Un sábado con Mateo
Un sábado con Mateo
El sábado pasado Adrianita tuvo un desayuno social y ante semejante evento el pequeño Mateo y su padre se quedaron en casa a disfrutar de la belleza de la cotidianeidad en fin de semana. Lo primero que pensé fue que me podía quedar en calzones con mi hijito y leer el periódico, ver televisión, disfrutar un desayuno tardío y divertirnos un rato. No me equivoqué.
El pequeño se levantó a muy buena hora a exigir su desayuno. Una vez ingerida su botella de leche matutina se dedicó un rato a sus juguetes de "Cars" y a unos trastitos de colores Fisher Price que supongo son muy didácticos. El niño gusta de azotarlos unos con otros, verlos volar por los aires, echarles baba encima y poner los más pequeños dentro de los más grandes para nuevamente hacerlos volar por los cielos...y volvemos a empezar. Todo esto sucede al ritmo de "Dora la Exploradora", "Go! Diego, Go!" y "Pequeño Bill"...todos ellos programas de "Nick Jr.", fabuloso canal de cable que encuentro tan abominable como a mi hijo adorable. Yo que alguna vez amé el bello horror visual de los videos que Floria Sigismondi le filmó a David Bowie y a Robert Plant...soy experto ahora en la barra infantil del Sky. (¡Sigh!)
Adrianita se fue tempranito con un paquete de instrucciones que no escuché (algo me dijo de la hora del desayuno del niño, la hora a la que volvía, ¿que le cambiara el pañal?...quien sabe) y en cuanto desapareció se me espantó la flojera y me levanté. Sintiendo el peso de la falta de la madre del niño en casa, experimenté ansiedad: ¿qué fue lo que dijo? ¿Y si esta vez sí era importante? Como a las 11 cargué al pequeño y me lo llevé a la cocina a desayunar. Mientras su padre se hacía huevos con jamón y café, Mateo tomaba galletitas de un bote con su manita. En un ejercicio de psicomotricidad extraordinario mete la manita al bote, cierra el puño, me voltea a ver a presumir su triunfo y levanta la mano para llevarselas a la boca. Mientras el zonzo hacía como que mastica con muelas que no tiene, su papá desayunó con calma. Todo iba muy bien: hasta que en menos de 10 minutos se acordó que a las 11 es hora de la segunda ronda y se aseguró de que me acordara. Le dí manzana molida a cucharaditas y el pequeño tragón no me permitió tardarme más de 1.25 segundos exactitos entre cucharadita y cucharadita. Cualquier retraso adicional ocasionaba un recordatorio materno en lenguaje prenatal. Cuando terminamos le tocaba su lechita. Mientras el jefe de la casa intentaba preparar "el bibi" Mateo me hizo saber que soy un pendejo para eso del servicio. Me reclamó estirandose en la silla, gritando en tonos imposibles, jalándose el pelo y una combinación de todas estas retorciendose como lombriz de agua. Mientras me leyó la cartilla yo intentaba preparar la botella - 8 onzas de agua, 8 cucharaditas de leche en polvo (que por cierto aqui hay un problemita de diseño: es imposible servir el polvo en esas cucharillas sin tirarlo por ahí), la mamila, la rosca, el filtro ese patentado por un tal Dr. Brown (que por cierto cuando lo digo me imagino al Dr. Phil) y a batirle. Cuando el pequeño patancillo se dio cuenta que estaba batiendo la leche el volumen subió a nivel sordera senil. Yo para mis adentros escuchaba lo siguiente:
- !Ahhhh, papáaaaa, eres un peeeennnndejoooo!
- ¡Dónde está mi mamáaaaa, ella sí sabe no como tú imbécil!
- ¡Comuniquenme con la Gerenteeeee, me quiero quejaaaar!
- ¡Que pésimo serviciooooo, no vuelvo a comer aquíiii!
En cuanto se lo di se calló, lagrimilla barata incluida.
El niño es un campeón del gateo (tengo curiosidad de ponerlo con otros bebés similares, estoy seguro que les gana unas carreritas...al menos yo apostaría por él) y al ponerlo en el piso de la sala se avalanzó por encima del tapete, entre los sillones y amenazó con levantarse en más de alguna ocasión (su mamá no supo, pero también se dió fuerte con la frente en el borde de la mesa ...sin embargo mi hijo es muy machín y se aguantó como los grandes después de pendejearme a mí por haberlo permitido). Cuando se empezaba a cansar del piso conecté mi I-Pod al estéreo y la dejé correr. Al niño le gusta muchísimo el ruido. Escuchamos de todo: Smashing Pumpkins, Air, Pearl Jam, U2 y Cafe Tacuba. Canté con él, uno haciendo el esfuerzo de entonar la canción y el otro aullando como hiena en la sabana...yo era el segundo por supuesto. Al comenzar "La Locomotora" de Café Tacuba lo cargué y juntos hicimos un " slam" y nos moríamos de las carcajadas, el niño en mis brazos y yo dejando la poquísima agilidad que me queda (creo que ya no brinco ni un kilo de tortillas) hasta que uno de nosotros se cansó y el otro se cagó...esta vez yo era el primero, disculpen la aclaración.
Con toditito el pesar del mundo subí a cambiarlo. Soborné al niño con el control de la televisión para que se quedara quieto y en cuanto desabroché el pañal sentí como si el mismísimo Julio César Chávez me hubiera conectado a la mandíbula. Si la cabeza no me dió vuelta hasta la espalda es porque físicamente es imposible. ¡QUE HORROR! ¡Y pensar que Adrianita se la pasa limpiando una de estas una vez al día cuando menos! Mientras intentaba limpiarlo, traté de recordar todas las medidas que Marcelo Ebrard emitió a la ciudadanía sobre qué hacer en caso de una contingencia sanitaria sin éxito alguno. El mocoso se moría de risa, como si estuviera conciente del chistecito...
Cuando terminé de cambiarlo lo puse en su corral con sus monitos. Se divirtió y me volteaba a ver para validar que no me había esfumado para seguir con sus asuntos de bebé. Mientras su padre cayó postrado en la cama a ver televisión. En media hora lo llevé a su cuna, le puse sus rolas de Baby Rock! para dormir y se convirtió en un angelito. Me hipnotizó viendolo dormir. Me quedé 15 minutos mirándolo en silencio orgulloso de lo que he hecho. De lo que hemos hecho. Es bueno ser padre.
Su madre llegó al rato, muy contenta de su desayuno de señoras, y yo muy contento de tenerla de vuelta en casa. Me preguntó: "¿Como te fue?" a lo que respondí con toda mi seguridad y presencia: "¡BIEN!"
Héctor Daniel
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