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El blog de Hector Grave

De influenza estacional y otros malestares

1 Marzo 2016, 15:21pm

Publicado por Hector Grave

Desde que tengo niños sé que existe la influenza y sé también que existen las vacunas contra la influenza. A ellos se las mando poner religiosamente. Cuando me preguntan a mi si me la quiero poner, año con año lo pienso, pido información, me dicen algo como “no evita que te dé, pero si te da, no te da tan fuerte” y a mí eso me suena mucho muy pendejo porque nunca sé cómo carajos tabula la gente “fuerte” vs. “no tan fuerte” y me parece un argumento muy pobre para convencerme de la necesidad de algo inyectado.

Como buen hombre valiente que soy no me pongo ni madres, porque prefiero jugármela muy machamente antes que tener que ser inyectado y tener que exhibir que me pongo como niña asustada con la jeringa enfrente de una enfermera que no conozco pero que me conocerá, además de mi muy masculina valentía, la nalga derecha. Es simplemente demasiado.

Este año algo me dio, no creo que haya sido influenza, pero sí algo medio cabrón porque honestamente me sentía fatal. Un desgano crónico terrible (como si tuviera 12 horas continuas de clase de Química Orgánica en la secundaria) dolor de cuerpo, dolor de cabeza y ese cataclismo mental y emocional que nos da a los varones cuando caemos enfermos que las mujeres tan mal comprenden:

  • Reina Madre Heroica Enfermera de Hospital Familiar - “¿Cómo te sientes?”
  • Hombre postrado visiblemente en el límite del dolor y el sufrimiento - “….mal…cof- cof…..creo….cof-cof….creo que tengo….Chinkunkunya….”
  • Reina Madre Heroica Enfermera de Hospital Familiar con cara de no mames - “…tómate un Theraflu…”

Y se larga del cuarto moviendo la cabeza pensando que ojalá yo tuviera ovarios y quien sabe qué tanto para que me diera un cólico mensual de aquellos y entonces supiera lo que en verdad es dolor y todo eso que dicen las mujeres para justificar que son más valientes, más resistentes y más aguantadoras que los hombres.

Y no lo dudo ni tantito, después de ver tres partos en vivo y en directo me queda claro que yo me desmayo tan solo de pensar que hay que sacarme una sandía de donde yo no podría nunca sacarme ni una manzana piñatera.

O quizá a mí me da gripa más fuerte. Nunca sabremos la verdad.

Fui con un Doctor de esos que lucen bien apócrifos de “La Farmacia del Ahorro”. El cabrón me hizo dos preguntas y me recetó un paquete de cuatro inyecciones, un jarabe de esos de los que casi empedan y unas pastillas enormes que yo hasta pensé que a lo mejor eran supositorios, por lo que revisé la caja muy cuidadosamente. Me tomé todo (no, no eran supositorios) y me inyecté con mi mamá, a quien estoy seguro le produce gusto inyectar a la gente, no sé, es algo así como un pasatiempo siniestro. Pensé que me recibiría con un cubre bocas azul y un gorro/capucha para evitar el viento, ese look de “Temporada de Influenza” que a veces lleva, que me hace pensar que a mi mamá le gusta disfrazarse como el Comandante Cobra cuando está sola en la casa. Felizmente no fue así. Me inyectó con una mano que ya la quisiera la enfermera del trabajo (que parece que juega dardos la méndiga, pero hay un Dios que todo lo ve) y yo salía de la inyección con actitud de que me acababan de hacer una transfusión de sangre, con actitud de sobreviviente, arrastrando la pata y todo. Las cuatro inyecciones las pedí en la misma nalga derecha porque estoy convencido que en la izquierda duele mucho más. Terminé el tratamiento y nada sorpresivamente mejoré pura madre.

De hecho: empeoré.

A esas alturas yo estaba tirado. El Príncipe Juan Pedro llegaba a mi lado y muy amablemente se ofrecía a hacerme “rodillo humano”. La primera vez no supe qué quería pero luego se subió a la cama e hizo su cuerpo de escuincle flacucho rodar por mi espalda y piernas y de regreso. Pues resulta que cuando te está cargando la chingada y te duele el cuerpo y los huesos, “rodillo humano” es simplemente lo mejor de lo mejor. Está tan chingón, que si no fuera mi hijo, lo rentaba al cabrón como rodillo terapéutico para el malestar general.

Sucedió eso que luego sucede cuando uno se enferma varios días y se incapacita en el hogar: La Reina Madre Heroica Enfermera de Hospital Familiar comenzaba a dar muestras inequívocas de fatiga. Si le pedía agua, me contestaba que “en un momento”. Si dejaba pasar un tiempo perfectamente razonable y la volvía a pedir (no sé…10…15 segundos) noté como ella comenzaba a subir la voz en su respuesta:

“¡VOY!”.

A la tercera o cuarta subía la escalera azotando los pies en la escalera como caballo percherón y la veía entrar con un vaso de agua como para darle de beber a dos familias completas con cara de “vuélveme a pedir agua hijodetu#$%”. Yo le respondía con un gélido “Gracias” con cara de “espérame a que lleguen las encuestas de calidad en el servicio”. Pero luego Juan llegaba a ofrecer sus servicios de “rodillo humano” con una sonrisa hermosa y eso compensaba todas las faltas de la Gerencia.

Le dimos la vuelta a la enfermedad, caímos todos en fila, hasta que Bebé Macetas despertó un día ardiendo en calentura y noqueado en su cuna doce horas continuas, tirado como Many Pacquiao en la lona de su cuna, chapeteado y triste. Le hicieron la famosa prueba, esa donde te meten un hisopo por la nariz para tomarte una muestra profunda, tan profunda que cuando ocurre te preguntas si la muestra es de la mucosa de la nariz o del puto cerebro. Salió con influenza estacional. Le recetaron Tamiflú.

La verdad es que la Reina Madre Heroica Enfermera de Hospital Familiar se la rifó durísimo. La expedición para encontrar el Tamiflú fue una verdadera odisea. Visitó todas las farmacias de la ciudad y lo terminó encontrando extrañamente en el Costco de Tlajomulco. Muy contenta me llamó para avisarme que finalmente lo había encontrado y yo me imaginaba que la medicina era Kirkland Signature, ni pedo, de eso a nada, pos eso. En la casa siguiendo los sabios consejos del Oráculo de la Medicina Pediátrica ese al que le tenemos más fe que a San Judas Tadeo, disolvimos una capsulita en diez mililitros de agua. El pedo era que el niño tenía que tomarse nomás seis. Suena como aritmética simple, pero cuando toda la operación depende de que le calcules a un chorrito de agua y lo deposites en su boca sin derramarlo, fue una maniobra que ya la quisiera presumir Protección Civil.

El Tamiflú funcionó como magia. Al día siguiente el niño chapeteado y tibio todavía con algo de temperatura jugaba y reía con sus Pikachús de peluche luego de dormir casi dos días completos.

Para entonces yo pedía agua y como respuesta podía escuchar el viento soplando entre los árboles del Reino de Bugambilias fuera de mi ventana...

Nadie me trajo ya ni madres. Ni pedo. Me alivié.

Al final cayó El Príncipe Mateo. Su Doctor el Oráculo de la Medicina Pediátrica nos recetó a todos “Gabirol” en jarabe para los niños y en pastillas para los adultos. Hace unos días todavía me mandaron a comprar el pinchi jarabe y al llegar a la Farmacia Guadalajara la dependienta casi me pendejea, con una risita burlona apenas audible, diciéndome que eso estaba completamente agotado, con cara de “¡ay, qué pendejo, mira nomás lo que vino a pedir!”. A mí me dieron ganas de preguntarle si no había uniformes de un color más horrible o si de plano era ella la que hacía deslucir terriblemente el azul chiclamino. Me fui más encabronado que derrotado hasta que en el último lugar qué pensé que habría sucedió: hubo.

Esta vez fui yo el que llegó casi disculpándose:

“Señorita, ya se la respuesta, pero tengo que preguntar, mire, me mandó mi mujer (aka: el pendejo no fui yo, habemos varios involucrados) a comprar Gabirol en jarabe, ya ve que eso es lo que andan recentando, je je je…”

Me miró con cara de “qué trae este pinchi Cantinfas” y me dijo con una seguridad de esas que solo le ve uno a las actrices de las telenovelas cuando están ventilando una verdad espeluznante, con close up de cámara y todo: “Aquí lo tengo”.

Casi le aplaudo. Pregunté cuántos había, me dijo que dos. Me pasó fugazmente llevarme los dos bajo la lógica estúpida esa de “por si se ofrece” que tanto ha contribuido con la escasez de medicamento. Me pendejié internamente por haberlo pensado siquiera.

Compré la medicina que necesitaba y nada más, dos mazapanes de La Rosa y me fui muy contento a casa.

Ahora nadie parece ya estar enfermo.

Hasta que un día, uno de nosotros estornude nuevamente con algún virus e inevitablemente caigamos uno tras otro, en orden. Entonces regresará el “rodillo humano” a dar alivio a los enfermos. Entonces volveré a pedir agua desde mi cama y mi grito desesperado de ayuda será felizmente atendido.

Mientras eso sucede: moriré de sed.

Héctor Daniel

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