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El blog de Hector Grave

En la clínica de salud

11 Noviembre 2014, 18:15pm

Publicado por Hector Grave

Fui a la clínica de salud a hacer una cita para cierto procedimiento que no quiero detallar, pero que está mencionadísimo en estos textos recientemente una y otra vez y como no hay plazo que no se cumpla y quien sabe qué más, pues fui.

Diré solamente que en cumplimiento de mi deber caminaré al cadalso voluntariamente y espero no ser parte de la estadística invertida esa que dice que para el 1% de los hombres que pasan por ahí la vida parece abrirse camino y si fuera así, pues que así sea y que se llame: Sara María.

Pero confío en que no será así, de la misma manera en que nadie se sube a un avión pensando en la estadística de accidentes aeronáuticos. Excepto quizá mi cuñada Pau Paulinha OMG! Ella SI que lo piensa, estoy seguro.

Perdón, de regreso a la clínica:

La clínica de salud está interesante de a madres. Para empezar está en un rumbo que parece salido de novela con Héctor Belascoarán Shayne y al entrar parece más una escuela primaria urbana acondicionada en el sexenio de Luis Echeverría para fungir como hospitalito y no termina por parecer ni lo uno ni lo otro.

Me saludó a la entrada un señor mayor en lo que parecía un mostrador de informes (que ahora que lo pienso a lo mejor no es ningún mostrador y el señor ese nomás va todos los días a sentarse ahí) y con mi expresión más sería y con esa seguridad que se le imprime a la voz que a uno le suena más falsa que el doblaje al español de Sylvester Stallone, le dije:

“Buenas tardes señor. Vengo a informarme y a anotarme para una vasectomía”

El señor me contestó con seguridad legítima y natural algo como:

“Ah, sí…¡¡¡MARGARITA!!! ¿ESTÁ EL DOCTOR SERGIO? ¡EL MUCHACHO VIENE A PEDIR INFORMES!”

Ya se me hacía que entrabamos en detalles a gritos pero mantuve mi expresión naturalita, esa que según yo decía que lo mío en la vida era pedir informes sobre procedimientos incómodos en cuanta clínica me encontrara por ahí. Lo de “muchacho” me llamó la atención, pero luego razoné que bien pude haber tenido 55 años de edad y el señor aun así me hubiera llamado “muchacho” y yo aún lo hubiera sido probablemente.

Margarita era una señora que quiero creer que era enfermera (no tan lejana de aquella que atendió a Don Gato, por si alguien la recuerda) y contestó amablemente ruda desde un escritorio pesadísimo salido de algún K2 hace más de tres décadas. Que no, que no estaba el Doctor Sergio, pero que estaba el otro fulano y que por favor me pasara. Me pasé.

Todos parecían legítimamente doctores. Esto me produjo un alivio tremendo ya que parado ahí en algún momento pensé que parecerían más bien fontaneros.

Me explicaron el procedimiento, me dieron un par de indicaciones, me anotaron en una agenda y cuando ya estaba todo listo y me largaba, me dice:

“Ah y se viene bien rasuradito por favor”

Y ahí ya no me alcanzó la seriedad y con una sonrisa mitad divertida y mitad sustito me largué de ahí dando las gracias más incómodas que yo recuerde en muchos meses.

Viniendo de mí: es mucho decir.

Me voy camino al auto convencido y acobardado al mismo tiempo, inquieto con el rumbo, con la clínica, con el jeringazo de anestesia que me imagino va donde me imagino y por supuesto con aquello de “la rasuradita”.

Pero luego se me pasa.

Razono, en el auto, cómo ha sido un año verdaderamente espectacular y cómo semejante evento cotidiano extraordinario viene a cerrar con broche de oro lo que han sido casi 11 meses a la fecha para absolutamente todo menos para el olvido.

Lo del broche de oro es un decir. Con que no me le pongan hilo de pescar me daré por bien servido.

Sucedió de todo

En el diario se nos pierden toda clase de cosas, importantes todas, porque en su conjunto representan el tiempo transcurrido y sin ellas no estaría uno aquí, hoy. Luego ya estamos en noviembre y las tiendas se abarrotan de adornos navideños y comienza esa extraña sensación de que el año se ha escurrido una vez más y más de alguno comenta, siempre, año con año, lo rápido que se ha ido más que nunca y muy pendejamente también, como siempre.

Para el país ha sido un año complicadísimo sin duda. Un año más que extraordinario, plagado de sucesos, plagado de crímenes extraños y mediáticos, reformas de papel que no ve uno cómo materialicen, ruido informático paralelo con la difusión de decenas de medios alternativos promotores de su propia verdad pero que al ofrecer una alternativa opuesta a la de la verdad oficial y oficiosa que sistemáticamente nadie parece ya creer, parecen frescos, legítimos y honestos montados en una ola de indignación legítima en millones, circense y más bien una pose para otros tantos, que por tener voz y manera de expresarse parecen creer que lo que dicen vale la pena escucharse y leerse y parece, sólo parece, que este es un año para nunca olvidar y sin embargo para que la expresión funcione: un año para el olvido.

Y todos dicen verdades terribles. Y todos mienten al mismo tiempo. Y todos, pero absolutamente todos creemos nada ya y al mismo tiempo lo creemos todo, todo el tiempo. En la era de la información y la red social jamás habíamos tenido tanto acceso a la información y jamás había sido nuestro manejo del contenido tan superficial. Pero la realidad ahí está, con miles de horribles caras.

Nos oprime, la realidad. Pero solamente, si nos dejamos.

Para no dejarse hay que voltear y mirar dentro, a tu lado, en tu mesa, en tu cama y ahí, si miras bien, hay otra luz y hay maravilla. Porque no todo ha sido gris, ni negro, porque también han habido sabores, olores y millones de colores, pequeños quizá en el gran contexto, enormes si multiplicamos por millones que somos los que tenemos vida, que tenemos valor, que tenemos espíritu y alegría, razones y motivos por qué luchar, pero sobre todo: por qué vivir.

Yo he vivido un año maravilloso. No soy inconsciente. No soy ignorante. Soy simplemente agradecido.

Me sorprende un poco reconocerme optimista cuando todo el tiempo he pasado por ácido y más bien negativo, justificado conmigo mismo como realista.

Todo esto pasa por mi mente, camino de una clínica de apariencia terrible pero funcional, servicial e inesperadamente práctica y coherente, donde hice una cita para un procedimiento que nada me apetece, donde vengo a ponerle fin – quizá – a mi capacidad física para crear vida porque de vida ya estoy lleno y mi deber de crear, la misión o lo que sea que esté relacionado y tenga que ver, ha llegado finalmente a su fin.

Un año feliz

El año del medio camino, para mí. Si bien no tengo ni 35 ni tengo planeado vivir solamente 70 (porque eso no se planea, eso simplemente sucede) a mí me ha sabido al semáforo que sabes que hay a medio camino entre el origen y el destino. Y tuve el privilegio de mirar atrás y adelante y me encantó lo que miré allá y acá.

Atrás vi y volví a vivir al recordar todo lo que fui y que por orden natural y destino ya no será. Me encantó la experiencia retrospectiva. Debe de ser un privilegio de tan pocos el volver a conectar con todo lo que quedó y se siente que quedó pendiente.

Miré con intensidad, con fuerza, con honestidad y también con completa entrega. Y sí, por supuesto, me di durísimo en el hocico, porque yo cuando brinco lo hago sin mirar y salto, sin meter las manos, porque solo así se le exprime toda la vida a la experiencia. Esto último de no meter las manos es quizá más por pendejo que por otra cosa.

Vistazo mágico al pasado en mí presente, hermoso e irrepetible, que vino a acomodar todo en donde finalmente va, que vino a cimentar con mayor fuerza el futuro.

Pedazo de vida para toda la vida.

Vi hacia adelante e imaginé todo lo que vendrá. Y tendré un lugar donde leer, beber y dormir, en paz. Tendré la visita de mis hijos y sus hijos y los veré jugar en donde construí no para mí, sino para ellos. Y el espacio actual, proyecto del presente que sabe a construcción del destino, tendrá finalmente su propósito enteramente cumplido.

Vistazo mágico nuevamente, que viene a entusiasmar mi presente, sin sombra ni obscuridad.

Rodeado de la vida, producto de la vida que yo ayudé a crear.

El príncipe de dulce y los príncipes de sal

A mediados de junio de este mismo magnífico año nació mi tercer pequeño.

Trajo bajo el brazo, entre otras cosas, la alegría del nacimiento de nueva cuenta al hogar. Y lejos de alterarse la vida, más bien la vida se asentó y nos asentó a todos. Nos cayó el bebé de maravilla, del cielo, de dónde sea que venga toda el azúcar y las bendiciones, de dónde sea que provengan todos los abrazos y las risas.

El bebé Marcos me enseñó este año a cantar.

Ha sido juguete de mil formas, muñeco divertido que brinca y vuela con sus hermanos, que cargo como ovoide de futbol americano, que levanto por los aires y levanto y bajo para hacer reír, que hace gimnasia acrobática de bebés cuando su madre no me mira (por supuesto, de pendejo me pongo a enseñarle).

Está convertido en mi muñeco favorito, insuperable.

Los príncipes grandes por otro lado me han dado todo el año amor incondicional del que solamente se le da al padre, admirándome por fortachón porque puedo cargar garrafones (no ven que tengo bracitos más bien de niña), por ser muy hombre porque tengo pelo en lugares raros y me sale barba (que no se me cierra ni de milagro), por mi habilidad indiscutible en la cocina porque nadie prepara hot cakes (de cajita, por supuesto) tan buenos y además nadie tiene mi estilacho para ponerles miel, porque soy generoso con el Cal-C-Tose en la leche y porque juego a los monitos como niño, porque no reniego porque siempre me tocan los malos y porque siempre, siempre me dejo ganar.

Me han dado lecciones, todo el año. Me han hecho recapacitar en mi inconsistencia, me han invitado a no gritar “porque asusto” y no la chingues papá, me han reprimido cuando digo “palabras mal dichas” y luego van y le chismorrean al mundo para que también me cagotién…digo…er…para que también me corrijan.

Me han dado todo este año los abrazos más legítimos, los besos más dulces, las palabras más tiernas y también las risas más musicales y honestas de la historia de mis oídos y de mi corazón.

Lo de los besos dulces es un decir porque esos escuincles saben a sal todo el pinche día, supongo porque corren y brincan y sudan desde que canta el gallo, que en la casa suena como alarma de bomberos de esa que te taladra el cerebro porque si no nadie se levanta.

La dinámica del día

Y sí, la casa es un caos y una batalla campal y hasta el perro colabora con su desmadrosa parte proporcional y a ratos todo es gritos y nadie escucha porque todo el mundo está muy ocupado gritando, hasta que lo que se grita deja de tener sentido y no pasa nada.

Y el baño más que baño parece lavadero la mitad del tiempo y a veces quisiera en vez de regadera darles con la manguera, para que se les quite la mugre pero también pa’ que se aplaquen a ver si a manguerazos les sigue causando gracia y comentan todo, hasta el color del chingado shampoo, sacan burbujas, se tallan la panza con jabón decenas de veces pero nunca las orejas, cantan mientras cae el agua, corren en círculos, gritan y salen, frescos y bellos, listos para la cena y la cama.

Luego nos sentamos en la mesa, todos juntos, sillas para cuatro, bebé en brazos y perro fiel a mis pies y a la caza de un bocado que sabe vendrá del plato de un príncipe o del otro.

Prendo el I-Pod y salga lo que salga los chicos lo festejan y el pan dulce o el huevito o el cereal o lo que sea sabe bien y mejor que nunca, deja de ser ordinario en algún momento y se vuelve, en compañía de la mejor, en alimento extraordinario. Todos los días. Todo este año. Todo el año.

¿Y Marcos? Marcos ríe, patea y llora. Y juega y babea. Y ama y se da a amar como todos los bebés y como ninguno nunca más, porque este es mío y además, es mi último.

De regreso de la clínica

De regreso de la clínica todo esto me inunda y me ilumina y luego del momento largo de claridad y sentimentalismo todo lo derribo pensando en más de alguna estupidez, como siempre.

Y se me ocurre, por ejemplo, que después del procedimiento si fuera futbolista podrían llamarme Héctor Daniel “El Petardos” Grave o si fuera vaquero podría ser Héctor Daniel “El Balas de Salva” Grave….

Mientras no me dejen caminando como si trajera chaparreras, todo estará bien.

Héctor Daniel

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