Los mejores mecánicos del mundo
La Honda Odyssey de la Reina Madre es, sin lugar a dudas, el más fantástico vehículo que hemos tenido en nuestra vida. Tiene todos los beneficios de un autobús de pasajeros, con todos los beneficios de un sedán de lujo, de manejo esbelto como esas señoras gorditas que lucen más ligeritas que uno, como si tuvieran helio, y además viene con pantalla y un DVD que en momentos de crisis no solamente ha divertido a los niños sino que ha salvado a todos de ser estrangulados a medio camino. Me encanta, me divierte, es práctica y útil y aunque le grita al mundo a su paso “aquí viene una señora hasta la madre de chiquillos” a mi no me importa porque no soy señora ni me ofendo fácilmente. Es un auto estupendo.
Excepto ese día.
Ese día fue el vehículo más pendejo que hemos tenido en nuestra vida. La “Honda PendejOdyssey” se debió de llamar. La odie, la aborrecí, la quise patear pero luego el que paga el laminado y la pintura soy, me abandonó enfrente de todos y tuve que meter a todos a un taxi y mandarlos al departamento para improvisar qué jijos-de-la-chingada-voy-a-hacer con cara de no-pasa-nada-se-perfectamente-lo-que-hago.
Estaba en Puerto Vallarta. Era Viernes Santo. Me dejó tirado en un centrito comercial ochentero donde hay una Comercial Mexicana y por más que lo intenté no quiso arrancar la maldita gorda.
Tomé un taxi y le pedí que me llevara por una grúa. Por $50 pesitos eso fue lo que hizo, me tiró a las orillas de la ciudad ahí donde las calles son arena y las banquetas charcos y en una oficina donde un hombrecillo de Nayarit con look de quien había podido ser de Mumbay o Islamabad vociferaba al teléfono, pendejeando gente, mentando madres y fumando Delicados. El taxista se largó. En la madre.
“¿Qué necesita?” fue lo que me dijo entre llamada y llamada. Su pendejo aquí, como siempre, en chanclas pero con toda la etiqueta del mundo, le saludó con cortesía y le dijo: “Una grúa, para recoger una camioneta de Plaza X (aquí pongan el nombre de la plaza, quien sabe cómo se llame, aunque me digan, no lo voy a retener) y llevarla a tales departamentos”. A gritos le llamó a un hombre que salió del fondo de la casa / oficina, agarró unas llaves y se salió. Como no entendí pero sí, me salí tras él. Nos trepamos a una grúa toda puteada pero maciza y nos fuimos.
Quizá ustedes no lo sepan, pero uno de mis talentos más profundos y especiales es que tanto taxistas como camioneros como chóferes de grúas me cuenten las historias más pinches tristes de la historia de las historias tristes. Si fuera Superhéroe este sería mi súper poder, lo que sería el poder más pendejo de la historia (después del de “El Chico Invisible” quien solo se hace invisible cuando nadie lo ve). Así un día un taxista del centro me contó como su mujer un día se llevó a sus niños y años después aparecieron en Estados Unidos en casa de una prima de ella, donde los abandonó en cuanto llegó para irse al living-la-vida-loca. El cuate estaba ahorrando para traérselos, pero ellos no se querían regresar. Un chófer del aeropuerto me contó como él era el mejor jugador de futbol de su generación pero que lo corrieron de las Chivas porque se escapaba a echarse unos tacos y unas chelas, porque tragar puros “pinchis jugos” no era vida y así acabó de roba carros y luego, cuando se dio cuenta que la vida no iba por ahí, se metió de taxista. Me dijo que ahora se encontraba a sus viejos compañeros y nadie lo reconocía. Pero me desvío. Mi conductor de grúa me contó cómo él era su propio jefe, cómo tenía una fábrica de bolsas de plástico para la basura, cómo llegaron los narcos a pedirle cuotas imposibles, cómo un día no pudo pagar, como un lunes que llegó se encontró la fábrica hecha cenizas y cómo agarró a su mujer y a su hija, las subió a un camión, se mudaron a Puerto Vallarta y ahora conducía grúas. Me lo dijo sin amargura. Casi se lleva a sí mismo al llanto y no supe qué decir.
Llegamos a la plaza. Le enseñé la camioneta. Me pidió que le diera marcha. Me subí en chinga y le di.
La muy estúpida arrancó.
Miré al chofer de mi grúa con expresión de sorpresa y él me miró a mí con expresión de qué pendejo estás. Le pagué su tarifa, le dije “Que Dios Le Bendiga, el Señor es Justo y pondrá todo en su lugar”, se le vidriaron los ojos, se metió al camión y se fue.
La Honda PendejOdyssey y yo nos quedamos viendo cómo se iba la grúa. Me subí y me fui.
A medio camino la ingrata perdía potencia. Se ahogaba. Acelerabas y no aceleraba. Le empecé a mandar besitos como si fuera mula pa’ que jalara y llegamos apenas. Cuando digo apenas es apenas. Apenas es que con el último suspiro la camioneta llegó al estacionamiento y se apagó.
En el apartamento mi compadre y concuño llegó de desayunar y me llevó a dar la vuelta para ver si encontrábamos un eléctrico y unos buenos mecánicos. Se portó de maravilla. Recorrimos todo Puerto Vallarta, pero como buen pueblo con aspiraciones de ciudad, nadie, ni los pinchis jejenes, trabajaban en Viernes Santo. Fuimos, venimos, recorrimos, miramos por las ventanas a ciegas hasta que por allá en los límites exteriores, un local de llantas con la cortina a medio cerrar nos llamó.
Y ahí los encontré.
Se preparaban para irse a la playa. Explicamos el caso. El jefe dio algunas órdenes, fueron por equipo y se apuntaron tres. El que daba las órdenes se llevó al eléctrico y el eléctrico se llevó al chalán. Se treparon a un Jetta muy despedorrado y nos siguieron. Llegamos, la echamos a andar, le querían tomar lecturas al alternador mientras andaba y presenciar la falla, se subieron todos y nos fuimos.
A la altura del Liverpool voltié para atrás y donde se sienta normalmente el Príncipe Juan venía sentado el chalán. Sin camisa. No se a que pinchis horas se la quitó, pero así venía y con el vidrio abajo le venía gritando a cuanta gringa se encontraba caminando por la calle, sin respetar edades ni canas ni parejas ni nada. Los demás reventaban en carcajadas en cada grito. Yo me reía discretamente con ellos. A la altura del Collage la camioneta se murió. Me paré. En chinga los mejores mecánicos del mundo se bajaron, abrieron el cofre y empezaron a chambear. El chalán me invitó al Oxxo, así que cruzamos la avenida, compré un 18 pack y nos regresamos. Diagnosticaron que el alternador estaba madreado. Quisieron pasarle batería pero la batería que traían no servía. Pararon un taxista. El muy cabrón nos cobró – léanlo bien –$50 pesotes por pasarnos corriente. Pagué naturalmente. Arrancamos y nos fuimos. ¿A dónde? Al AutoZone a buscar un alternador.
El jefe de los mecánicos – de nombre Obed – preguntaba por un bato ahí donde dan el servicio a mecánicos en la parte de atrás. Mientras venía a atendernos el susodicho se dio la siguiente conversación:
- Chalán de mecánicos descamisado - “Oye wey, ¿Qué es el Karma?
- Su pendejo en chanclas – “Sí, Karma es cuando todo lo que haces se regresa. Si hiciste bueno se regresa bueno, si hiciste malo se regresa malo. ¿Por qué?"
- Chalán de mecánicos descamisado – “Porque ese wey se está robando unas pinzas”
El Eléctrico nos miró con culpa como escuincle regañado y sacándose unas pinzas bien gandallas de debajo de la camiseta nos dijo: - “Ora cabrones, nomás las estaba viendo, sí las iba a devolver….”
Casi escupimos la cerveza de la risa.
Desde atrás del AutoZone salió el sujeto en cuestión. Malas noticias. La pieza que buscamos – un alternador para ese modelo de camioneta – costaba nueva nueve mil pesos y aunque la quisiéramos pagar, es tan rara que se tiene que mandar pedir. Obed echó mano de toda su habilidad y barrio para pedirle que nos consiguiera uno usada aunque fuera. Se hicieron unas llamadas. Sucedió el milagro. La pieza existía con un refaccionario en un pueblo cercano. Había que agarrar carretara. ¿Vamos? ¡Vamos!
Arrancamos la camioneta nuevamente pasándole corriente. La dejamos en un terreno aledaño al taller, ahí donde el patrón guardaba unos carros y una lancha. Obed, quien evidentemente era el jefe por inteligente, ordenó que sacaran el alternador de la camioneta para llevarlo con nosotros. A todos nos pareció bien. Digo “nos pareció” porque yo estaba ahí. A esas pinchis alturas yo ya no sabía ni qué pedo, para empezar sigo sin entender bien qué carajos es un alternador, pero eso es irrelevante. Dos horas después: nos fuimos en el Jetta.
El Chalán, dueño del auto, me pidió con toda seriedad: “Tu maneja wey, tú eres el menos pedo” lo que después de un breve pero minucioso análisis que hice como los que hacía Robocop resultó verdadero según mi finísima apreciación.
Así, me subí al Jetta, con El Chalán descamisado adelante, Obed y el Eléctrico atrás, fuimos por otro 18 pack y nos fuimos al pueblo a buscar el Santo Grial de la Mecánica en Viernes Santo: un pendejo alternador usado. A esas alturas todo comenzó a valer madre.
A 38 grados centígrados, sin aire acondicionado, con quien sabe cuántas Tecates Light encima, con un Marlboro Rojo en los labios, oyendo un CD de banda terriblemente desgarradora en sus letras y terriblemente culera en su sonido, íbamos cantando a todo volumen por una carreterita angosta en medio de la selva esa que rodea Puerto Vallarta.
Y ahí, en pleno uso involuntario de mis súper poderes, volvió a suceder:
El Chalán acababa de chocar su carro por culpa de Diana Laura, mujer que le decía que lo amaba como a ninguno pero que en cuanto pudo se largó con un bato con billetes. La llamó “el amor de su vida” y también “está buenísima, es la mejor vieja, la mas buenota que me he agenciado” y supongo los dos comentarios no son mutuamente excluyentes. Pues ella fue el motivo de su desgracia, porque le llamó, le dijo que fuera por ella, él respondió al llamado y por ir con prisa porque iba bien "prendidazo" (palabra de él) y "ansioso" (palabra mía) pues ¡BOLAS!, se dio en la madre y se chingó en el carro, lo único que tenía. Me explicó lo que se rompió en su carro pero no le entendí ni madres. Llegamos con el refaccionario y antes de bajarnos, Obed me aleccionó:
“¡No le vayas a decir que eres el dueño porque nos va a querer meter la reata! Tu eres compa mío, tu eres dueño del carro y nos trajiste para acá. ¿Va?”
Pos va.
Llegamos y dejamos hablar a Obed. Mientras nos traían la pieza “El Eléctrico” de nuestro equipo me pregunto mi nombre. Le dije. No me creían el apellido. Saqué mi credencial para votar y les mostré. Todos hicieron lo mismo.
Escuché decir al Chalán: “¡NO MAMES QUE TE LLAMAS ASI!”
El Eléctrico se llamaba ni más ni menos que “Yiusseppi”. Era su segundo nombre.
Nos meamos de la risa y nos terminamos las cervezas. Salió el oráculo de las refacciones y nos entregó la pieza diciendo algo como esto:
“Aquí tienen su Alternador para Honda Civic”
Obed sacó el alternador en cuestión y fue cagadísimo si no me hubiera parecido trágico en ese momento. Como no sé cómo explicarme mejor, lo diré así: uno parecía bomba del agua, el otro parecía tetera de peltre. NADA QUE VER.
El oráculo de las refacciones lo tomó en sus manos, con una precisión de esas que ve uno en las películas cuando los súper matones arman y desarman un arma, así desarmó la pieza, sonrío y nos miró. Dijo:
“¿De quién es la camioneta?”
- Contestó Obed en chinguiza: “De un cliente, está en el taller, aquí mi compa nos dio rite”
- Intervino el Chalán: “¡Si, es de un pendejo, pobre cabrón, está re pendejo, no sabe qué pedo!”
- Intervino Yiusseppi: “Si, QUE PENDEJO, ¡JAJAJAJA!”
- Intervine yo: “SI, pooooobre PEEEENNNNDEJOOOO, SIIII”
- Todos: “¡JAJAJAJAJAJAJA!”
- Contestó el oráculo de las refacciones: “Tiene un chingo de suerte. Mira, se quemó aquí la churundela de la chalandra, nomás le tengo que cambiar aquí la burundanga”
(Por supuesto que NO dijo eso, pero asi es como lo recuerdo).
- Preguntó Obed: “Oye, y como en cuanto sale eso”
- Oráculo de las refacciones torciendo el bigote: “Mmmh…como unos 500 pesos…”
Obed volteó a verme y le hice ojos de que SÍ POR FAVOR al punto del desmayo. “¡POS VA!”
De regreso no podía creer mi suerte. Nos compramos otro 18 pack. Manejé felíz de la vida. Esta vez yo venía gritando también. La vida era buena.
De regreso al terreno se dieron a la obra de instalar la pieza. Pero antes, antes de meterla en donde va, El Eléctrico Vallartense Italiano de nombre Yiusseppi sacó un marcador permanente de su pantalón.
“¿De dónde sacaste eso?” le preguntó El Chalán.
No respondió pero nos peló los dientes en una sonrisa que nunca olvidaré. Nos carcajeamos juntos los cuatro.
Firmamos todos con nuestro nombre el alternador de la Honda Odyssey. Lo instalaron y dos horas después nos despedimos. De mano y abrazo a los tres.
No se los dije, pero si los vuelvo a ver se los diré. Son los mejores mecánicos del mundo.
Que Dios los Bendiga.
Héctor Daniel
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