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El blog de Hector Grave

En aeropuertos

4 Febrero 2011, 01:30am

Publicado por Hector Grave

En aeropuertos

 

 

Recuerdo cuando niño cómo me gustaban los aeropuertos. En mi mente infantil se trataba de lo más cercano a un viaje de ciencia ficción donde nos congregábamos gente común y corriente ni más ni menos que a hacer fila para volar…

 

¡¡¡VOLAR!!!

 

Maravilla moderna, con sus azafatas muy arregladas y uniformadas (eso de los azafatos no se usaba en aquel entonces) a quienes les podías pedir cuanto refresco quisieras y quienes no se podían negar, con sus charolitas como de juguete con comidita como de juguete con tasitas, platitos y cubiertitos como salidos de algún cuento moderno maravilloso con comida buenísima (¿?) por venir empacada de forma bizarra y panes con mantequilla y mermeladas en presentaciones de bolsillo atractivísimas. ¿A dónde fueron todas estas fantasías e ilusiones?

 

Al carajo seguramente.

 

Acabo de estar en el Aeropuerto Internacional Miguel Hidalgo de Guadalajara. Vuelo a San Francisco, California vía Phoenix Arizona por U.S. Airways y con todo y un IPod, una revista nuevecita y una novela del magnífico y mega anarquista Paco Ignacio Taibo II todavía me alcanza para voltear alrededor y admirar lo que acontece.

 

 

De aquí para allá

 

Llego al aeropuerto con 3 horas de anticipación porque sí. Soy un irresponsable impuntual excepto cuando se trata de tomar vuelos, ahí sí me sale el gen materno y prefiero llegar a barrer a admitir la ligerísima posibilidad de ver mi avión partir sin mí. Es como una fijación de esas que yo casi no tengo…

 

Hago fila para la rigurosísima inspección de rutina por parte del personal de seguridad. El personal de seguridad se reduce a una señora cotorrona con unas bolsas de plástico transparentes en las manos como para abrir maletas, manipular calzones ajenos y no contaminarlos con algo que ignoro pero que supongo existe porque para algo han de ser las fregadas bolsas y aunque está de más aclarar, esos calzones entran después en contacto con las mal denominadas partes nobles que de nobles en algunos casos tienen poco y que en la mayoría de los casos tienden a ser más bien indignas. Pero me distraigo. No traigo absolutamente nada interesante en mi maleta y la verdad no me apetece esperar a que me batan toda mi ropa recién planchadita por lo que le hago un chistecito a la uniformada, le dedico un ojito picarón y con una coquetería de espanto la señora se ríe, me dice que todo está bien y me deja ir. Cierro mi maleta y hago fila ante el mostrador justo detrás de lo que algún día fue una línea amarilla en el piso y que ahora parece un pedazo de cinta de esa que usan para hacer más resistentes las piñatas. Espero justo detrás de dos paisanos con camisa vaquera, panza fajada en los Wrangler a punta de verdaderos milagros, cinturones anchos y botas. Uno trae sombrero de ala ancha, el otro ni más ni menos que una buena cachucha de los Dodgers (¡sorpreeeesa!). El caballero del sombrero se retira primero por lo que me atienden de inmediato. Mientras me toman datos del pasaporte escucho al sujeto del mostrador a mi izquierda decirle al buen hombre a mi lado algo así como: “Ah, ¿va usted a Portland, Oregon?” a lo que mi buen paisano contesta: “Pos ni modo que a Portland, Zacatecas….” No pude evitar reírme con gusto. El paisano me ve con dignidad y me hace una expresión bigotuda de esas que dicen: “Como vez este pendejo…” Casi le aplaudo. Recojo mis pases de abordar y me voy a deambular por ahí con mi mochila en la espalda a ver qué me encuentro.

 

Llego temprano a la sala de espera por lo que me divierto viendo llegar a la gente y juego a adivinar quiénes serán mis compañeritos de vuelo. Me equivoco prácticamente en ninguno. Siendo así se me aparecen primero un par de green eyed cholos que no atino a adivinar si son Angelinos o son de Cocula. Se sientan justo enfrente de mí para comentar sus amoríos con sus chicas de nombre Stephanie y Janice. Mientras hago como que no los escucho y me fumo todo el mitote llega ni más ni menos que un señor al que de inmediato asocio con el más ilustre de los originarios de Autlán de Navarro. Cuando camina yo escucho “Luz, Amor y Vida” en mi mente y estoy seguro que este hombre fuma mota escuchando “Black Magic Woman”. Juro que el mismísimo Carlos Santana lo aprobaría. Sombrerito pachuco incluido. Llega también una mujer de rasgos muy asiáticos de edad madura pero indeterminada con unos de esos leggings que tanto se usan hoy en día. Me perdonarán mis 6 lectoras pero no pude evitar notar que la mujer o bien no traía ropa interior o en su cultura la ropa interior es diferente. Pensándolo bien no sé por qué me disculpo: son chingaderas no ponerse ropa interior y esperar que uno no lo note. En fin. La escena se pone algo surrealista cuando la chica se sienta y observo que las piernas no le llegan al piso. Se lo atribuyo a las butacas esas de la sala de espera del aeropuerto que tienen un ángulo como de 20 grados en el asiento para que quedes bien balanceado y centrado como succionado hacia adentro. Debo admitir que son cómodas.

 

Mientras espero me compro una bebida refrescante y eventualmente tengo que ir al baño. Algo pasa en los baños del aeropuerto que la atmósfera es como vaporosa y no sabe uno si huele a pinol encima de años y años de mala limpieza o bien el limpiador industrial que utilizan es simplemente tan ofensivo a propósito para que la gente circule y no decida acampar en los baños. Me lavo las manos con algo que parece Vel Rosita que nomás no hace espuma. Al terminar quiero sacar una toalla de papel desechable y al intentarlo me quedo con papel únicamente en mis dedos índice y pulgar de ambas manos: porque fue lo único que pude arrancar. Lo vuelvo a intentar un par de veces hasta que todas las toallas de papel atoradas se desacomodan y mojan visiblemente. Es hora de largarme de ahí. Ojalá compraran toallas del tamaño adecuado al dispensador o bien el encargado se diera cuenta de que poner 10 millones de toallas a la vez es una pésima idea. Me seco en mi pantalón y regreso a mi asiento. Ya nos llaman a abordar.

 

El vuelo sucede sin mayor incidente. Aterrizamos en Phoenix.

 

 

Del otro lado

 

Por primera vez en mi historial de viajes a los Estados Unidos la fila de migración conspira a mi favor e increíblemente la fila de los no ciudadanos americanos ¡es más corta! Los gringos son como doscientos a la vez y tienen que esperar en turnos mientras yo espero detrás de una familia de origen Indio y una dulce abuelita. Al acercarme veo que un oficial de migración habla con la señora de forma amable, se me acerca y me dice: “This lady needs help with her bag. It’s too heavy for her. Would you be willing to help her?” a lo que yo presto como siempre respondí “Sure!”. El oficial de migración pone su mano en mi hombre y de frente me dice un muy sincero “Thank you” que a mí me dio muy mala espina la verdad. El instinto no se equivoca. La dulce señora traía una maleta deportiva que pesaba aproximadamente lo que un Volkswagen y no sé cómo carajos llegó hasta ahí con ella. La señora era de Guadalajara y vestía completamente de negro. Me comenta que viene a ver a sus hijos porque su marido ya murió y ella está solita. De inmediato pensé que quizá el marido murió en 1982 y la señora seguía de luto porque pues eso hacen esas señoras, pero naturalmente no dije nada y asentí con solemnidad. Al avanzar en la fila la acompaño con el oficial de migración en turno. Me cruza por la mente fugazmente que a lo mejor la dulce viejecita viuda es ni más ni menos una mula de esas que con su inocente apariencia ayudan a cruzar estupefacientes o dólares recién impresos. Me sentí cómplice y por una fracción de segundo me pareció la explicación más razonable para responder al enigma de ¿qué jijos de la madre lleva una señora de esa edad en una maleta que pueda pesar tanto? En cuanto llegamos con el oficial nos pregunta si viajamos juntos, a lo que ni tardo ni perezoso respondo que no, que no la conozco, que sólo le ayudo a cargar su maleta y que yo no sé nada. Supongo me sugestioné un poquito.

 

Al cruzar migración llego a la oruga de las maletas y me encuentro con la dulce señora de nueva cuenta. Le pregunto con cortesía que cuál es su equipaje, a lo que me responde que nada más trae dos cajitas. Un par de minutos después sale una caja de galletas “Tapatías” amarrada con mecate. La dulce viejecita ya no me lo pareció tanto y recuerdo con algo de vergüenza haber pensado algo así como “bueno, esta pinche vieja ¿qué trae aquí pues?” Yo creo que traía piedras de recuerdito para no extrañar. Le trepé todo en un carrito para las maletas y me despedí amablemente.

 

El vuelo rumbo a San Francisco sucede sin mayor incidente.

 

 

De allá para acá

 

En el vuelo de regreso casi celebramos un colega y yo porque en la fila de tres donde estamos situados el asiento de en medio parece que irá libre por lo que nos dará una espaciosa sensación de espacio. En aerolíneas como U.S. Airways esto es un logro mayor ya que con sus asientos con colchón ultra delgado y tapizado plastificado pegadizo a tu trasero color azul oso hormiguero (¿recuerdas la Pantera Rosa?) hasta el último centímetro cuenta. Pues justo al final que se suben unos chicos muy peinados y trajeados con plaquitas con su nombre en sus sacos. El más joven se acerca y sí: ocupa su lugar justo en medio de nosotros. Volteo para identificar qué dice la plaquita y entonces me doy cuenta de que se trata ni más ni menos que de un misionero de la Iglesia de los Últimos Santos de los Últimos días de Jesucristo. Con su tétrica sonrisa misionera se da cuenta que mostré interés en su plaquita y entonces hace lo que los misioneros de la Iglesia de los Últimos Santos de los Últimos días de Jesucristo hacen: me quiso evangelizar. Carajo. Mostrar interés en su religión, con todo respeto, es como decirle a una vendedora de tiempos compartidos lo mucho que necesitas ir de vacaciones. Es como quejarte que no tienes efectivo para gastar junto al sujeto nefasto de Banamex en el kiosco de Banamex que vende tarjetas de crédito en Plaza Galerías. Es como invitarle una copa a un completo desconocido solitario en un bar en San Francisco. Es una soberana PENDEJADA pues. Me chuté dos horas de evangelización que yo tomé como cultura general hasta que el misionero intentó un “all in” al decirme que con gusto me podía visitar en mi domicilio para continuar charlando. Le respondí muy serio que no sabía si quería más información ya que para mí el tema era cultura general y comprensión hacia su fe y que por lo tanto si quería saber más prefería ser yo quien investigara a ser visitado en casa. Me agradeció la respuesta honesta. Recuerdo haber pensado que de honesta no había tenido un miligramo, pero se trataba de salir del paso. Se dedicó el resto del tiempo a estudiar su "Libro de Mormón". Yo me dediqué a deambular entre dormir y pretender que dormía.

 

Casi al aterrizar los sobrecargos reparten formas de migración. Un señor sentado del otro lado del pasillo le dice que no sabe escribir y le solicita ayuda. La señorita ni tarda ni perezosa busca al primer pendejo que se encuentre disponible y su seguro servidor justo la está viendo a la cara con una pluma en la mano. “Señor, ¿le puede usted prestar ayuda?” a lo que naturalmente respondo “¡por supuesto!”. Le solicito al señor su pasaporte y me da uno estadounidense. Bajo el nombre me le pusieron “José”, bajo el middle name le pusieron “Chávez” y bajo el apellido le pusieron “Mendoza”. Así que en los Estados Unidos Don José Chávez Mendoza es ni más ni menos que José C. Mendoza. Estos gringos, ¿por qué no entenderán que en Latinoamérica usamos dos apellidos? Le lleno su forma al señor y cuando se la voy a entregar para que me la firme me dice fuerte “¡nomás traigo unos panes y 6 botellas de vino!” a lo que yo le respondo con una sonrisa que mejor no ande diciendo, que no pasa nada y que le firme ahí abajo y listo. El señor me agradece.

 

 

Ya en la fila de migración para entrar a México se junta un vuelo recién llegado de Atlanta con el nuestro. Como las maletas salen casi al último, somos prácticamente últimos en la fila. Al final de la fila donde ya no me pueden inquietar con su mensaje ubico a los chicos misioneros. FIU. Un paisano con facha de vaguillo californiano al ver la fila exclama: “¡Uuuuuh, se van a acabar los tacooos!”. Sonrío con gusto y calidez. Welcome home Héctor.

 

 

Héctor Daniel

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V
<br /> Disfrute mucho "El aeropuerto", muy bonito tu blog, Hector.<br /> <br /> Muy buen sentido del humor, para ver las cosas!<br /> <br /> <br />
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