Lo soñé
Lo soñé
Yo nunca he sido muy místico en este tema de los sueños, pero respeto a quien sí lo es. Si bien es un tópico que se presta para la estafa y el fraude, también sé que hay gente que le entiende. Me consta que sí. No entraré en detalles. Lo que sí deseo compartir el día de hoy es el puñado de sueños que he tenido más representativos en mi vida hasta el día de hoy. ¿Por qué? Porque me interesa el tema. A lo mejor me sale por ahí algún lector psicoanalista o con complejo de estudioso de Freud y me explica que tal o cual cosa se debe a que nunca superé el haber sido despechado tan prematuramente…o alguna otra jalada psicológica. En fin, les abro a mi puñado de lectores la bóveda de mis sueños y pesadillas.
La pesadilla infantil
Este maldito sueño me acompañó desde los 6 hasta los 9 o 10 años de edad. En total lo debí de haber soñado unas 12 o 15 veces, de manera idéntica. El sueño era ni más ni menos que el fin del mundo. De manera aleatoria veía desfilar volcanes en erupción, ríos de lava, paisaje totalmente rojizo con una asociación infernal en mi infantil mentecilla, las pirámides de Egipto y la máscara de Tutankamon….no sé cuál es la asociación entre el fin del mundo, el infierno, las pirámides y Tutankamon, pero la combinación era la fiel definición de pesadilla espeluznante y lo fue durante todos esos años. Cuando lo soñaba (y era frecuente) me daba terror volverme a ir a dormir no solo esa noche, sino el resto de la semana. Ahora que lo pienso, el haber visto con mi hermano Abel durante un par de años los lunes por la noche la barra de Canal 5 que incluía “La dimensión desconocida” seguida de “V” pudo haber tenido algo que ver…lo que aún no explica el tema de Tutankamon, pero con eso me doy por servido.
Donde morí en paz
Durante mi adolescencia soñé varias veces que moría. Curiosamente eran sueños muy plácidos y tranquilos. Nunca volví a soñar la muerte de la misma forma, pero en todas sus formas fue hasta placentero. En uno de ellos recuerdo haber estado en un habitación tipo celda de hospital psiquiátrico, pero donde el mobiliario y el escenario era de tintes azules y grises, y no blancos. Ahí decidí morir. Abrí un frasco de pastillas, me las tomé todas y me acosté a dormir. Y descansé. En su segunda forma el sueño fue mucho más dramático, donde tomé un cuchillo de Rambo y me hice un corte en forma de cuadro directamente en la panza, arribita del ombligo. Y me senté en el piso junto a la cama a morirme, pero sin dolor. Y descansé. La tercera forma fue una mezcla de sueño de muerte con sueño juvenil de “¡puedo volar!” donde me lancé de lo alto de una cascada, con agua, pero también con un fondo de piedras brutal. Por desgracia desperté antes de terminar de caer. Y prometo nunca haberme sentido inquieto por estos sueños. Espero que cuando me llegue la hora, tomarlo con la misma gallardía…aunque lo dudo mucho.
El Vigilante
Probablemente muy sugestionado con alguna película de Super Héroes, en uno de mis sueños más divertidos e imbéciles a la fecha, un buen amigo y yo corríamos vestidos de negro y encapuchados buscando gente para golpear. En mi sueño el andar buscando gente qué madrear no estaba mal ni mucho menos, de hecho tengo la ligera impresión de que en realidad todos eran criminales, solo que no me consta. Después de pegar un par de saltos y de volar por los cielos le caímos encima a un sujeto calvo que andaba sólo por la calle y al que entre los dos “montoneamos” sin piedad, solo para dejarlo en el suelo y seguir con nuestra búsqueda. Desperté deseando poder volver a soñar justo donde me quedé sin éxito alguno…y ahí terminó mi carrera de Vigilante montonero.
¿El llamado?
Este sueño me trastornó durante una noche completita. En él iba yo corriendo por un lugar muy lleno de luz, jalando a una mujer de la mano a la que nunca le vi la cara, con la certeza de que teníamos que llegar a tiempo al lugar de donde Dios, en persona, se iba a ir sin nosotros. Combinemos la angustia de alcanzar un vuelo internacional con la certeza de que no vas a llegar con el pequeñísimo detalle de que es ni más ni menos que DIOS el que pilotea. Angustia. Por un momento en el sueño tuve la esperanza de llegar a tiempo: cuando llegué a una escalera que bajaba por la que pasé volando con la mujer misteriosa todavía colgando de mi mano. Toda mi esperanza se esfumó al llegar ni más ni menos que a un estanque con agua a una altura estúpida (la altura estúpida del agua existe cuando te llega más o menos entre la zona superior de la pantorrilla y ligeramente arriba de la rodilla…de tal manera que si no eres David Hasselhoff te ves de lo más pendejo tratando de correr en ella). En ese momento la mujer misteriosa desapareció. Me sentí aliviado de no ser responsable de que ella llegara a tiempo con Dios, pero en ese momento supe que Dios se había ido sin mí. Y desperté. Este es ni más ni menos que el sueño más pesado, congestionado y confuso que he tenido. Al día de hoy no entiendo de qué se trata, lo que sí me da qué pensar es que este mismo sueño no se me haya presentado en esa etapa de mi vida donde por una semana completita analicé de manera seria y muy introspectiva si lo mío era la Iglesia y si no había por ahí un llamado de Dios a su servicio. Durante una semana medité seriamente la posibilidad, hasta que un buen día me descubrí a mi mismo disfrutando vino de mesa y comiendo de lujo…por lo que terminé por concluir que si alguien era tan mundano como para sonreír de felicidad ante el vino y las conservas importadas, esa misma persona no podía, ni debía, ser soldado de Dios. ¿Que si hubiera soñado esto esa semana? Muy probablemente el blog no existiría y cualquier redacción de mi parte si fuese exitosa hubiese aparecido en “La Hoja Parroquial”.
Pero eso sí: ¡Qué buenos sermones hubiera recitado!
Héctor Daniel
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