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El blog de Hector Grave

Mi Bicicleta con Canastilla Floreada

10 Marzo 2016, 17:32pm

Publicado por Hector Grave

Todos los días compruebo, cada que tomo una decisión, que nunca sé qué chingados estoy haciendo. No me rajo pero también nunca le mido bien y eso me da lecciones que yo denomino “experiencias” para que suene bonito y profundo y justificar mi mecanismo de toma de decisiones que es inexistente. Es más bien algo así como “va o no va” y bien podría echar una moneda pero no lo hago porque quiero sentir que tengo algo que ver y que soy protagonista de mi propia aventura.

Así decidí un día que yo quería que Milú tuviera perritos.

Por supuesto que no quise perritos de cualquiera, no. Quería perritos de un perrazo de estirpe y abolengo, un Fox Terrier Wire Hair de Concurso Británico por supuesto, que hablara con acento, que dijera “Petrol” en vez de “Gasoline” cuando hablara en inglés con otros perros, que tomara el té a la hora del té y todo eso que hacen los perros elegantes que creen en la monarquía y que salen a pasear por la izquierda.

Imaginé la casa llena de cachorritos y a los niños cargándolos, riendo, divirtiéndose y de pasada aprendiendo algo de biología reproductiva por osmosis. Estuve cerca de imaginarme en bicicleta con canastilla floreada, llena de cachorros paseando por el parque...(¡RIN-RIN! ¡RIN-RIN!)

La Reina Madre Criadora de Animales en cambio vio lo que yo, Romántico Pendejo como soy, no pude ver. Ella vio lo evidente y sin Espada del Augurio más allá de lo evidente y se visualizó limpiando pipí de perro por toda la casa, una cagada en el tapete nuevo, una ida al hospital de perros en altas horas de la madrugada, costales y costales de alimento, sillones de la sala mordidos, ¿a qué huele? y todo eso que viene de la mano de tener crías, humanas o perrunas.

Pasaban los días y en mi crecía la idea de tener perritos. Cuando llegaba a casa miraba con desconfianza de padre celoso a los perros cholos esos que se juntan en la esquina y luego llegaba a la casa a ser recibido por Milú y yo le decía “Princesa”. Como yo tenía que personalmente aprobar al novio de la princesa, me di a la tarea de buscarle y apalabrarle pareja así como hacen en la India.

Así, un día, nos hicimos de Wally.

Si bien no es británico ni creo que sepa hablar inglés (el cabrón ha de hablar como de Santa Tere, nomás que no le entiendo), la verdad es simplemente hermoso, tiene porte y estoy seguro que es muy guapo, los otros perros machos lo han de mirar con envida cuando pasa, sus hermanas han de suspirar a su paso y los perros cholos de la esquina lo han de querer madrear “por bonito”.

Asi Wally conoció a Milú.

La idea era que tuvieran crías. Hasta ese momento yo parecía pensar que las crías las traían las putas cigüeñas, porque nunca me detuve a pensar, ni poquito, en la biología del tema, MENOS en el instinto animal.

Para empezar el buen Wally simplemente no le entendía. Milú corría, se metía debajo de la mesita de centro de la sala, sabiendo que ni de pedo cabía el otro pendejo ahí debajo y fue un juego de escondidas muy divertido los primeros días. Yo lo veía acercarse a Milú y me cuestioné una y otra vez si es que yo alguna vez me vi tan pendejón para acercármele a una niña.

Con el paso de las semanas el chucho fue agarrando práctica y comenzó a entender cómo sorprenderla. Estaba la otra muy quitada de la pena descansando y ¡BOLAS! el muy cabrón le caía furtivamente por la espalda sin avisar. Milú respondía poniéndole una madriza soberana por pasado de pendejo. Yo lo veía irse con la cola entre las patas y se me antojaba aconsejarlo un poquito, que llegara recién bañado, que la llevara a cenar, que la escuchara ladrar por horas para que se sintiera escuchada y todo eso que estoy seguro hubiera dado mejores resultados que nomás caerle encima como la Ardilla Voladora. Perdí toda esperanza. Milú y Wally serían Roomies y nada más.

Pero luego Wally “le entendió” y su entendimiento hizo intersección con “luego Milú como que ya quizo”. Y ahí todo valió madre.

Le entendió tan BIEN que se puso terrible, tan BIEN que andaba que no sabía dónde meterla…digooooo...er…¡Meterse! ¡Meterse!

Yo me empecé a preocupar cuando al bajar por las mañanas todos los cojines de la sala amanecían en el piso. No supe si recogerlos o mandarlos a la tintorería y luego a incinerar y como no me decidí, no hice nada nunca, cuando llegaba de la oficina volvían a aparecer en los sillones de la sala. Creo que no me he vuelto a sentar en la sala desde entonces.

Luego comenzaron los ruidos raros a media noche.

Un día bajé a tomar agua y me encontré a los dos perros en la obscuridad en posición como de cruz. Al prender la luz los dos me miraron en silencio con expresión de sorpresa, supongo legítimamente los sorprendí. Apagué la luz y me retiré en silencio, apenas reprimí un “perdón” así muy discreto. Me quedé con sed y me regresé a mi cuarto, ligeramente en shock tratando de comprender la mecánica de lo que acababa de ver sin querer ver. Le pregunté a la Reina Madre si cerraba la puerta del cuarto o qué pedo, como para darles privacidad. Nos reímos juntos.

Los perros se volvieron simplemente: imposibles. Wally solo andaba viendo cómo caerle a Milú y Milú comenzó a dar muestras de cansancio que muy femeninamente tradujo en arranques de “que se quite o lo voy a matar”. Wally se llenó de energía y comenzó a intentar escapar de casa a liberar sus ansiedades perrunas. Milú comenzaba a agredirlo a la pasada para que quedar clarísimo que “le dolía la cabeza”.

La Reina Madre Criadora de Animales un día tuvo suficiente. Fue simplemente demasiada biología salvaje en la cocina y en la sala por demasiados días para ella y para todos. Investigó el proceso de esterilización canino y previa consulta con su Romántico Pendejo que soñó un día con tener perritos, lo mandamos a la veterinaria.

Regresó completamente dopado, noqueado dentro de una transportadora. Es curioso como con sus perros la gente reacciona con debilidad de esa que viene como producto del afecto. Así fue. Lo vi y se me fracturó un poco el corazón. Abrí la jaula, lo acaricié y lo chiquié así como hace uno con un bebé durmiendo. Abrió los ojos y me miró. Quiero pensar que me reconoció y comprendió que ahí estuve con él, aunque más bien creo que, si le pega la anestesia como a mí, seguramente estaba en la peor peda de su vida y me quería triple mentar la madre pero no podía. Milú corrió a la jaula y la miraba por todos lados, muy nerviosa. Se preocupó por su viejo. Fue lindo verla preocupada por él. ¿Amarán los perros? ¿Se amarán entre sí? Pienso que no, pero también siento y sé lo que vi.

Al día siguiente Wally estaba de pie. El Príncipe Mateo reía fuerte y me decía “¡Wally tiene el Cono de la Vergüenza!”. El Príncipe Juan se reía a carcajadas. Wally nos miraba desde el fondo de su cono con esa cara de menso que tiene que es su principal cualidad y yo lo miraba a él con expresión de “lo siento mucho, eso te pasa por cogelón”.

Se lo quité a la semana, justo cuando dejó de tomar sus medicinas. Brincaba de alegría como niño pequeño y feliz que es él. Milú todavía se la hace de pedo, pero ya no la veo queriéndolo matar.

¿Y los perritos?

Lo sabré en un par de semanas. No parece, pero como evidentemente no se ni madres de nada, puede ser..

...y quizá Milú sea mamá y Wally papá…

...y quizá alguna vez salga de paseo por la calle de mi casa a dar la vuelta en una bicicleta con canastilla floreada…llena de chuchitos.

Héctor Daniel

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