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El blog de Hector Grave

La guerra de las servilletas

28 Marzo 2012, 17:58pm

Publicado por Hector Grave

La guerra de las servilletas

 

Estoy en mi oficina y para un proceso de estos medianamente burocráticos me piden el número de placas de mi auto. Indignado volteo alrededor y busco apoyo y me topo con que al preguntarles “¿A poco tú te sabes tu número de placas?” me contestan cosas como “¡Pos claro! Ni que fuera tu número de póliza del seguro para que no te lo supieras…” o cosas incluso más horripilantes.

Al final de mi brevísima encuesta todos los varones a mi alrededor y dos chicas contestaron positivamente. Otras dos chicas en cambio quedaron del lado correcto: el mío. Me cayó un 20 de esos que siempre he sabido estaban por caer pero nunca he interiorizado para de ahí arrancar un proceso de aceptación: quizá yo no soy el “normal” y la gente a mi lado más bien lo sea, por extraño que me parezca. Y no porque los que están a mi lado sean los extraños, ojo. Más bien porque esto es como aceptar que estoy mal, cosa que no estoy exactamente aceptando aún claro está, pero que estoy dispuesto a revisar con calma por improbable que sea. Me queda la duda de si algunas cosas las hago por convicción o por estilo o simple y sencillamente por joder. Creo que más bien es un licuado de todas estas razones y algunas más, como esos licuados del mercado que traen de todo y que saben buenos y malos al mismo tiempo para algunos…pero que a mí siempre me saben buenísimos.

¿Seré yo el normal o el extraño? ¿Me obsesionaré con cosas sin importancia que son importantes porque de fondo deben de serlo y no por lo que son? ¿O sucumbiré a las fuerzas del “don’t worry be happy” de la Reina Madre quien me tortura sin piedad dándome la contra supuestamente con inocencia?

 

Les comparto una brevísima historia, de estas de la vida real como dice Silvia Pinal: 

 

 En todos los hogares hay un artefacto sencillísimo y simple llamado “servilletero” cuya existencia se justifica al contener de forma ordenada un pequeño inventario de servilletas de papel individuales para que la gente al ingerir sus alimentos a la mesa pueda surtirse libremente (o muy a huevo como en el caso de mis niños por ejemplo) de los desechables e individuales mantelitos higiénicos. Pues bien: han de saber que en mi casa sucede un fenómeno extraño y de todos los objetos de uso doméstico el servilletero es el que menos justifica su presencia al – nunca – tener servilletas. Nunca. Nunca jamás. Nuncamente. Never ever. Mutiplicado por cero.

Si mi servilletero fuera persona y su función fuera un oficio: pues sería un servilletero MUY huevón.

Primero pensé que a lo mejor eran los duendes esos cabrones del cuento de los zapatos, pero luego me acordé que esos más bien ponían zapatos en vez de quitarlos, por lo que si hubiesen sido ellos pos habría servilletas ¿no? Raro. Un verdadero caso sin duda.

Después de notarlo y por años hacer la vista gorda y por años agachar la cabeza en sumisión y aceptar que mi servilletero fuese el artefacto decorativo más feo y corriente de toda la cocina; y después de surtir servilletas incansablemente desde la fuente debajo de la barra de la cocina donde guardamos el paquete que siempre se compra de a 500 (¿para siempre tenerlas a la mano?) un día decidí correr un experimento en vivo para ver si al yo renunciar al trabajo alguien a mi alrededor lo notaba.

Los resultados fueron pasmosos: no solo nadie lo notó por días enteros, sino que: ¡NADIE necesitó nunca una pendeja servilleta! Tal parece ser que solo yo las uso, lo que me asombró profundamente y luego no tanto:

Mateo creo que genuinamente no las conocía (lo que pensándolo bien no me sorprende porque no las ve). Juan Pedro come con las manos y al no saber aún decir cosas sencillas y primordiales para él como “leche”, menos conoce de higiene y modales en la mesa. A la Señora Bertha nunca la veo comer aunque sé que come porque la comida desaparece y a la Reina Madre la vi varias veces ensuciarse y misteriosamente aparecer limpia segundos después con alguna clase de truco que evidentemente años y años sin servilletas en la mesa ha ido mejorándose hasta la maestría absoluta.

 

Lo intenté todo:

  • Pedirle a la Reina Madre con tonos amables de “mi chorreaaada” que por favor se pasara unas cuantas, de compas…
  • Solicitar con “ceja parada” que por favor muy amablemente fueran puestas en la mesa ya que no estábamos en la Edad Media y los hombres civilizados y de mundo como nosotros los “Lords” no podíamos comer sin ellas.
  • Ponerlas ruidosamente con desplantes igualmente ruidosos para hacerle notar hasta a las hormigas del jardín que algo no le parecía bien al Rey Servilletero de la Casa.
  • Utilizar el conocidísimo “estilo cavernario” que todo hombre mexicano y casado bien sabe manejar con sonoros gritos guturales y pocas palabras para transmitir una molestia más que un mensaje verbal: “RRROAAAAAR! UK ESTAR SUCIO! ROAAAR!!!! UK NO LIMPIARSE! RROAAAAAR!”

Y todo esto fracasó. Hasta que un buen día meditando mi estrategia en el baño (porque ahí es donde nosotros los estrategas, estadistas y librepensadores mejor funcionamos) tuve un momento de iluminación de esos que se dan poquísimas veces en la vida y supe cómo manejarlo:

 

Lo ventilaría en Facebook.

 

…y en mi muro postié algo como un reclamo a los dioses de la cocina por no haberme puesto en un mundo donde las servilletas fueran de uso corriente y naturaleza ordinaria y no los preciados objetos de una diaria cruzada ritual que a nadie importaba más que a mí. Obtuve múltiples respuestas incluyendo mi favorita de parte de mi cuate el Kikis que me decía una pendejada maestra del tipo de “…pos mejor en un mundo sin servilletas que en un mundo sin papel de baño…” Touché.

 

Pero no vi resultados, así que escalé el conflicto:

Con mi baboso Blackberry le tomé una foto de medianísima calidad como solo un Blackberry puede tomarla y la postié en mi perfil bajo el título de “Evidencia #1”.

Y ahí sí como que prendí una mecha de esas que luego como el coyote super pendejamente no sabes cómo apagar, porque esa tarde fui recibido en casa con ruidos y miradas de esas que dicen “MMMpppphhhh” y que no dicen ni madres y ¡OH SORPRESA!:

Sí ….servilletas en el servilletero. Servilletitas blancas y cuadradas, suaves y confiables, ultra absorbentes, útiles y bellas servilletas en el servilletero. Esa noche dormí contento pensando en mi brillantez y enorme capacidad para resolver acertijos cotidianos sin saber que los dioses del Facebook me pondrían en mi justo lugar. Bueno, los dioses esos y mi suegra. En uno de los momentos más brillantes de mi cuenta de Facebook mi suegra querida del alma (muy querida del alma, es verdad) me puso un madrazo público para que ya me pusiera quieto con esto con un maravilloso “Cuando uno quiere las cosas uno se levanta por ellas”. Y como en el Street Fighter: Supreme Victory.

Hice otros dos flojos intentos de retomar el tema, pero ya no tuve la fuerza ni el apoyo del voluble público que de buenas a primeras me abandonó, probablemente por temor a sufrir un golpe mediático como el que yo sufrí. Sacones.

 

Ahora que normal o no, no estoy tan seguro. Lo que sí les puedo decir es que descubrí que el truco de la Reina Madre para mágicamente limpiarse sin ser vista radica en unos jeans muy obscuros y toda mi energía, dedicación y entrega para concentrarme en estos problemas probablemente signifique que más allá de ser anormal, tengo un problema mayor de falta de orientación de mi evidentemente gran energía en cosas más productivas.

 

Sí, eso debe de ser. Así somos la gente brillante.

 

:D

 

Héctor Daniel

 

 

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