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El blog de Hector Grave

En el súper...

6 Marzo 2014, 15:43pm

Publicado por Hector Grave

En el súper…

 

Cómo me gustan mis hijos. Los veo guapos, brillantes, simpatiquísimos y todo lo que deben de ser los niños de la realeza según las revistas esas que no veo nunca, aunque sé perfectamente que eso no necesariamente es verdad y las miradas incómodas de la gente cuando los traigo en la tienda haciendo un desmadre me lo confirman. Más de alguna vez me dio vergüenza. Ahora mejor me les uno, para que el mundo sepa lo siguiente:

1.      Sí, son cabroncitos…

2.      Sí, son hijos míos…

3.      Saque usted sus propias conclusiones…

Y me inflo de ese orgullo medio estúpido y medio que nos da exclusivamente a los papás.

Ahora corremos juntos por el súper. Busco pasillos solitarios y tomo vuelito con el carrito y me subo. Se mueren de risa. Los dejo agarrar de todo, aunque al final se llevan únicamente lo que yo digo…. Se reparten el botín de Danoninos, Yakults, gelatinas y cacahuates. Les compro pan dulce, galletas y la fruta que les gusta. Ellos a cambio corren a traerme cerveza y a comprarle cocas light a su mamá. Ah, y ajos. Por alguna razón Mateo cree desde que es un bebé pequeño que a mamá le fascinan los ajos, así que siempre corre, agarra unos y se los lleva muy contento. Al llegar a la caja los abandonamos cuando no está mirando y nadie ha tenido ni tendrá el corazón de decirle que no es así. (Hijo mío, si estás leyendo estas líneas: ¡PERDONAME! ¡Te engañamos porque te amamos!)  :D

A diferencia del grueso de los hombres, a mí en verdad me gusta ir al súper. Tiene su encanto escoger lo que te vas a comer. Por ejemplo cuando voy a escoger naranjas, me acuerdo de Don Corleone y me digo que los grandes hombres también escogen su fruta. Me encanta además dármelas de hombre de mundo escogiendo frutas que la Reina Madre de la Frutería nunca ha visto ni probado, como el pérsimo o los tomates esos hidropónicos amarillos que se ven malísimos, ácidos e insípidos. Claro que al llegar a la casa no sé ni cómo partirlos y menos comerlos, pero la Reina Madre de la Frutería me deja salirme con la mía y a cambio se lleva una de esas victorias que solo saborean las esposas, donde confirman que uno es medio pendejón para algo y les causa gracia infinita de esa que les da con ternurita reservada para el marido…como cuando dije que YO le haría una casita al perro…o como cuando dije que YO podía poner la lámpara de la cocina…o como cuando me vio entrar con una llave Perica al baño solo para verme salir a los 15 segundos con miedos….pero les juro que no sucede tan frecuentemente.

Pasando la zona de las frutas y verduras, entramos al limbo ese donde están las frutas y verduras secas como los chiles, los tamarindos, las semillas y todas esas chuladas que de niño en casa de mi abuela me causaron tanta ansiedad por encontrármelas inesperadamente dentro de cajas de galletas o latas de Milo. No es broma, tener como 6 años y abrir una caja de deliciosas Canelitas para encontrarte unos pinches chiles momificados dentro es desconcertante al borde del susto y además: te rompe el corazón. Terminé por crecer aprendiendo un par de cosas de esas súper útiles y prácticas que apenas con experiencia de la vida se aprenden:

1)      Si vez una caja de algo delicioso en la alacena: desconfía.

2)      Si la tomas en tus manos y quieres descubrir su contenido: ALEJA LA PUTA CARA.

Parte del terrible efecto de encontrarte unos pinches tamarindos de los 70’s en donde alguna vez felizmente hubo galletas es que al abrir la caja se liberan todos esos humores horrorosos que uno como pequeño gordito en potencia ansioso de comer se fuma completitos y hasta el borde de las lágrimas al abrir la mentada caja. Y con tamarindos me fui al más ligero de los casos, peor de jodido cuando son ciruelas pasas, chiles de esos prietos o camarón seco, en ese orden.

Este último es un buen consejo. Así se murieron los cabrones esos que descubrieron la tumba de Tutankamón.

Cuando salimos de esa sección, encontramos los huevos. El problemita es que el Prínicipe Juan Pedro quiere siempre él escoger y ponerlos en el carro por sus propios medios. A sus tres años eso siempre es el punto más delicado de toda la operación, porque está en esa bella edad donde no quiere que nadie le ayude. NADIE. “YOOOO SOOOOLO” y pobre de ti que te atrevas a insinuar que necesita una manita, no te la acabas. Yo lo dejo que él los tome y durante muy tensos y largos segundos trato de mandar toda mi ansiedad de vuelta a la vesícula (mientras tenga) y hasta la fecha, sorprendentemente, no se nos ha roto ni uno. Estoy seguro de que no tarda en suceder y he practicado decenas de veces en mi mente mi reacción cuando eso suceda con diferentes variables. Aquí dos escenarios mentales:

1)     En una de ellas salgo corriendo con todo y niños para alejarme del pasillo sin ser visto, solo para ser echado de cabeza por Mateo con la primera persona que se encuentra, que casualmente es personal del súper. Para salir del paso trato de resolver con un chiste que nadie entiende y menos festeja, excepto yo. Me alejo pensando que tendré que pasar el resto de mis vergonzosos días SIN pasar por ese pasillo y SIN comprar huevos.

En el extremo opuesto de ese escenario tengo este:

2)     En otra me detengo, consuelo a mi pequeño Juan con sabiduría y cariño y termino por darle un abrazo muy bonito, lo que es presenciado por señoras de la edad de mi mamá que entre ellas sonríen y comentan lo dulce y buen padre que soy, mientras yo pretendo que no las escucho. Una señora con trapeador limpia todo fácilmente y nos dedica una sonrisa bondadosa, mientras yo tomo una cartera de huevos nuevecita y la pongo delicadamente en nuestro carro. Mateo comienza a cantar un himno y nos vamos los tres juntos al siguiente pasillo.

Lo que creo que realmente sucederá es que intentaré consolar a Juan, fracasaré miserablemente, intentaré recoger los huevos yo solo convirtiendo un desmadre en un señor desmadre soberano y terminaré por denunciarme y confesar yo mismo ante las autoridades competentes que trapeador en mano me agradecerán el gesto y me mentarán la madre por lo bajo por haberles dado trabajo del más costoso: del que nadie vio venir y el que nadie quiere hacer. Mi Mateo en el ínter se las va a ingeniar para pisar accidentalmente el desmadrón ese y se lo llevará al carro en sus tenis. Muchos meses después la mancha permanecerá ahí y yo no me explicaré qué jijosdelamadre manchó mi tapicería para siempre...

El pan es un placer indiscutible, porque los príncipes se aceleran y quieren agarrarlo todo. Por lo general terminamos con unas galletas glaseadas en rosa, blanco y chocolate que no llegan a la caja. A veces quieren conchas y bollitos. Siempre me hago del rogar, pero siempre les compro. Saludan a la del pan como si fueran de casa y se van comiendo todo el resto del camino.

A la vuelta del jamón están los lácteos y todo eso que los niños comen: gelatinas de todos los colores, Danoninos y esos otros de LALA que no lo son pero que pretenden serlo, Yakults y yogurts con fresas y miel y lo que todavía no puedo creer que sea todo un éxito en mi casa: el yogurt griego. Sí, esa cosa cremosa extraña que es como la hermana inadaptada del jocoque que quiso ser dulce yogurt. Lo devoran. Es la sensación. No lo comprendo. De hecho la pura consistencia me inquieta y en otro tema relacionado pero que no tiene nada que ver, me parece casi ofensivo que las etiquetas traigan caracteres y figuras así como de Grecia. Es como si en alguna parte del mundo vendieran algo como muy mexicano y a huevo le pusieran un chac-mol. Pinchis prejuicios mercadológicos.  Me molestan.

Rumbo a la salida hago una parada en el vino. Sí, vino de mesa. En el súper. Está carísimo y por lo general la selección es limitada, pero para paladares cero educados pero activos es más que suficiente. Un día Juan me dejó ahí solo y se fue a pedir jamón. Mientras lo pedía, le decía a todas las señoras algo así como “¡Papá está en el vino! ¡Papá está en el vino!” y yo creo que las señoras se imaginaban al niño trabajando vestido de bolerito mientras su padre el alcohólico aragán se compraba una garrafita de alcohol del 96 o una botellita de loción corriente, pa’ que rinda. Salí corriendo del vino con dos botellas y fui por Juan. Las rucas se meaban de risa.

Para cuando nos vamos de la tienda, si nada más vamos los niños y yo, habrá faltado aproximadamente un tercio de lo que la Reina Madre Patrona de la Alacena habría solicitado, e inexplicablemente habremos gastado cerca de $500 pesos más de lo normal….son de esos misterios para los que estoy seguro nunca tendré explicación. Está en mi lista de misterios sin resolver junto con otros como “¿Qué carajos pasaba con los carritos que se me perdían de niño debajo del trinchador de la sala de casa de mi mamá que nunca más aparecían? o bien: ¿Quién y cómo entrenó a mi mamá a tender camas para que le queden mejor que en el ejército? Me imagino al Maestro de Kill Bill….

Espero en mi lecho de muerte poder meditar sobre todos estos asuntos.

Mientras tanto, hijos míos: nunca dejen de querer ir al súper conmigo. Los quiero.

 

Héctor Daniel

 

 

 

 

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