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El blog de Hector Grave

Wally y yo

1 Agosto 2015, 13:20pm

Publicado por Hector Grave

Al ser seis en casa normalmente, decir que la norma general es “un desmadre” es las más de las veces una aseveración francamente corta y tímida con respecto de la realidad. En un día cualquiera suceden todas estas cosas, no necesariamente en este orden, pero garantizadas:

  1. Juan se pone un putazo bien dado
  2. Mateo se pone dos putazos bien dados
  3. Hay una pelea entre ambos, sin un claro ganador, que termina en un drama familiar digno de Telenovela Infantil de las 5 con frases como “¡Ya no eres mi hermano!” o bien “¡Ya nunca quiero volver a verte nunca!”
  4. Hay una reconciliación entre ambos, digna de Telenovela Infantil de las 5 también, con ojitos de borrego triste, abrazos y esa hermosísima costumbre infantil donde todo se resuelve con un simple “borrón y cuenta nueva” en acción.
  5. Bebé Macetas come galletas y deja un desmadre peor que Guacamaya en la cocina.
  6. La Reina Madre nos pone varias cagotizas bien puestas que porque no recogimos la ropa, que porque queremos desayunar, porque no recogemos nuestros Legos, porque no hemos traído al carpintero a arreglar la cocina que “se está cayendo a pedazos”, que porque no arreglamos la bomba, etc.
  7. Milú le ladra al del periódico…que anda en una moto más despedorrada que Carabela de los setentas según se escucha…
  8. Milú le ladra al albañil….que lleva toda una vida enjarrando el muro de la esquina…o dos vidas según sospecho…o a lo mejor ya se murió y su pobre alma en pena tiene que terminar de enjarrar un muro que todos los días vuelve a empezar…
  9. Milú le ladra a la vecina de enfrente… que sale ejercitarse con ropa para ejercitarse a pretender que se ejercita…que aun así se las ingenia para llegar a su casa de regreso casi arrastrándose de cansancio…
  10. Milú le ladra al lechero….no, no es broma, en donde vivo hay lechero, Don Guadalupe, reparte productos Sello Rojo y no, no luce galante ni galanezco, ni es rubio como Bebé Macetas, gracias a todos por adelantado por preocuparse…

Y la lista podría seguir y seguir....y eso cuando somos seis. Desde hace unas semanas somos siete.

Recientemente y por azares del destino llegó a la casa Wally. Y me cayó como anillo al dedo.

Wally es un Fox Terrier Wirehaired, como Milú, pero macho. Es un perro fotogénico como ninguno, de estampa atlética, porte digno de perro de revista, buen tipo como el solo y está medio pendejón. Como yo lo quería para novio de mi Milú, me pareció el yerno perfecto.

Me lo llevaron a la casa un día por la mañana y el perro se adaptó de volada. No así mi Milú. Milú hizo todo lo que una mujer hace cuando se siente invadida:

  • Le torció el hocico
  • Le ladró feo
  • Le decía “Ash” y “¡Quitate!” con los peores modos, que en perruno es pelándole los dientes y gruñendo como dinosaurio matón.
  • Se iba lejos y me lo dejaba corriendo solo para no estar con él y dejarle claro que no era bienvenido en la misma habitación
  • Lo espantaba cada que lo sorprendía chiquiándose conmigo

Pero Wally, así como Forest Gump, es de espíritu enorme y generoso.

Desde el primer momento Wally quiso hacer valer la naturaleza e intentó, por todos los medios y momentos posibles, hacer lo suyito. O hacerla suyita. O trepársele a Milú, pues. Y eran un espectáculo de lo más embarazoso, porque yo creo que Wally en su pinche vida había visto una niña y estaba peor que muchacho de prepa en una Kermesse de colegio de monjas. Sabía que tenía ganitas, pero no sabía bien de qué ni cómo ni qué hacer. Milú le ladró, lo mordió, se escabulló, gruñó y al final del día la pobre ya nomás se echaba en el piso exhausta para quitárselo de encima. Wally volteaba a verme con cara de que era un campeón. Yo le echaba porras aunque por dentro pensé que qué bueno que la supervivencia de la especie no dependiera de semejante ejemplar.

Después de todo un día de intentos fallidos, me quedó claro que Wally no solo era virgen e inocente, sino francamente pendejo. Lo digo con todo cariño, es tan simpático que lejos de ser defecto es cualidad. Te mira con sus ojazos enormes, bigotes de caballero británico del siglo antepasado, lengua de fuera y esa mueca que casi parece sonrisa. Yo seguí apoyándolo: “¡Eres todo un semental Wally! ¡Bien hecho muchacho!” y el muy torpe parecía muy orgulloso.

Cuando los príncipes presenciaron los comiquísimos intentos y fracasos del buen Wally, me dio ansiedad paterna de esa que le da a uno cuando potencialmente tiene uno que explicar cosas que honestamente no quisiera uno jamás tener que explicar. Y milagrosamente, todo salió de maravilla:

  • Juan Pedro: “¡Mira Papi! ¡Wally está jugando caballito”
  • Papá Superado por la Situación: “¡Sí mi’jito, caballito, yeeeeeiiiii!”

Y la Reina Madre se meaba de risa mientras yo hacía mi mejor intento por cambiar el tema y distraer su atención, utilizando mis mejores cartas:

  • Papá Superado por la Situación: “¿Quién quiere un heladooooo?”
  • Príncipes Inocentes: “¡Yoooooooo!”

Y vámonos en chinga a la cocina, lejos, muy lejos del biológico proceso en acción, ese que mi Perro-Yerno quería con ímpetu, pero no podía resolver.

Al tercer día recibí una foto que lo decía todo: Wally y Milú compartían la misma cama. No sé si el buen Wally finalmente ejecutó la tarea y cumplió con su muy macho deber o si simplemente Milú terminó por aceptar su presencia así como hacen las señoras resignadas. Pero se veían hermosísimos compartiendo.

Desde ese día la dinámica fue otra.

Verlos juntos era ya natural. Sus conversaciones incluso encajaron perfectamente en lo que yo esperaría de cualquier conversación de pareja:

  • Milú: ¡GuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGua!
  • Wally: “Wof”
  • Milú: ¡GuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGuaGua!
  • Wally: ….

Me maravillé ante la situación. Supongo la convivencia entre los géneros es universal en sus detalles más básicos.

Luego fuimos a correr.

El buen Wally es un perro atlético y fortachón. Tira fuerte de la correa, cruza la calle bien a lo pendejo, se acerca a saludar a los perros bravucones que desde múltiples cocheras le dicen improperios perrunos y él, ni enterado, tipazo, sonriente y amable. Este perro me encanta.

Agarramos ritmo y sin darnos cuenta dimos siete y medio kilómetros. Me aguanta el ritmo estupendamente y nos acompañamos lado a lado. En la esquina fuimos y nos reímos juntos de un Pitbull que tenía un cono en el cuello. - “¡HAHAHA! ¡Pobre Menso!” – decía yo, mientras Wally se reía con la lengua de fuera.

Luego fuimos juntos a hacer pipí atrás de unas palmeras…digo…er…él hizo pipí mientras yo le echaba aguas. Sip. Así fue. Y nadie vio. Nadie puede comprobar lo contrario.

Llegamos a la casa y le solté la correa. Le dije que fuera por unas cervezas para tomárnoslas. Se me quedó viendo con esa mirada pendejona que tiene y lo felicité por ser un atleta consumado. Vino mi Milú, tierna e hiperactiva como es ella y la cargué. Le dije al oído que ella era mi niña y era irremplazable.

Les juro que sé que me entendió.

Héctor Daniel

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