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El blog de Hector Grave

Con una cerveza en mano

15 Septiembre 2014, 14:22pm

Publicado por Hector Grave

Con una cerveza en mano

La familia se me hizo grande y francamente ni cuenta me di. Siempre supe que quería hijos y siempre dije que quería que fueran chicos, aunque honestamente una niña me hubiera venido de maravilla también. El proceso de criarla me hubiera dado un contraste. Algo sí se: yo le hubiera dicho princesa y princesa hubiera sido. Pero de las que juegan fut, de las que no le temen acercarse a los niños, de las que juegan con lodo y al té de tierrita, que le entran al tú por tú con sus hermanos, de las que se pondrían flores del parque en la cabeza y luego tomarían una espada y jugarían a ser Ahsoka Tano o Padme Amidala. Usaría vestidos de algodón de los que venden tejidos en Chapala y overoles de Punky Brewster. Una niña de la manera que yo las entiendo.

Claro, en medio tendríamos a la Reina Madre Tutora en Formación de una Sucesora y entonces nada sería tan sencillo. Y ella querría comprarle vestidos con encaje y moños y flores enormes de esos que se ponen con bandas elásticas en la maceta (literal), colores rosas y blancos, más Cenicienta y menos Mulán, con zapatillas incluidas y coronas de juguete que portar en la cabeza con el cuello erguido, como hacen las soberanas tanto de los reinos de fantasía como de los micro reinos del hogar, donde el padre es al mismo tiempo Rey y Lacayo de la princesa sucesora y abierta pero secretamente esclavo de la tirana…er…perdón, de la Tutora.

Y justo en medio de estas dos visiones, ahí estaría mi niña.

Alguna vez soñé que tuve una hija muy linda, pero eso ya nunca fue. Dios sabrá por qué. Y la vida se encarga de ponerlo todo en su justo lugar y darle a uno, o no, lo que es, lo que debe de ser, lo que corresponde y no.

Así terminé con tres varones de apellido Grave Reyes. Qué orgullo le dan a uno los hijos.

Los niños son prácticos

Tiene infinitas ventajas tener puros chicos, algunas mucho muy mundanas, pero no por eso menos relevantes. Por ejemplo, en caso de una emergencia, pero una verdadera emergencia: pueden hacer pipí en cualquier lado y convertirse al momento en regadera de macetas. Tan es así que estoy dispuesto a asegurar que no existe varón en el planeta tierra que no se haya alivianado alguna vez a la sombra de una llanta, en un arbolito frondoso, en un lote baldío, en una miserable plantucha o de plano a la orilla de alguna carretera federal. Se puede además improvisar con botellas de coca vacías, latas grandes, bolsas de plástico y virtualmente el recipiente que sea, siempre y cuando se calcule bien la capacidad tanto del recipiente como de la vejiga en cuestión, porque poner a rebosar un bote hasta el puritito borde como si fuera capuchino genera ansiedad en niveles muy poco saludables para el adulto dirigiendo la operación. Si el adulto soy yo, entonces sale a relucir lo muy bueno para nada que se es bajo cierto tipo de presión, donde uno se limita a mirar el accidente venir mientras grita “¡NOOOoooooo!” hecho un perfecto imbécil.

Otras ventajas son menos obvias, pero igualmente útiles. Así por ejemplo, cuando crezcan y estén “en edad” (sea lo que sea que eso signifique) lo más probable es que estén molestando en casa de algún pobre cabrón que esté como yo pero al revés, es decir, con puras niñas. Y a él le tocará el inevitable desfile de pendejetes, galanes, pretendientes, tiradores y noviecillos de kermesse, recibir flores de mensajeros y arreglos con globos cursis y vergonzosos, serenatas improvisadas y absolutamente todo lo que trae el paquetito desde que se vuelve aceptable pasar al muchacho a la casa y sentarlo en la sala.

¡Qué horror estar al pendiente de lo que pase o no en la sala! O peor aún, estar con el pendiente de NO poder pasar por la pinche sala de TU casa porque ve tú a saber qué carajos te encuentres que preferirías nunca encontrarte. Me imagino que la única técnica posible sería ser extremadamente ruidoso al caminar antes de pasar por ahí dando pisotones desde la planta alta como el gigante ese de las películas de “Pulgarcito” (¡FI, FAI, FOU FU!) mientras buscas cualquier pretexto para anunciar tu inminente cruce por el pasillo: “¡EJEM! ¡VOY POR AGUA A LA COCINA! ¿ALGUIEN QUIERE ALGOOO? ¡AQUÍ VOOOY!” Y luego pasar por ahí en pantuflas pretendiendo que no ves y no eres visto y de regreso, en medio del silencio más incómodo. Supongo que es esto o de plano llegar sorpresivamente con una manguera de bomberos para bañar al cabrón ese con agua fría, para darle una lección.

Mientras mis hijos y los pobres padres de esas niñas estén en estas danzas yo estaré leyendo mientras bebo vino, o viendo películas y quedándome dormido porque simplemente ya no me interesa ver películas.

Todo esto lo sé, porque no hace tanto y al mismo tiempo hace una eternidad el pendejete en turno fui yo.

Esto me trae constantemente el cuestionamiento en torno a mis propios hijos. ¿Cómo hago para que sean buenos chicos y cuando les toque ser el pendejete en turno los padres de las chicas no se inquieten más de lo normal? No hay receta, claro. Tampoco me atormenta, pero dedico pensamiento e imaginación desde ya a estos temas, mientras me compadezco de mis amigos y compadres que sí tienen niñas. ¿Qué pensarán ellos? ¡Qué horror!

Mientras llega el momento de que hablemos esto frente a frente, les dejo algunas observaciones en torno a crecer, el amor juvenil, la felicidad y alguna otra cosa. Ojalá lo lean en algún momento y les sea útil.

El corazón habla por si mismo

Normalmente estos temas son más bien instintivos. Así sucede entonces que a todos gusta la chica más bonita del salón, porque naturalmente es la más bonita y sin embargo luego hay un “algo” que te conecta con alguien más, sin importar quien sea, sin importar ni siquiera si la generalidad piensa que es bonita o no. Es bonita, hijos míos, desde el hecho de que te llama la atención y si te corresponde, será entonces no solo bonita, sino la más bella de todas. Ahí es el corazón el que habla y nada más. Cuando habla el corazón: escucha y no lo desatiendas.

Luego verás gente que “escoge” mal, porque no se dan cuenta de que nunca debieron de escoger. Cuando el corazón habla, la elección está hecha y lo único que hay que hacer es escucharlo y seguirlo a ver a dónde llega. Si tuviste que escoger, entonces no es el corazón el que habla, sino la vanidad, el orgullo, la superficialidad, o cualquier otra cosa que no necesariamente es amor. Ojo con esto.

Si sigues tu corazón sabrás entonces que has sido honesto. Y si eres honesto estarás entonces tranquilo con lo que suceda, sea lo que sea. Así, si se te rompe el corazón (y creeme que va a suceder) se habrá roto por un motivo legítimo y si por alguna razón eres tú quien lo tiene que romper, podrás mirarla a los ojos y decirle con sinceridad lo que es y fue. La sinceridad duele, pero lastima infinitamente menos que la mentira o el engaño. Y sea lo que sea, se nota. Siempre se nota.

Hazte responsable de tus actos

El proceso de crecer te vuelve en automático responsable de lo que haces o dejas de hacer. Con las chicas es lo mismo. Cualquier cosa que digas, hagas, aceptes, rechaces o busques, trae consigo una responsabilidad y una consecuencia. Cuando se tiene una pareja esto es más transparente que nunca. Sea tu novia juvenil o sea tu esposa de años, lo que uno hace tiene consecuencias en el otro y solamente los hombres, los hombres de verdad, saben aceptar, manejar e incluso anticipar el impacto de sus propios actos en quienes les rodean simple y sencillamente: porque les importa.

De esta manera, cuida lo que dices, siéntelo y dilo si lo sientes, no lastimes nunca conscientemente y sobre todo, sobre todo: cuida lo que pongas por escrito. “La carta” como tal ya no se usa, pero escribir un texto puede volver tus palabras duraderas, imborrables y simplemente para toda la vida. Así, si escribiste algo dulce, dulce será en todo momento. Si escribiste algo terrible, terrible será todas y cada una de las veces que vuelva existir al ser leído. Y se convierte luego en fuente de dulzura o de flagelo. Por eso, cuida el texto, cuida las imágenes, cuida las palabras, cuida los juegos. Dejan marcas para toda la vida, lindas o no.

Hay lugares, momentos y formas para todo

Cuando se es chico esto de repente se omite de manera imprudente y torpe. Se vale, porque cuando se es chico de repente todo parece valerse pero hay cosas, algunas al menos, que vale la pena guardarse para cuando el momento, el lugar y las condiciones sean. Es como dar un beso. Se vale buscarlo. Se vale robárselo incluso, si así tenía que ser, pero cuando fueron en el lugar y el momento correcto: son para toda la vida. No se pueden forzar. No se pueden obligar. No funcionan si no te los devuelven. Te das cuenta. Así el asiento de un carro de repente funciona increíblemente, pero un rincón en una fiesta simplemente no funciona y luego es perfectamente al revés.

Y no hay manual. Lo único que les puedo decir es esto: si están enamorados y es mutuo, lo que sea que tenga que ser cuando tenga que ser se irá dando. No hay absolutamente ninguna necesidad de forzar nada. Por eso cuando se dan las cosas es magia y cuando se provocan a la fuerza son más bien culpa.

El objetivo

El objetivo de un hombre en el mundo es encontrar su lugar y su camino. El problema viene cuando el camino no es claro o da la impresión de que el camino se ha escogido a si mismo. Hay mucha confusión en el trayecto. Cuando se es muy joven cree uno que el objetivo es ser importante, o ser grande, o ser brillante, o ser muy rico, o ser reconocido, o ser una estrella o ser amado por millones falsamente.

Conforme va uno creciendo va uno agarrando perspectiva y se da uno cuenta que el objetivo real es dar amor y sentirlo. Y ser felices. Amar y sentirse amado.

La mujer correcta podrá hacerles alcanzar el objetivo. Pero sepan que no es el único vehículo. Hijos míos del Siglo XXI, sepan que no necesariamente los imagino casados y sepan también que no es necesario casarse para ser grande, o adulto, o logrado. Nadie espera esto de ustedes. Cásense, si quieren, si están convencidos y formen una familia. Ojalá quieran. Pero no es su obligación.

Me dijo alguien que verdaderamente admiro que la única obligación que tienen es ser felices. Creo que esto es verdad. Amen y sean amados en el trayecto. Y sean felices. Ahí está el objetivo de la vida. Recuérdenselo siempre.

Cuando alguien se va

Mucha gente a lo largo de su vida será muy importante y tendrá que irse. Muchos morirán. Muchos se irán porque su camino es simplemente distinto y ya no coincide con el suyo. Así funciona el mundo y así es la gente, nadie está exento: hermanos, amigos, vecinos, padres, abuelos, tíos, novias, compañeros. Todos tienen su camino. Todos tenemos nuestro camino. Todos nos iremos cuando eso tenga que ser y no hay nada que podamos hacer, nadie, para evitarlo.

Si son importantes, no permitan que se vayan sin haberles dicho que los aman. No pierdan la oportunidad. Digan lo que sienten. Díganlo mucho. Abracen, toquen, sientan si pueden, porque no saben, nunca se sabe, si será posible o no hacerlo más adelante.

Y cuando se tengan que ir, que así sea. Y ojalá se sepan quedar tranquilos y entonces ese amor se convierta en compañía dulce de copas, de noches mirando estrellas, de conversaciones y carcajadas de cantina con un compadre, de recuerdos mientras cae agua muy caliente en una regadera.

Así funciona. Hay que aprender a aceptarlo.

Ojalá quieran

Cuando crezcan, espero tener la sabiduría de mi parte y la confianza de parte de ustedes para que estas cosas sean conversadas.

Sueño con ese momento.

Conversaremos con una cerveza en mano, porque con mi padre y mis hermanos, cuando hablamos, nunca faltaron. Cierro los ojos y los puedo ver. Sentados conmigo. Contándome lo que tienen. Pidiéndome algún consejo. Escuchándome para ver si es que el viejo en verdad alguna vez le entendió a la vida. Y sabré que conectamos cuando al conversar sean ustedes quienes me digan: ¡Salud Papá!

Y yo contestaré: ¡Salud hijos míos!

Y beberemos.

Héctor Daniel

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