El tercero en línea
El Tercero en Línea
Anoche tuvimos el pequeño Marcos y yo una noche de esas de padre e hijo. Al ser mi tercer niño siente uno que el tiempo con él se restringe severamente y es verdad. Como tantas otras cosas, con el tercero simplemente es distinto.
La pulcritud exacerbada
Cuando nació el Príncipe Mateo, la Reina Madre de la Pulcritud compró Lysol (el pendejo ese desinfectante para el hogar que venden en el Súper) equivalente en cantidad a cuatro tanques estacionarios y gel antibacterial equivalente a 38 Cocas familiares de las de 2 y medio para, según ella, mantener la casa libre de bichos y enfermedades. Los primeros veinte minutos me parecieron graciosos hasta que me di cuenta de que en algún momento al que se veía como bicho lleno de enfermedades y parásitos ¡era a mí! Y constantemente me querían bañar en gel y rociar de esa chingadera que yo creo ha de ser desodorante Axe que no pasó las pruebas de calidad de la fragancia o algo parecido ya que si fuera tan cabrón, tan útil y necesario como dicen, la industria de la salud lo usaría y te lo cargaría a la cuenta del hospital al 400% antes de salir. En fin. El caso es que alguna vez llegué de la oficina a la hora de la comer y cuando me apresuraba a hacer mi conocido sketch aquél como de Pedro Picapiedra donde llega gritando anunciando que ya llegó (¡Vilmaaaaaaaa!) salió la Reina madre con una lata en cada mano y me empezó a rociar con esa madre desde los pies y fue subiendo metódicamente con la intención, franca y descarada, de llegar a la cabeza. En cuanto superé el shock incrédulo y traumático de lo que sucedía le arrebaté las latas y le puse una regañada de marido marca “Milú se chingó un par de zapatos” que de haber sido grabada sería un ejemplo maravilloso de dinámica de maridos en más de algún curso de parejas. Cuando resolví el tema con mi autoridad de Macho Alfa del Hogar, me fui a sentarme a la mesa pensando en las películas esas donde meten a un pobre cabrón a la cárcel y lo primero que hacen es encuerarlo, darle un mangerazo marca diablo y echarle un costalazo de polvo blanco encima por aquello de los piojos. Me vi en una de esas escenas que cuando eran Bruce Willis o Mel Gibson eran pretexto para enseñar las nalgas y lo que ví cuando me ví, no me gustó.
Cito todo esto porque con el tercero nomás no ocurrió así. Por supuesto, lo bañamos y lo tenemos cambiadito y fresco, pero si no ha lamido el suelo es porque no lo hemos puesto ahí y supongo que Milú en más de alguna ocasión ha inspeccionado a todo el bebé con su fría nariz de arriba abajo y de regreso sin que reparemos en ello. Además sus hermanos lo aman con locura y lo tocan y besan todo el tiempo y están convertidos en una bolsa graciosa llena de bacterias, tierra del arenero de la escuela, “pegostencia misteriosa”, plastilina y lo que sea que hayan tocado en las horas inmediatamente previas. Los puedes mandar 18 veces a lavarse las manos pero eso es tan efectivo como meter unos calcetines de futbolista a la lavadora así como así sin haberlos puesto en remojo la noche anterior.
Y Marcos parece no darse cuenta. No se ha enfermado. La ropa le luce igual, llora y hace pucheros con ganas, platica y se ríe y es un bebé gordo y feliz. Sin Lysol. Ni gel antibacterial.
Al segundo no le duelen los putazos
En esta misma línea están las caídas y los accidentes simples en el hogar. Cuando Mateo era un bebé con rulos alguna vez se nos calló de la cama y fue una tragedia que ya la hubiera querido Homero como fuente de inspiración. Nos azotamos con culpa (¿por queeee? ¿por queeeee? ¡soy un mal padreeee!) y aunque no lo discutimos, nos pasó por la mente quizá a ambos hacerle una tomografía y llevarlo a algún hospital en Houston.
Con Juan Pedro estaba yo un día jugando al “Titán invencible de las luchas que avienta insignificantes pigmeos en la cama” cuando en una de esas el chiquillo muerto de risa rebotó en el colchón muy cerca de la otra orilla y ¡BOOOOOLAS! Calló de cabeza. No vi el putazo, pero lo vi caer con la maceta apuntando para abajo y desaparecer en el borde de la cama para luego escuchar un chingadazo como si hubiera dejado caer una mancuerna del gimnasio. ¡TUKUM!. Lloró y lloró, se le hizo un chichón legendario, lo abracé, lo chiquié y en cuanto lo hice reír lo solté y el muy cabroncito quería volver al juego JUSTO donde lo habíamos dejado. Cuando llegó su madre a la casa y preguntó QUÉ CARAJOS había pasado, hice lo que cualquier padre amoroso habría hecho: me hice pendejo.
Y no pasó nada.
Marcos no se nos ha caído, gracias a Dios. Pero cuando se caiga seguramente no le dolerá naaaaada. Y yo seguiré haciendo eso que hace cualquier padre amoroso.
Tiempo de calidad
El tiempo con los niños es un tema tan relativo. Es un verdadero placer jugar con ellos a los monitos, llevarlos al parque, ponerles películas y hacerlos sentir especiales con cosas tan sencillas como unas pinchis palomitas quemadas del microondas, unas galletitas y un refresco. El otro día les compré Pizza y vimos unos episodios de “Star Wars: The Clone Wars” mientras la comíamos. Fui la sensación. Además me tragué más de la mitad de la pizza. Valió la pena la empapada que me di corriendo bajo la lluvia para entrar al Peter Piper, los 25 minutos de espera y lidiar con la ineptitud del staff, entre otras cosas que nada más notas cuando te hiciste mayor.
Pero eso es con mis chicos grandes. ¿Qué pasó ayer con mi pequeño?
Anoche se fueron a dormir los príncipes grandes a punta de sombrerazos como siempre (porque apenas empezaba la Doctora Juguete, que me parecía dulce y divertida y ahora me tiene francamente hasta la madre) y la Reina Madre se disponía a salir con unas amigas cuando me cayó el veinte. Me quedaría solo de noche con Marcos. Me dio mucho gusto. Si bien ya me lo había quedado, nunca nos habíamos quedado él y yo solos y sería tiempo de calidad más que para él: para mí. Dios sabe cuanto lo he necesitado. Y se fue la Reina Madre. Y nos miramos con cara de: “¿Y ora qué cabrón?”
Fue una noche redonda. Lo cargué por todo el cuarto, me lo puse en la panza, nos reímos, nos platicamos cosas (ya platica, está de poca madre) y le conté 2 y 3 cosas que a nadie le he contado. Es un psicólogo magnífico, te escucha en silencio, te da la confianza de que no irá corriendo a decirle a nadie ni andará Tweeteando tus pendejadas (lo que es raro hoy en día) y encima de todo te hace sentir que te abraza con amor que brilla en sus ojos y te dice que todo va a estar bien, que todo vale la pena, que todo se va a resolver. Y le crees.
Después de brincar en mi panza unas 375 repeticiones, lo acosté y fui corriendo por un libro de “Winnie The Pooh” que tiene la selección de cuentos más leídos en la historia de mi hogar para ver si así lo podría dormir. Mientras me miraba desde la cuna, me paré a declamar frente a él y leí sin parar cómo el oso Winnie tuvo una aventura buscando miel hasta que fue atacado por abejas muy encabronadas, luego cómo el hiper depresivo burro Igor se sumió aún más en su depresión porque le robaban material del que está construida su casa solo para descubrir que eran unos castores gandallas; y para terminar con la historia de cómo Winnie y Piglet querían jugar con una pelota “grandísima, rojísima y muy rebotadora”. Cuando llegué al clímax de la parte lacrimógena donde Piglet deja una nota diciéndole a Winnie que ya no quería jugar con la pelota, Marcos de plano se puso a hacer pucheros, lo que interpreté como que estaba hasta la madre de escuchar problemas ajenos.
Le di un bibi y luego un jugoso chupón fresco. Lo acompañé con una cerveza y papitas con Salsa Huichol. Le saqué el gas (estoy hecho una máquina para eso, reto a cualquiera a que intente superarme) y lo acosté. Pero no quería acostarse. Menos dormir.
Lo levanté. Me senté en el sillón de mil batallas que alguna vez fue mi santuario de lectura y donde todos mis hijos han sido alimentados hasta que tuvieron dientes y con el niño en brazos hice lo que nunca había hecho. Le canté.
Intenté una canción que traía en mente que es en inglés, pero olvidé la letra en medio de un trance de pánico escénico y al tercer “tara ra tara ra” me sentí de plano muy pendejo y decidí cambiar de canción. Busqué alguna de Miguel Bosé, pero la Autoradio Canta no me pareció nada melódica para dormir bebés y además no sé cómo termina así que me detuve. Y entonces, entonces me vino:
Como te extraño mi amor ¿por qué será? Me falta todo en la vida si no estás. Cómo te extraño mi amor que voy puedo hacer. Te extraño tanto que voy a enloquecer….
Y salió completita.
Y me sentí muy Leo Dan. Y el cabroncito en mis brazos lo disfrutó como nunca había disfrutado una canción. Y quise llorar. De gusto. Del contacto con la bella realidad.
¿Por qué esta canción? Simplemente salió. No la escogí. Pero dadas las circunstancias, o era esta o era el himno nacional, porque no me supe ninguna otra. Y es una linda canción. Suena dulce.
Y fue misión cumplida:
Él se durmió. Yo descansé.
Después de un día para el olvido, un día gris, sin energía, los dos jugamos, reímos, leímos juntos, cantamos, nos abrazamos. Me llenó de babas y me mordió. Le hice “pffff” en la pancita como represalia.
El tercero en línea es tan maravilloso como el segundo y el primero. Y me dije que sin dudas yo era el cabrón más afortunado y suertudo sobre la tierra.
Héctor Daniel
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