En Aeropuertos - II
Viajar es una aventura desde que se sube uno al pinchi taxi. Parte del disfrute está sin duda alguna en las salas de espera del aeropuerto. Si es de una ciudad enorme mucho mejor. Es un baño de cultura de un nivel cabronsísimo.
Me encuentro por ejemplo en estos momentos en el aeropuerto de Dallas. Y con música de Garth Brooks de fondo acaba de pasar una familia de algún pinche lugar del medio oriente. La conversación es agitada y se da más o menos así:
Le dice ella a él:
- ¡MA HAMA LA HALA MAJAMA JALA LA! ¡OMEH HALZIM MAJAMA LA HALA!
Contesta él:
- ¡HAL-AL!
Y yo pienso:
- ¡Puta madre!
Aunque no hay que ser un genio para entender que ella se la está súper haciendo de pedo a él. Tampoco hay que saber el idioma, simplemente hay que estar casado.
Algunas cosas simplemente son universales, como la pedorriza que le puso a ese cabrón su mujer.
Quizá deba sentarme un poco más lejos de la fila de puto Qatar Airlines.
Y al ritmo de Willy Nelson y lo que sigue, veo desfilar pilotos en edad madura con ese aire de pendejo Playboy que tanto y tan bien manejan (¡los muy estúpidos!), señores muy americanos de edad avanzada con gorra de baseball y piernas increíblemente mameyes (quizá retirados del ejército), mujeres en grupo con evidentes demasiadas bolsas de mano, familias de tres personas con lo que parecen ser dieciséis putas maletas, unos mocosos con patinetas y unos pinchis güeros como de dos metros súper atléticos de esos que hacen ver sus camisetas Fruit of the Loom como ropa de diseñador italiano nomas porque son ellos, y no tú, los que las traen puestas.
Allá al fondo hay abrazos y cariño. Hay afecto del más puro en las despedidas que miro, parientes cercanos o lejanos, gente moviendo las manos y abrazándose, despidiéndose tristes pero quizá contentos porque hay parientes que nomas le caen y nomas no se largan, puta madre, aunque siempre son y serán bienvenidos…aunque ¡qué bueno que ya se largan!
También veo trabajadores del aeropuerto con esa expresión tan triste que solamente tienen los expatriados forzados en busca del Gran Sueño Americano, que han olvidado ya por cuantos años venían y que no saben ya si algún día regresarán…
Hay hombres de todos los rincones, muchos latinoamericanos, muchos africanos, asiáticos, de todos. Aquí no hay nacionalidades. Aquí la necesidad y el trabajo, la distancia de casa y el sacrificio convergen todos en un licuado en cualquier otro lugar imposible, homogeneizado por uniformes de colores variados y extraños.
Allá atrás hay una bola de cabrones que evidentemente son mexicanos y vienen o venían de peda. Si esos pendejos trajeran camisetas que dijeran “¡VIVA MÉXICO CABRONES!” o quizá algo como “¡YA DEVUÉLVANOS TEXAS PUTOS!” no estaría mucho más claro de donde son ni a donde van. Así son.
Así somos.
Pasé por el mostrador de Lufthansa y me queda claro que esos cabrones no entrevistan, más bien hacen un casting. Unas alemanas hippies mugrosonas (lo que extrañamente para las alemanas es una pendeja cualidad en cuanto a imagen personal se refiere) con toda la facha de haber dormido en el aeropuerto esperan pacientemente hundidas en las sillas de la sala de espera.
Más allá hay varios mostradores de American Airlines y su personal es absolutamente todo lo que uno espera. Son un muestrario de diversidad racial absoluta. Esta ciudad abraza su diversidad de una manera sorprendente. Uno se imagina que estos cabrones son más bien mormones, pero resulta que son amigables de a madres y su ciudad es más bien vibrante. Tiene unos museos impresionantes, restaurantes interesantísimos, parques por doquier. Y gente. Amigable. Chingona. De toda. Como debe ser. Así como le digo a mis hijos que es el mundo. Así como este puto aeropuerto.
Acá viene un hombre de tez muy obscura y un acento marcadísimo en inglés. “Why is she saying is cancer?” acaba de decir. Me quedo helado. Pinche vida así es mi cabrón. Ánimo y ojalá no sea puto cáncer ni nada que se le parezca, sino una pendejada y que cuando llegues todo haya sido un mal momento, un diagnóstico errado, un error humano, ganas de llamar la atención, algo inconsecuente, una puta hipocondría de aquellas porque necesita que le digas que la quieres, porque quiere y merece tu atención.
Dolly Parton suena y nadie parece escucharla excepto yo. Pinchi vieja es más Texana que Camelia, aunque pinchi Camelia seguramente era de puto Tijuana o de Durango, no se puede confiar en las canciones y en el folklor norteño menos. ¿Si es de Texas Dolly Parton? No pienso buscarlo en Google, me decepcionaría mucho saber que no. Seguramente no.
Allá vienen unas señoras mayores con vestidos largos y sandalias, de todos los colores. Traen todo el arcoíris puesto en tres piezas. Ellas lo lucen con orgullo y distinción, tanto que que ya lo quisieran muchas otras personas jóvenes y en el papel más bellas.
La clase simplemente se trae y no hace más que acentuar la belleza.
Y para muestra, la azafata de Qatar Airlines que acaba de pasar trae su uniforme color púrpura con una categoría de modelo del oriente, la madrola esa con la que se envuelven el cabello en una caída perfecta enmarcando sus felinas facciones, ojos ligeramente acentuados por delineador obscuro sobre una tez morena-aceituna verdaderamente imposible. Me genera fascinación, pero no palpitaciones, quiero aclarar, porque no sería verdad pero también, aquí entre nos, porque no quiero que me pongan una pedorriza como al señor ese de algún lugar del medio oriente. ¡Hal-Al!
Por allá vienen unos cabrones asiáticos platicando o mentándose la madre, es dificilísimo saber, han de ser de puto Culiacánbodia.
Hago la fila de migración y nos reunimos los más improbables en la fila.
- Adelante hay unos gabachos mamonsísimos con todo el catálogo de Tommy Hilfiger encima.
- Atrás de mi está un señor con bigote de cepillo y su esposa, mexicanos ambos y su hijo americano-mexicano, en ese orden, porque así es y está bien.
- Más atrás hay un paisano con un puto puerco espín en la cabeza.
- Delante de mi hay dos pinchis cholos de apariencia neoyorkina, crecidos y engreídos con inmaculados Air-Jordan, gorras Adidas en colores pardos con las etiquetas puestas y las viseras planas, un arete cada uno con lo que parece ser una zirconia que quiere pasar por brillante y una actitud de lo más pendeja, diciendo estupideces de la gente que ven y chocando la mano para celebrar lo simpáticos e inigualables que son. Son, curiosamente, lo único que me salta fuera de lugar.
- En la fila premier hay trajeados y más de algún cabrón demasiado relajado, como el señor ese que evidentemente trae pijama y unas Birkenstock con putos calcetines. Entiendo y sin embargo son mamadas.
- También hay un cabrón que parece ser el hermano perdido sueco de Patrick Swayze: Jörg Swayze. Nos mira a todos muy tranquilo, como si no estuviéramos ahí, con esa gelidez cero ofensiva, de maniquí, que tan bien definida tienen esos cabrones. Pinchi Jörg. Ojalá viviera tu carnal y pudiéramos ver la muy innecesaria segunda parte de Dirty Dancing, por pura nostalgia.
Para pasar por el detector de metales el oficial con facciones distintivamente asiáticas voltea y en mi dirección dice “José: come over here” y yo me encabrono al instante y me dan ganas de soltarle un “¡Ahí voy pinche Chen!” que nunca hubiera tenido el valor de pronunciar cuando me doy cuenta que en VERDAD le estaba hablando a José, quien también es oficial ahí a la pasada (y que por cierto si hubiera tenido que apostar, hubiera apostado porque a huevo se llamaba José. O Juan. O Héctor).
Cuando uno se encabrona por el pendejo prejuicio racial del de enfrente, la mayoría de las veces el que tiene el pendejo prejuicio racial es uno.
Los cholos de corte neoyorkino me sorprenden con una caballerosidad inesperada, dejando pasar a una señora primero al detector de metales. Y aunque no dije, me callan el hocico de manera magistral.
Mientras me pongo mis tenis y recojo todas mis cosas, veo que allá van unas gringas muy bien vestidas mascando chicle como Britney y si tenían belleza alguna simplemente la dejé de ver, porque pocas cosas reducen tanto la puta categoría como masticar chicle como ganado. Reviso que los cholos neoyorkinos no me hayan bajado el reloj ni la pluma ni la cartera y me largo.
Me siento en el PUB de la terminal del aeropuerto y con una GUINNESS IPA en la mesa termino estas líneas. Me atiende el cabrón de siempre, que no me recuerda, pero yo sí a él. Suena la canción de Keane:
“Oh, crystal ball, crystal ball, save us all, tell me life is beautiful…”
La gente de todas partes habla fuerte entre ella y ríe y comenta y discute y luce contenta. Luce a todísima madre. Y parece feliz.
Así como yo.
Porque ya voy a casa.
Héctor Daniel
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