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El blog de Hector Grave

Para Mateo, Marcos y Juan porque ya crecerán (3) - Sobre libros y otros refugios en caso de tormenta

19 Julio 2016, 15:54pm

Publicado por Hector Grave

Para Mateo, Marcos y Juan porque ya crecerán (3)

  • Sobre libros y otros refugios en caso de tormenta

Tenía aproximadamente 5 años, a punto de cumplir 6, y por alguna razón mi hermano Abel Angel tenía un libro infantil titulado “Las Aventuras de la Mano Negra” escrito por un tal Hans Jürgen Press. Lo tenía absolutamente todo: una pandilla de niños – Félix el líder con su trompeta, Rollo con su sweater a rayas, Adela la única chica de la pandilla y Kiki c.a. (lo que significa “con ardilla”, su mascota) – que se juntaban en un departamento de azotea con un palomar y que investigaban crímenes en la ciudad. Venía acompañado de los más increíbles dibujos, llenos de detalles asombrosos, que eran parte integral de la acción y de la historia.

Un par de años más tarde me encontraría en un libro de texto de mi clase de alemán un capítulo dedicado al mismo libro.

Ahí descubrí entre otras cosas que “Adela” no era un nombre mexicano (aunque yo parecía estar convencido porque estaba enamorado de Adela Noriega y era mi única referencia) y también descubrí que “Kiki c.a.” en alemán era “Kiki m.E.” lo que traducía a “Kiki mit Eichhoernchen” lo que además de ser una palabra que en mi puta vida he podido pronunciar bien me hizo pensar bastante porque yo creía que Kiki se llamaba Enrique hasta ese momento en el tiempo y además no mames ¿CÓMO puede ser que puta “ardilla” se escriba “Eichhoernchen” en alemán? ¿Qué LES PASA a esos cabrones?”

Lo leí y releí hasta que pude recitar secciones enteras de memoria. En los dibujos se colectan pistas, pero como ya sabía siempre dónde mirar me dedicaba entonces a mirar en otros lados a ver si descubría algo nuevo. Aprendí entre muchas otras cosas lo que era un “palomar”, un “telégrafo sin hilos”, lo que eran el “éter” y la “filatelia”. Aprendí también a usar un pinchi diccionario, el Pequeño Larousse de mi mamá y aprendí también lo que era la “ironía” porque esa madre de pequeño no tiene ni madres y una vez me cayó en una pata descalza. Recuerdo que a mis seis años la chingadera se oyó como bloque de concreto al caer en mi patita minúscula.

En una mudanza perdí el libro. Simplemente no estaba donde yo siempre supe que estaba y con tristeza lo di para siempre por perdido.

Un año después bobeando en una librería Porrúa vi como un señor levantaba un pedido. Lo pensé, lo volví a pensar y convencido de que sería imposible de encontrar me acerqué e hice eso que siempre hago: le conté toda una historia a alguien que no le interesa y que no quiere escucharla. Eran una chica y un batillo. El batillo puso expresión de que prefería estar esperando el camión dos horas en el cruce de 16 de Septiembre con Juárez a las 3 de la tarde que escucharme un segundo más y fingió estar muy ocupado en un librero perfectamente acomodado. La chica sin embargo se fletó todo el cuento:

“El libro, es mi favorito, es muy especial, me significa mucho, mis hijos ahora, a ver si les gusta, me da mucha ilusión…” y largos e innecesarios minutos después con una buena sonrisa en los labios, la chica se puso en la computadora, metió el título y me dijo algo maravilloso:

  • “Lo tiene el distribuidor. Se lo puedo tener en la tienda en dos semanas”

Contesté completamente incrédulo:

  • “¿EN VERDAD? Pídeme dos por favor”. :D

Y no es mamada. Compré dos. Uno para Mateo por si se ofrecía. Uno para mí, para atesorarlo.

Dos semanas después, poco menos, me llamó la chica. Me dijo que podía pasar a recogerlos. Quise llorar pero no lloré, de gusto, de nostalgia y quien sabe de qué chingados más, a lo mejor andaba yo esa semana sintiéndome muy mujer o algo que ahora que lo escribo no me lo explico nada bien.

Parece demasiado por un libro infantil, que nadie recuerda, que nadie parece ya conocer.

Pero no es cualquier libro. Este es el libro que más amo en la vida. Es el padre y la madre de toda mi lectura, de mi gusto por las aventuras, de mi afecto por los cuentos y las novelas de misterio, de ficción, compañero decenas de veces en decenas de rincones por toda la casa, en el carro de viaje, en la casa de mi tía en el pueblo, en la escuela tantas veces a escondidas.

Pero sobre todo: fue mi compañero en días que parecían no tener bien todos sus colores. Y Dios sabe cómo siempre, en esos días, el libro siempre me abrazó.

Sobre libros y otros refugios en caso de tormenta

Ojalá crezcan y les gusten los libros. Tengo acumulados bastantes ya y aunque conozco a cierta persona que desea que todos se los mande al Padre Cuéllar (que no diré su nombre para respetar la confidencialidad y su privacidad pero que vive en la casa con nosotros cuatro y que es mujer) yo sueño con que uno de ustedes los quiera. Serán gratis naturalmente.

Los libros cuestan una lana y si son ediciones finas, todavía más. Pero si se valoran las horas de entretenimiento que un buen libro proporciona a lo largo del tiempo de lectura vs. las horas de entretenimiento que proporciona una película en dos pinches horas, entonces son una ganga. Aunque la pinchi película fuera TITANIC en su versión del 1 de enero de canal 13 doblada al español (que estoy convencido es infinitamente más larga que la versión normal en inglés cualquier otro día del puto año) los libros seguirían siendo una ganga insuperable porque su rendimiento por hora es absolutamente mayor. Desde esta óptica los libros nunca están caros. Ahora si son gratis, pues ¡inmejorable! Curiosamente nadie nunca reniega de lo que cuesta entrar a la pinchi sala de cine esa 4DX que tiene los asientos más incómodos de la historia de los asientos incómodos (desde que el Cine del Estudiante con sus asientos con resortes de acero cerró sus puertas probablemente no me había yo adolorido tanto el trasero).

Los libros además tienen la inmensurable cualidad de ser completa y perfectamente exclusivos para el lector. Es decir: la versión que imagina el lector es única, particular, personal e irrepetible para nadie más. Es el entretenimiento más pinchi exclusivo del mundo. Así por ejemplo para mi el Detective Hector Belascoarán Shayne de Paco Ignacio Taibo II es Manuel Ojeda, Sandokán es Ken Watanabe, Joe el Indio es una versión más joven y super mamey de Don Juanito (el jardinero de mi infancia) y mi tío Genaro aparece en varias novelas de Ibargüengoitia donde en México de haber películas de estas historias seguramente pondrían a Damián Alcázar. Y aquí está lo más bonito: todo esto es así, en mi mente, por mis huevos. No conozco ninguna otra forma de entretenimiento que funcione así.

Aunque luego hacen películas de los libros y al verlos la imaginación se corrompe. Yo amo el cine, pero también es verdad que no recuerdo como era Harry Potter antes de Daniel Radcliffe, de la misma manera que Ben Hur siempre será Charlton Heston.

Los libros tienen también algunas trampas. Por ejemplo, y esto es serio, al leer se corre el riesgo de tomar lo leído como “verdad”. La verdad es tan relativa y a veces tan aparente, como lo es la felicidad en una red social. No por leer lo que dice un grande se está leyendo la verdad. Se puede cuestionar. Se puede interpretar. Se puede estar de acuerdo o no. Pero no se debe de aceptar a ciegas. Los grandes filósofos generan esta clase de fascinación ciega muchas veces cuando el lector no tiene el criterio. Para los lectores más ligeros, el efecto es idéntico con los grandes maestros de la psicología. Mucho cuidado con interpretar el mundo a través de los ojos de una mente grande cuando se es todavía pequeño. El pedo no es leer, sino reconocerse pequeño, para comprender que se puede caer y por lo tanto, no caer. Es un verdadero problema. Yo esto lo comprendí cuando me sorprendí asintiendo con muy buen grado de convencimiento con lo que explicaba un Coronel a sus soldados en las páginas de Starship Troopers de Robert Heinlein, sin darme cuenta que en cierta medida, el tema tratado era fundamentalmente: el fascismo.

Ahora bien, la trampa más común asociada a los pinches libros es el esnobismo pendejo ese nivel Facebook que tanto nos gusta a tantos. Está padrísimo leer y está padrísimo leer con una cobijita y está de poca madre leer con lluvia y está padrísimo y de poca madre beber café o chocolate caliente o té mientras llueve tapados con una cobijita. Pero está de la chingada de mamón y de pendejo postearse en Facebook una foto del libro con la ventana de fondo, la tacita humeante y un comentario imbécil marca “tarde de relajación con una tisana y mi más grande placer y vicio” con un libro de Gabriel García Márquez pa’ acabarla de chingar (a quien admiro muchísimo pero que suele ser el autor predilecto para el exhibicionismo perfecto). Esa pinche gente lo que quiere es que se le admire que tiene un placer y pasatiempo “culto” y utiliza un medio vulgar para anunciarse(lo). No sabré yo que me encanta lucirme en esa chingadera. Y sin embargo aquí pasa algo por demás aberrante: leer es fundamentalmente dedicarse un tiempo personalísimo exclusivo y aislado. Es por lo tanto imposiblemente imbécil tener que contarle al mundo entero lo mucho que disfrutas tu tiempo personalísimo, exclusivo y aislado. Además, decirle “tisana” a una puta bolsita de té verde “La Pastora” son simple y sencillamente: mamadas. Lo mismo para los que le dicen “infusión” y aunque no sean lo mismo y aunque esté bien dicho, son mamadas y punto. PUNTO.

(Respiro hondo…)

Hablemos ahora de refugios. Conmigo ha funcionado así. Cientos de veces la vida simplemente ha sucedido. Y al suceder, condición humana, tan bella y tan jodida al mismo tiempo, nos sentimos víctimas de lo que acontece. A veces es verdad: la vida barre con uno. A veces abruma. A veces golpea, enfrenta, confronta, acosa, lastima. Si algo he descubierto es que esto es tan verdadero como uno lo hace en su mente. Es decir: el problema siempre es tan grande como uno lo piensa y por lo tanto, lo siente. Pero mientras se toma el control de la situación, mientras se termina de sufrir y comienza uno a enfrentarse y a manejarlo, mientras las cosas se superan: necesita uno a veces un escape.

Mis libros me han funcionado así una y otra vez. En ellos se puede experimentar ser quien no se es, vivir en un tiempo que no se vivirá, hacer y deshacer lo que nunca será ni fue. Es el escape perfecto. Se deja de ser en este mundo para ser otro en otro mundo.

Así fui soldado y héroe de guerra en Normandía, fui un Fremen y enfrenté a las fuerzas de Vladimir Harkonnen en las dunas de Arrakis, hui a vivir solo a una isla con dos amigos, investigué crímenes de otros mundos junto al androide Daneel, atendí Hogwarts (y fui a Ravenclaw por supuesto), me hice llamar Doctor Watson, escribí poemas de amor imposibles a las hermosas damas rusas del gran Leon, escapé de Troya ardiendo siguiendo al gran Eneas, fui Presidente de la República (de una, que no es México pero que todos sabemos que sí), fui conspirador contra el régimen del monstruo Gran Dictador dominicano, caminé hasta llegar a Lhasa junto a Heinrich Harrer y de regreso a Austria, luché contra el General Houston en lo que alguna vez también fue México, recogí la espada de Guadalupe Victoria, fui Monseñor y Obispo, Caballero y Rey, construí catedrales, puentes y castillos, fui vampiro, licántropo, cazador y asesino…

Fui de todo. Y fui, aunque la vida quisiera decirme en ese momento que no era así: muy feliz.

Especialmente y sobre todo en días que parecían no tener bien todos sus colores.

Yo los corregí. Con mis libros esos días yo los hice nuevamente de todos los colores.

Ojalá, Mateo, Marcos y Juan, sean también ustedes, amantes de los libros.

Muchos días después, sacudiendo mi librero, finalmente apareció lo que di por perdido:

“Las Aventuras de la Mano Negra” por Hans Jürgen Press.

Lo toqué y lo leí ese día con lo que solamente puedo describir como amor. Y volví a ser niño

Héctor Daniel

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