El Héroe
Hace varios meses, en medio de la madrugada, desperté en la obscuridad con la inquietud propia del que escucha algo terrible. Wally ladraba fuerte, pero a diferencia de otras noches, ladraba hacia la puerta de la casa. Sin saber lo que había escuchado, mi cerebro recibió una señal de alerta. ¡Qué cabrón es el cerebro que incluso sin procesar por medio de la conciencia una palabra le alcanza para decodificar un mensaje! Guardé silencio, me puse alerta. Sucedió otra vez. Esta vez procesé claramente la palabra. Dios. Se me enchinó la piel. La palabra era breve pero grave, muy grave en su tono, en su significado, en su potencial. Otra vez. No tuve ninguna duda. Alguien gritaba:
“¡Ayuda!”
Me levanté. Me asomé por la ventana. No vi nada, pero el sonido continuaba. Salí al balcón. Instintivamente grité también, al aire, a la fuente del sonido, en donde quiera que estuviese:
“¿Qué pasa?”
Contesta claramente:
“¡Estoy encerrada!”
Dos palabras, tres si contamos la primera, son material en esas circunstancias, para pesadillas. Le aviso a la Reina Madre de la Pijama de las Mil Lavadas:
“Voy a bajar. Necesito que te quedes aquí en el balcón y no me pierdas de vista. Si pasa algo grita y llama a la policía”.
Bajé y crucé la calle. Saludé a la Reina Madre Vigía del Balcón vistosamente, para que la obscuridad se diera cuenta de que no estaba solo. El ruido venía de una casa que yo sabía abandonada hacía seis meses. Pero allí había habido una fiesta ese mismo día. Vi muchos carros, vi muchachos en shorts y botellas de vino, vi bolsas de hielo, lentes obscuros, toallas y hieleras. Comprendí entonces lo obvio: alguien, por alguna razón, se quedó adentro.
Y así fue. Una borrachera. Estado de inconciencia. Todos se fueron, se llevaron sus cosas, ella despertó en un baño en el suelo, en la obscuridad, encerrada en una casa que más bien parecía en esas condiciones fortaleza negra. Sus “amigos” la dejaron ahí. Encerrada con candados y una cerca electrificada.
Finalmente, horas después, fue rescatada por la policía.
La historia le dio la vuelta con todos mis familiares y conocidos ese fin de semana. De todos recibí las mismas expresiones de preocupación:
“¡Te pudo pasar algo!”
Más de alguno me llamó la atención por imprudente. Todo bien intencionado. Tenían razón. Nunca he sido material valiente, de hecho más bien perfectamente lo contrario y sin embargo alguien pedía ayuda. Era imposible no atender el llamado personalmente.
Me guardé la historia en casa de mis padres, tratando de evitarme una nueva regañada de hueva y el sermón ese en torno a mi seguridad que seguramente vendría, ese que sin importar edades los padres le dan a sus hijos.
Una semana después, salió el tema de manera natural y me resigné a contar la anécdota a mi padre. La conté. Mi padre me vio, esperó a que terminara y luego me dijo algo que nunca olvidaré:
“Bien hecho. Yo habría hecho lo mismo”.
Me cayó el veinte. Por supuesto que él habría hecho lo mismo. El era mi padre y yo su hijo. Cuando absolutamente todos me pendejearon con justa razón y también con cariño, papá y yo simplemente coincidimos.
Ese día me sentí muy orgulloso de ser su hijo.
Unos veinte años atrás estaba la Policía de Guadalajara afuera de la casa. Mi papá, completamente fiel a su estilo, fue “a ver”. Es verdad que le gusta el mitote, tanto como a cualquiera, además tenía un legítimo interés, digo, la policía estaba afuera de la casa, luces prendidas, podía ser cualquier cosa.
Como papá no regresaba y yo seguía viendo luces azules y rojas iluminar la cocina ahí va su pendejo también “a ver”.
La policía estaba, “en cumplimiento de su deber”, queriendo levantar a Don Pepe.
Don Pepe es un hombre que desde hace muchos años lava carros afuera del Hospital de la cuadra de atrás. Lo conocemos bien. Es parte de la cuadra, tanto como lo era Armando el Señor que barría y cuidaba la casa de enfrente, tanto como “El Güero” que llevaba bolillo calientito de Santa Tere en bici casa por casa. Buena persona, educadísimo y servicial con mi madre, él fue parte de una realidad que se mudó a la colonia junto con el Hospital y que aceptamos con normalidad porque los tiempos cambian.
Pues la policía lo quería levantar porque fue sorprendido regando las plantas de una jardinera, o sea: meando en la vía pública.
Mal. Algo pasó. Eso no se hace. Lo que quieran. Y sin embargo a veces la necesidad es grande y si bien estoy seguro que eso es una falta administrativa, también es cierto que yo no conozco un solo hombre que no haya enfrentado la necesidad y la haya aliviado en condiciones parecidas al menos una vez en la vida. Si hubiera alguno, no tiene nada de virtuoso, simplemente en su caso la necesidad no ha encontrado la circunstancia.
Mi papá conversaba con los policías. Les decía de todo. Habló de lo mucho que respetaba su trabajo. Los felicitó porque él apreciaba mucho que estuvieran al pendiente, que su trabajo no era fácil, que nosotros éramos vecinos desde quien sabe cuándo, que nunca había habido un problema y que Don Pepe jamás de los jamases había sido causa de conflicto, ¡por el contrario! Fiel a su estilo, los quería marear, con esa estrategia que tanto le conozco y que tan bien maneja incluso cuando la maneja mal, porque aunque no envuelva al interlocutor en la telaraña de palabras, halagos y comentarios aleatorios, siempre, siempre, siempre desvía la atención impecablemente.
Pero la policía insistía en querérselo llevar.
Conocedor de esos juegos, como viejo lobo de mar, papá se me acercó y me dijo por lo bajo:
“Ve a mi cuarto, saca mi cartera, trae dos billetes de cien y con mucho cuidado dámelos aquí sin que nadie los vea”.
Sintiéndome el más chingón de los cómplices fui y obedecí. Me gustaba sacar la cartera de mi papá porque siempre traía cosas extrañas, como un billete de 50,000 pesos de esos que traían a Cuauhtemoc (que había dejado de circular hacia cuando menos una década) y unos palillos empacados individualmente, del Sanborns.
Le di el dinero. Me alejé de ahí para darle su espacio. Papá resolvió el tema, porque había que resolverlo y la policía muy sonriente, se fue. Don Pepe estaba apenadísimo y agradecidísimo al mismo tiempo. Papa simplemente se despidió de él con gusto. Nos metimos a la casa a descansar. Ya era tarde.
Ese día me sentí muy orgulloso de él.
Diez años después llegaba yo al medio día a casa proveniente de la Universidad. Fui recibido por mi papá en la puerta. Me dijo algo como:
“No quiero que te vayas a asustar, Adriana llamó y me dijo que tuvo un accidente y vamos para allá”.
Impecable tacto de elefante maravilloso el de él, enfocado todo en entregar un mensaje y nada en cómo será recibido, así como si al decir “no quiero que te vayas a asustar” el que recibe la noticia fuera de inmediato inmune a lo que viene. Pregunté más pero no me dijo más. Llegamos finalmente al accidente.
Nunca olvidaré la escena terrible. El carro estaba destrozado del lado izquierdo a la orilla del camino, Adriana en camilla rígida lista para subir a la ambulancia, policías de tránsito, decenas de mirones y una banda como de siete estudiantes de la Universidad Anáhuac que esperaban el camión, que vieron el accidente, que impidieron que el conductor del camión escapara y que nos dieron parte de toda la historia. Nunca los veré de nuevo, pero que Dios bendiga a esos cabrones desde entonces, hasta hoy y para siempre.
Te sientes muy hombre a los veintiún años pero te das cuenta que no lo eres cuando la situación simple y sencillamente te supera.
Me sentí pequeño. Me dijo papá:
“Vete con Adriana. Yo aquí me hago cargo. ¿Traes dinero?”
Le dije que sí. Me quise subir a la ambulancia en la parte trasera, pero el paramédico me agarró y me subió adelante con él. Volteé a ver a papá antes de partir y estaba conversando con los Oficiales de Tránsito ya de manera acalorada.
Nos fuimos a la Cruz Verde a una velocidad pasmosa, sirenas prendidas. Vi estampas de la Virgen de Guadalupe y de San Judas Tadeo en el tablero. Los paramédicos me tranquilizaron: no le pasó nada.
El accidente fue con una pipa de gasolina de Pemex. El conductor simplemente no la vio y la impactó. Adriana Lady Meteoro simplemente le quiso ganar con velocidad por la derecha. Mal. Al dar parte el chofer, su versión fue contraria: ella lo impactó a él. En la Cruz Verde el conductor quedó en la planta alta en calidad de detenido y Adriana Lady Meteoro fue encamada en la Sala de Recuperación, en calidad de detenida también.
Llegaron los del Sindicato, con trajes verdes de PEMEX y a viva voz anunciaron:
“¡Somos del Sindicato de Trabajadores Petroleros y estamos aquí para defender los derechos de uno de nuestros miembros!”.
Yo me quedé en estado de shock por lo bizarro de la situación y por lo súper mamertos que se escuchaban esos cabrones con trajes de gasolinero.
Con ellos llegó el representante de seguros de los camiones de Pemex. Fue con Adriana Lady Meteoro a su cama de hospital y la quiso hacer firmar y aceptar su responsabilidad en el impacto con la labia y actitud de sabandija miserable tan exquisita como ridícula.
Mi papá llegó y fue de inmediato a su lado, casi al momento, tomó al sujeto del codo, lo sacó tomándolo del brazo como se saca a un niño pequeño sorprendido en un acto vandálico y echándole su estatura (y panza) encima con el dedo levantado le dijo algo como esto:
“Escúchame B I E N: TU reporta lo que quieras. Haz lo que TU tengas que hacer. Pero no te vuelvas a acercar…”
La Sabandija de la Aseguradora se fue con una sonrisa siniestra cargada de cinismo pero también: cargada de MIEDO. Me lo imaginé haciendo “zzzzz” con una lengua que sale 15 centímetros escurriéndose en alguna alcantarilla.
A las diez y media de la noche salimos todos de la Cruz Verde. El carro se fue al corralón. El Sindicato se fue tranquilo. El chofer fue liberado sin cargos. Adriana Lady Meteoro se fue con un collarín rígido a descansar a casa con sus muy preocupados padres. Yo me fui a casa con el mío.
Ese día papá fue mi héroe.
Ya crecí. Ahora también yo soy papá. Me es imposible no identificarme un poco al menos con él. Defectos aparte, los propios reflejados, me veo en el espejo y no lo puedo negar. Nunca quisiera negarlo.
Tuve que crecer para verlo humano e imperfecto como es.
Ojalá mis hijos piensen y crean y se den cuenta, así como yo me di cuenta con él: en su imperfección oculta toda su maravillosa estatura.
Tuve que crecer para sentir lo orgulloso que estoy de ser su hijo, para sentir lo orgulloso que estoy de él y para decir lo mucho que respeto y admiro al único héroe que he tenido:
Don Abel.
Feliz Día del Padre.
Héctor Daniel
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