha en China. Más de alguna vez consideré bañarme a jicarazos como en los ranchos o bien, conectar un pedazo de manguera como la del jardín para lograr algo de más presión y un chorro de líquido más firme. Nunca lo hice. Ahora en casa, donde ya pago el agua, tengo regaderas ahorradoras. Pero no son Betterware.
El lavabo en casa de mis padres me era irrelevante. Tenía un grifo curvo y un par de llaves independientes para el agua que cada 3 meses “se barrían”, lo que te dejaba en la penosa situación de tener el agua corriendo y no poder cerrarle. Negociazo para el fontanero. Ahora en casa extraño el anterior, porque tengo un mono-mando de esos que están de moda. Me costó unos 16 madrazos bien dados en el rostro cada que me inclinaba con la cara enjabonada para enjuagarme. El maldito mono-mando está centrado y en el ángulo correcto para dificultar la operación de aproximar el rostro de manera segura. Pero se ve bonito.
El baño público
Los que vivimos en una oficina sabemos que parte fundamental de tu comodidad en el empleo es adaptarte con éxito al baño. Conozco gente muy cercana que nunca “hace” en la oficina, en cambio llegan matándose a su casa a horas insospechadas con tal de obtener algún alivio. Mi caso nunca fue así, con esa falta de timidez, que por lo general ejercito, entro y salgo con naturalidad del baño más cercano. Si bien nunca será igual que el de mi casa, el hombre es criatura de hábitos. Por ejemplo, yo tengo identificadísimo “mi escusado”. Hay como ocho por lo general, pero yo tengo el “mío”. Creo que esto no es otra cosa que territorialidad cavernícola en acción después del ejercicio evolutivo de miles de años.
Otro detalle es el mecanismo para bajarle al baño. ¿De palanca? Ni pensarlo, una cosa es medio sentarte en una tasa pública y otra muy distinta es poner tus manitas en contacto con el público equipo. Por fortuna los baños públicos de oficina a los que ahora me enfrento son ni más ni menos que automáticos. Se supone que “se bajan” solos cuando te levantas. La verdad es que no siempre es así. ¿Nunca has estado sentado en un baño automático y a mitad de la transacción el baño decide que ya terminaste y “se baja” solo? Me ha llegado a pasar hasta tres o cuatro veces en un sentón. Además de que desorienta, de vez en cuando salpica, lo que no solo es indeseable sino simplemente frío. Caso contrario cuando terminas, te levantas, y el pendejo sensor no se da por enterado. Yo he llegado a emular que me siento y me vuelvo a levantar varias veces con el propósito de engañarlo y activarlo, lo que pensándolo bien es una pendejada monumental, porque no puedes engañar a lo que no razona, y que yo sepa, los escusados de nuestra era aún no lo hacen.
El asuntito de los sensores se traduce también a los lavabos. En un arranque híbrido de higiene y ahorro de agua, alguien decidió quitar las llaves y poner sensores automáticos para que caiga el agua. No me he encontrado un solo lavabo público donde funcionen bien y a la primera. Nunca he sabido si es un problema con mi estatura, mi postura frente al lavabo, mi ejercicio de aproximación de manos al sensor, o una combinación de los anteriores. Peor aún cuando veo gente entrar y salir usándolos sin problemas, conmigo con las manos llenas de un jabón sospechosísimo sin utilizar. O todos los sensores de baño conspiran contra mí, o yo soy el problema. Aún no lo decido.
El baño rústico
No me refiero a un mexicanísimo y campestre baño de casa de campo, sino a la ausencia de. Sí, los aficionados al campismo o a cualquier actividad en exteriores como se debe sabrán mejor a lo que me refiero. La falta de un baño propiamente reta de manera directa la capacidad del individuo en necesidad. Es un ejercicio sin igual de manejo de crisis, resolución de problemas, practicidad y sentido común. Aquí los varones traemos todo que ganar frente a nuestras contrapartes femeninas, y no me refiero solamente al equipamiento que Dios en su infinita sabiduría nos otorgó, sino al descaro natural que solemos tener los hombres. ¿Pararse en la carretera a orinar en la orillita? Por supuesto. ¿Baño de gasolinera? Por supuesto. ¿Qué me truene la vejiga porque las circunstancias no se apegan a mi concepto del pudor? No way Jose. Yo he estado presente – pero a la distancia - en operaciones delicadísimas donde con ayuda de varias mujeres, toallas de playa, arbustos salvajes convenientemente cercanos o lejanos y un ejercicio de sacrificio del amor propio, señoras de las más diversas edades han tenido que ponerse “en cuclillas”. Si la cuestión no fuera tan seria para todos, sería graciosísima. De hecho, creo que lo es, pero no he encontrado a nadie con el valor o la desfachatez de reírse de semejante ejercicio.
En alguna ocasión que visité el Estadio Jalisco cometí la estupidez de estacionarme en el muy conveniente estacionamiento que tienen frente a La Plaza de Toros. La cantidad de aficionados saliendo del estadio ese día, combinado con el macro desmadre que el nuevo macro bus que recorre la Calzada Independencia originó desde su inauguración ocasionó un colapso del tránsito para salir del estacionamiento. Pasada una hora (¡UNA HORA!) de aguantarme las ganas de orinar, decidí salir a buscar un baño. Como sacrifiqué una hora de mi vida dentro del carro esperando poder salir, cuando recorrí los locales alrededor del estadio no encontré ninguno abierto. Ninguno. Lo único que pude localizar fue un puesto de tortas ahogadas, donde si bien no pude orinar, sí pude comerme un “parecito”. Estaban malísimas pero buenísimas (cualquier persona que haya ido al estadio y se haya tomado tres grandes me va a comprender de maravilla). Regresé al auto solo para confirmar que apenas el tránsito se había movido escasos 50 metros. Como no vi alternativa, y en un ejercicio de solvencia del que me enorgullezco, utilicé uno de mis buenos vasos conmemorativos de las Chivas que traía de recuerdo y me desahogué. Ipso facto me arrepentí de haber comido tortas ahogadas y no haberme podido lavar las manos. No derramé ni una gota, lo llené hasta el filo (iba a escribir “hasta el pichelito”, pero los vasos no tienen). Con el vaso lleno me bajé del auto y, con perdón de Dios, de Greenpeace y de mi maestra de civismo, lo abandoné junto a un arbolito. ¿Piensas que soy un asco? Antes de juzgarme, ponte en mi situación. ¿O a poco nunca has estado tronando, literalmente, porque no tienes dónde?
Camino a casa dos horas después, conducía y me reía solo, pensando que quizá algún borrachín local se encontraría mi vaso conmemorativo de las Chivas lleno hasta el tope de algo que, curiosamente, se veía idéntico al salir que al entrar.
Héctor Daniel
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