El final del día
Llego a casa, felíz de llegar, estaciono el carro y me apendejo todo porque siempre tengo demasiadas cosas que bajar.
Me resisto a echarlo todo a la mochila (que va en la cajuela por cierto, mientras que mi desmadre va conmigo en la cabina) y nomás no me animo a usar una mariconera que admito se ve practiquísima y me corroe el conflicto interno ese donde el súper machín que llevo dentro me dice:
“No mames, NO. Te la compras y yo me largo”
y el adulto contemporáneo más allá de los prejuicios que quiero ser me dice al mismo tiempo:
“Qué PENDEJO estás. La solución a todos tus problemas ¿y no te atreves porque te preocupa pensar que alguien piense que no piensas que es de mujer?”
Y como ese conflicto interno sucede todos los días y ya estoy convencido de que no tiene solución, me bajo como puedo, cargando entre las dos manos el celular, la cartera, unos cerillos, las llaves del carro, las llaves de la casa, un periódico viejo, un vaso de Café Andatti que llevo paseando dos días (y diario bajo uno y dejo limpio y les juro que no entiendo) y voy como puedo a abrir la pinche cajuela para sacar la mochila y la lonchera para terminar cerrándola con el antebrazo o con la muñeca torcida o la barbilla, como salga.
Haciendo malabares voy y cuando llego a la puerta me doy cuenta que la pendeja llave correcta NO la dejé en la posición correcta y tengo que desenterrarla de mi mano, desincrustar los cerillos de su lugar, balancear el celular y sacarla para abrir el cerrojo lo que en incontables ocasiones ha terminado y termina normalmente con mi celular rebotando en el piso.
No se caen nunca las pinchis llaves. Ni el vaso. Ni la cartera. Se cae el puto celular.
Si no trajera celular, no se caería nada.
Las primeras veces sonó más gachito y a mí me sonaba como a que amenazaba a gritos con romperse. Le creí las primeras cinco veces, ya para la sexta y séptima lo recogí con actitud de que si se rompía era totalmente su pedo y como que me captó porque es hora que no se rompe.
Antes de abrir la puerta reparo en lo fuerte que ladra Milú, quien con su arranque de felicidad y ansiedad perruna con la hermosa intención de halagarme en realidad me estresa profundamente, así como me estresa la gente que grita y como seguramente estreso yo al mundo también, aunque yo no grito, yo solamente hablo fuerte, pero el mundo parece no estar capacitado aún para comprender la diferencia y parezco estar condenado a morir solo en el mundo con la verdad.
Abro la puerta y el perro se me echa encima y brinca y ladra y me saluda y siento que llora de alegría y me saca una sonrisa y palabras tiernas de esas que salen sin pensar, de algún lugar indeterminado entre el pecho y el estómago, solas y naturales. Y le digo “mi niña linda” y “cariño” y “princesa”, “nena” y tantas pinches cosas que sorprendentemente hasta para mí mismo soy capaz de producir y emitir únicamente en tan contadas expresiones de afecto para únicamente tan pocos seres en el mundo y me pregunto si mi Milú es consciente del lugar de privilegio que la hago ocupar y luego me digo que no, pero estoy seguro de que sin entenderme absolutamente ni madres, ella me capta. Qué importante es ser captado.
Y me la llevo brincando de alegría hasta el comedor, donde desparramo mi desmadre finalmente muy a pesar de La Reina Madre Ama, Señora y Protectora del Comedor, la Sala y Áreas Circundantes y digo fuerte (no grito): “¡Holaaaaaaaa! ¡Ya llegué!” y por supuesto que todos ya lo sabían, pero contestan hasta que saludo y el primer “¡Papi!” es del Príncipe Juan Pedro quien normalmente baja volando la escalera y a mí me dan terrores de esos de padre donde lo imagino rodando hacia abajo sin control y abriéndose la maceta y le pido que no corra en la chingada escalera pero ya es tarde porque ya bajó y lo tengo encima y me abraza y me sonríe y me cuenta de sus monos, de sus dibujos, de alguna caída en el Kinder, me revienta el último mitote de algún amiguito que no se portó bien y quien sabe qué más, todo junto, hermosísimo milagro de cuatro años que al decirme todo atropelladamente me dice en realidad: “Cabrón, DONDE te metiste todo el día, te extrañé TANTO” y yo todo lo acepto y a todo digo que sí con mucho gusto hasta que me doy cuenta que lo último que dijo fue pedirme una galleta o un chocolate o un pan y como ya dije que sí, pos me chingo y se lo doy. Come y es feliz.
El Príncipe Mateo baja detrás y me embiste antes de abrazarme y la altura de su cabecita está peligrosa de mil maneras para quien es víctima de su afecto. Como puedo me planto en el piso y lo recibo y lo abrazo y me cuenta de su tarea, de la última madriza disciplinaria que me le puso la Señorita Institutriz…digo…er…La Reina Madre Educadora y Formadora de Pequeños Varones, me pide de cenar, me quiere bajar dinero para comprar paletas y bolis en la escuela y a todo digo que sí, porque estoy tan feliz de llegar, que soy presa fácil.
Y ellos me captan.
Y sin entender de medidas me la tienen tomada y yo sé y ellos saben y ellos saben que yo sé y a nadie nos importa. Excepto a la Señora Institutriz…digo…er...¡a la Reina!
Desde arriba la Reina Madre saluda y el Dictador Marcos Primero grita y en ese momento todo es bueno.
Porque llegué a casa.
Pero hace unos días no fue así. Nadie bajó.
Porque llegué y sonaba la regadera y Juan Pedro cantaba quien sabe qué mientras le caía el agua y Mateo me decía bromas desde el segundo piso de esas que solo producen los niños de seis, esas que nadie entiende y cuya única gracia es la manera en la que son ejecutadas al más puro estilo de película de Pepito con Chabelo y que terminan por ganarme porque la ejecución es tan torpe pretendiendo ser ingeniosa que legítimamente me sorprende. Es fresco y sano y natural y divertido y lo admiro como se admira la hermosa virtud de ser.
Y no bajaron. Y desde arriba escuché el grito desesperado de la Reina pidiendo que subiera y subí.
Y conforme subo la escalera entro en la frecuencia lentamente.
Marcos comienza a llorar desde el corral, reclamando el lugar ese que tiene su nombre en los brazos de mamá.
Mamá comienza a gritar – o a hablar fuerte, es relativo en su caso – porque Mateo no hace la tarea.
Mateo comienza a reír, con esa risa que todo lo reta y cuyo mensaje es “no me interesa, que hueva, pero aquí estoy, hágase de mí su voluntad”
Juan Pedro continúa cantando, ahora en "Deutspanish", eso que ellos hablan que no es ni alemán ni español ni tarareo, pero entonado y todo al mismo tiempo.
Saludo a la Reina Madre Héroe de Mil Batallas Hogareñas y le digo:
“Con permisito, voy abajo a tomar cerveza y a comer algo”
Y me mira con cara de “Hijodelachin…” y sonríe como solo ella hace ante mi extrema habilidad y sutil descaro y me escabullo como el Marido Ninja y me aparezco en la cocina en medio de una bomba de humo: ¡PUFFF!
En la cocina me moví como bailarín profesional y seguí los siguientes pasos:
- Saco unas costillitas que me traje en una bolsita de La Vaca Argentina.
- Saco unas salsitas sospechosas que llegaron a casa de La Matera hacía ya varios días.
- Me caliento unas tortillitas recicladas del Pollo Pepe de vaya usted a saber cuándo.
- Parto un aguacate extrañamente en su punto que nomás de verlo se deshacía de bueno el cabrón.
- Destapo una Carta Blanca a la que miré con lujuria y casi le digo también “nena”.
- Me alcanzo un vaso largo de vidrio para servirla y hacerla creer y a mí también que era un cerveza de 60 pesos y no de las de a 9.
- Me arrimé El Informador que me llega diario a las puertas de la Mansión Grave Reyes en el Reino de Tlajomulco.
- Y finalmente: Me senté.
Y llegué a la cima del día.
Qué glorioso momento ese que dura mientras uno se sienta, admira el plato que hay enfrente, decide cómo abordarlo y planea en una fracción de segundo cómo atestar el primer golpe. El placer enorme e inmenso de cenar no a manera de pendejo combustible. No a manera de alimento. A manera de premio. Recompensa. Lujo glorioso y sencillo. Carne y sobras de otra comida, cerveza corriente pretendiendo ser fina, tortillas tirando a duras pero entregadas como las fotos de las soldaderas, aguacates salidos de alguna orgía del paladar, salsa en cantidad para surtir decenas de tacos y hambre suficiente para arrasar con el significado de la abundancia.
Iba a comenzar a comer, pero algo pasó.
Y les juro que vi a mi padre en camiseta sentarse a disfrutar un plato en la cocina. Lo vi como miles de veces, regalándose el premio simple e infinito que es cenar en casa para coronar el esfuerzo de lo que significa sacar un día. Un día.
Algo pasó.
Y creo que comprendí un poquito más al viejo. Admiré un poco más su inmensa capacidad de dar la batalla. Aprecié mucho mejor todo su esfuerzo.
Algo pasó.
Y por un momentito me vi ante él en la mesa. Y fui feliz. Ante mi plato y ante su enorme reflejo. Ante el premio que él siempre mereció recibir y que siempre recibió. Y me sentí digno, yo también, de recibirlo.
Y cuando le quiero pegar la primera mordida se rompe la magia y escucho ladrar a Milú.
Y todo vuelve:
El Príncipe Juan Pedro canta fuerte, hermoso y horroroso. La Reina Madre y el Príncipe Mateo pelean amorosa y acaloradamente. El Dictador Marcos Primero berrea y le otorga al mundo una demostración de capacidad pulmonar extraordinaria. La televisión está prendida pero nadie la mira. La casa arde como solamente arde un hogar.
Saqué mi teléfono, le tomé una foto a mi cena y la puse en Facebook.
Sonreí al mirar qué delicioso lucía mi manjar, pensando como el sonido redondea hermosamente una imagen y como Facebook lo transmite todo maravillosamente, pero nunca en toda su hermosa realidad.
La titulé:
“Aaaahh….Home, sweet home”
Héctor Daniel
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