La Hora Cero
Domingo y llega la hora cero. La hora esa en la que no está ni claro ni obscuro, demasiado temprano para prender la luz de la casa y demasiado tarde para que la luz natural ilumine la habitación. Es la hora también en la que a los chicos se les mete el espíritu chocarrero ese que habita todas las casas y se ponen un par de niveles por arriba del promedio en algo que denominaré “desmadrosidad”, renuentes a irse a bañar, aferrados a jugar y a ver la tele solo un poquito más, gritando, peleando, riendo y volviendo a pelear.
La experiencia me dice que si a esa hora no les corta uno el desmadre para comenzar a integrarlos a la rutina nocturna, el espíritu chocarrero se apodera por completo y entonces ocurren cosas como chingadazos en la cabeza de los que dejan chipote por varios días, pleito digno de telenovela infantil, llanto dramatizado que ya lo quisiera haber aprendido a hacer alguna vez Adela Noriega y frases favoritas de Juan Pedro como “pues me voy a ir de la casa” y “ya no eres mi hermano”. Si lo deja uno correr yo creo que hasta la voz les cambia y les empieza a dar vueltas la cabeza…
Y mientras estoy tirado mirando al techo tratando de juntar valor y fuerza para levantarme y conducir el ritual ese que es meterlos a bañar, darles de cenar y llevarlos a dormir, pienso: ¿a dónde se fue el fin de semana?
Un sábado como tantos
Amanece con la Reina Madre instalada desde quién sabe qué horas en el sillón reclinable donde el Pequeño Dictador Marcos Primero toma su última cena y su primer desayuno del día y conmigo en la cama plagada de chiquillos atravesados en ángulos imposibles, dejándome nada más una orillita, suficiente para no caerme y suficiente también para partirle la madre a mi espalda. Y suena el despertador, la alarma más escandalosa e insoportable que Banda Sinaloense con la tuba desafinada y sin pensarlo, me levanto.
Al levantarme hay un momento de paz magnífico en casa con el velo de obscuridad ese de la madrugada que todo lo cubre. Y me voy al baño.
En el baño ocurre un proceso maravilloso de mentalización, sensibilización y aterrizaje en el planeta tierra, donde la mente se pone en blanco y luego comienzan a llegar, uno tras otro, recuerdos, pendientes del día, cosas triviales como ¿dónde carajos estarán mis shorts? y saludos a todos mis fantasmas, a los que les digo buenos días, a los que les dedico su espacio y momento porque de no hacerlo me perseguirían el resto del día. Y luego visito el Facebook o el chat de la noche anterior, a ver de qué me perdí, a ver si sucedió algo interesante y nunca me perdí de ni madres y hace meses que no hay nada interesante y le digo buenos días al mundo, pongo una canción y entonces sí, me levanto del trono.
Sip. Del trono. ¿O a poco pensaron que todo este hermoso proceso sucedía en un tapete de Yoga?
A buscar los shorts y la camiseta, los calcetines y mis amados Sketchers, a buscar la caja de curitas para ponérmelas ahí donde el polyester roza los polos esos de la sensibilidad para evitar heridas incómodas, me lavo los dientes, me checo de volada en el espejo, me veo la cara hinchada todavía por la levantada, salgo, me despido de la Reina Madre del Sillón Reclinable quien me contesta con un “Mmmmh” totalmente ronco y perturbadoramente varonil. Tomo las llaves, el Ipod con el Playlist preparado minuciosamente una noche anterior y me encamino. Y pienso algo como “ah jijo de la shingada qué frío hace y yo en calzones”. Arranco el auto y me voy al parque.
En el parque me encuentro con mis amigos, nos tomamos la foto para el recuerdo sumiendo la panza, nos formamos en el montón, nos dan información que nadie escucha, gente con sus familias y chuchos, muchas caras conocidas, amigables todas, algunos muy ridículamente más concentrados que Rocky Balboa antes de enfrentar a Iván Drago, audífonos puestos, los Chemical Brothers abren pista en mi cabeza y en algún momento la muchedumbre arranca y arranco yo con ellos. Y me las doy de muy cabrón rebasando a unos chavos evidentemente unos diez añitos más jóvenes que yo y en menos de 500 metros me la cobran y pasan de largo y me hago a un ladito haciendo mi mejor esfuerzo por pretender que no me importa ser rebasado por un par de escuincles casi lampiños así como se rebasa a una Nissan de redilas cualquiera en cualquier pendeja carretera.
Y termino mi carrera, muy contento y voy por una medalla para alguno de los príncipes y voy a que me den mi dotación de platanito y manzanita con algún Gatorade. La pasé muy bien.
Llegué a casa anunciándome ruidosamente, a abrazar a Milú, quien tiene la hermosísima cualidad perruna de recibirme como si llevara meses sin verme y a saludar a los chicos, quienes bajaron a toda velocidad a exigirme su desayuno y en esas condiciones se me abalanzan como limpiaparabrisas en Periférico y Juan de La Barrera. Siéntense pues. Pan de ese con huevo, mielecita de abeja, lechita, omelette con queso crema para la Reina Madre del Pequeño Dictador Marcos Primero, café por el amor de Dios, mi periódico en la mesa y algo de química de sábado por la mañana que debe de ser, sin lugar a dudas, mi momento favorito de la semana.
La Reina Madre del Pequeño Dictador Marcos Primero hace caras de que algo apesta, y sí, soy yo, a lo que respondo con poses muy cargadas de testosterona, enderezando mi tronco y sacando el pecho y sintiéndome orgulloso expresando muy cavernariamente lo obvio: “HOMBRE OLER A HOMBRE…GRRRR” a lo que la pobre hace expresión de “ya valió madre” a lo que yo respondo sonriendo con expresión de “sí y te chingas”. Y finalmente me sonríe y se le dibuja una mueca contraída en su boca esa de raya que tiene y me gusta en verdad, pero no por eso me voy a bañar.
Terminando todos su desayuno me lanzo de volada a Santa Anita a recoger un paquete de una carrera de 10 K’s del día siguiente. Antes de irme pregunto a la Reina Madre del Pequeño Dictador Marcos Primero dónde se recoge eso y en una sola frase me avienta un desmadre de ideas peor que el del Ingeniero Cárdenas con aquello de la cerveza y el Sidral y me sale con algo parecido a “entras y luego luego a mano izquierda hay una caseta donde se pagan las cuotas y esa caseta está a la derecha” y estuve al borde de una pendeja apoplejía la segunda vez que se me explicó lo mismo en estos términos, con lo que concluí que la culpa era mía, pensando cómo la Esfinge del mito griego aquél era una estúpida amateur comparada con mi vieja.
Habiendo recogido el paquete me regresé a la casa a la cita sabatina con mis chicos a jugar. Y jugamos como siempre y como nunca. Luego me cayó el veinte de que hasta para un verdadero macho alfa cavernícola estaba muy cabrona la fragancia y entonces sí, me fui a bañar. Y fresco como fruta hidropónica carísima del Superama salí y los llevé a todos a comer. Y fuimos al Outback y comimos todos, vimos a los Reales de Kansas City patear a los Orioles de Baltimore, compramos helado y nos sentamos a comerlo a la sombra, como tantas familias hacen y como ninguna, porque esta no es cualquier familia, esta es la mía.
A visitar luego a su Tita, a brincar a su casa, a presumir los ojazos del Pequeño Dictador Marcos Primero, a sentarnos en el pasto con los chicos y con Milú, a comer pay de calabaza casero completamente mágico y a cerrar un sábado redondo, completo y de mil formas como cualquiera pero no. Un sábado perfecto.
¿Y el domingo?
Me levanté igual. Mismo ritual. Mismos suspiros y lluvia de ideas en la obscuridad. Una canción de U2 posteada en Facebook porque esa traía en la mente. Otros shorts, unos con forro largo para evitar rozaduras ahí dónde se vuelve indigno al ser adulto ponerse el Capent, curitas frescas no sin antes quitarme las otras en un ejercicio tortuoso de depilación de una zona que la verdad tiene pelos nomás para hacer bulto chingadísima madre y me fui, silencioso como gato negro que deambula hábilmente en casa y se escurre hacia la calle en total clandestinidad. Excepto por Milú. Milú ladra como si me quisiera largar para nunca volver y le avisa a toda la pinche colonia que ya me voy.
Carrera en Santa Anita, rodeado de señores hiper atléticos con ropa digna de un maratón icónico como el de Boston o NY, chicas equipadas como para salir en un video de ejercicios de Paula Abdul, señoras de más de cuarenta totalmente aferradas a lucir mejor que sus hijas y una pareja de amigos del Colegio, padres de un amiguito de mi Juan Pedro a quienes saludé con muchísimo gusto. Me dieron además un reporte de lo más positivo de mi joven vástago porque se lo habían llevado el viernes a comer, lo que me dio orgullito de ese que normalmente le da nomás a las mamás.
Mismo Playlist en mi I-pod, el doble de actitud competidora, intimidado por el atletismo de gimnasio carísimo de más de la mitad de la concurrencia, mismo conteo del 10 al 1 para arrancar, Mylo abriendo pista en mi cabeza y arrancamos. Y aquí la arrancada fue otra cosa porque todo mundo se largó así como así y cuando menos me di cuenta estaba yo ya sólo compartiendo la calle con una señora que hasta cinturón con bebidas hidratantes traía, un muchacho que parecía garrocha con lentes muy desmodados (o muy a la pinche moda, ya ni se), una señora con falda para jugar tenis y cabello de penacho maya y ahí en medio de eso, para no despegarme, el competidor 219, su seguro servidor, colado en el fraccionamiento, sintiéndose competitivamente atlético ayer y pendejamente muy fuera de lugar el día de hoy. Chínguele mijo que es carrera y ya empezó. A correr.
La señora del penacho maya venia volando y atrasito veníamos todos los demás. La del cinturón ese como para Yakults agarró su ritmo y yo decidí seguirle el paso pero con unos 15 metros de distancia, no fuera a ser que se fuera a inquietar o vayan ustedes a saber. Además eran de esas señoras que luego vienen enseñando de más y luego según ellas sin querer y digo, pues eso no era mi culpa verdad, por lo que guardé mi distancia prudente pero tampoco me alejé, para no perderme el espectáculo….digo, er…para no perderme del resto del pelotón. Sip. Eso quise decir.
Hasta que la señora del penacho maya se nos desfondó y por ahí la dejamos caminando justo en la zona de las lomitas donde la del cinturón de Yakults como que perdió momentum y entonces me acerqué y a la distancia y por la izquierda como debe de ser: la rebasé.
Pero una persona corriendo con un pinchi cinto de esos le entiende mejor a una competencia de lo que yo nunca entenderé. Dos veces arremetió en serio y dos veces sin ni siquiera acelerar la volví a dejar atrás, hasta que por ahí dando la vuelta en una casa color verde pistache horroroso (si…verde pistache…en Santa Anita…O M G…) la otra agarró viada y en menos de diez segunditos me dejó atrás y el resto del trayecto me la pasé viendo cómo me echaba vistazos por encima del hombro, como para asegurarse de que venía todavía con buena ventaja, hasta la recta final, donde descaradamente volteó a verme para confirmar que me había vencido y se largó a cruzar la meta.
Crucé la meta, fui fotografiado como seis veces por lo que hice mi mejor esfuerzo por estirar el cuello para esconder la papada y por dar pasos poderosos y bien dados y menos arrastrados y forzados y me enfilé derechito a donde estaba la señora esa con todas sus amigas. Me le planté enfrente y le dije muy galantemente: “Intenté alcanzarte todo el camino y nomás no pude. Te felicito y muchas gracias por subirme el nivel”. Se rio como villana de cuento, le brillaron los ojos con expresión de “te chingué” y me felicitó de vuelta con algo que no escuché. Pinche vieja. Le hice el día. Me fui por un Vitamin Water y luego de regreso a casa.
A comprar leche, pan Bimbo y huevitos. Para llegar a hacer el desayuno. Puse música en la cocina y preparamos huevitos y leche con chocolate. Y luego jugamos juntos. Esta vez fui un Playmóbil Caballero del Medievo armado con un hacha y una espada, capitán de barco pirata, terror de los mares y asaltante a cañonazos de una isla misteriosa de dónde salía un dinosaurio muy cabrón, mascota personal de Red Skull de Lego quien venía en un tanque y que traía de achichincle a un Storm Trooper salido de la tienda de fuera del “Star Tours” en Orlando. Mi Juan Pedro era a ratos el dinosaurio y a ratos su puerco espín de peluche favorito en modalidad monstruosa, embistiendo mi nave y la de mi Mateo, quien traía a “Bucky”, barco pirata de Jake el de los Piratas de Nunca Jamás, con todo y perico y con Han Solo y un vaquero de otro juego. Licuado maravilloso de monitos, mentes, imaginación y quien sabe qué más. Hasta que terminamos el juego con un dinosaurio muerto, un puerco espín exiliado y el súper villano estrellado en un intento por escapar en un biplano de la Segunda Guerra Mundial que no sé de dónde carajos salió.
Un baño fresco y rápido y otro de la Reina Madre y nos fuimos a comer unos camarones. Y salimos y fuimos a las tiendas en Galerías a comprar un obsequio pendiente y un par de vestidos y me colgué al Pequeño Dictador Marcos Primero en una canastita-mochila de esas “Baby-Bjorn” y con el bebé colgando en mi panza caminé por toda la plaza y señoras de la edad de mi madre me veían y les causaba gracia como un sujeto pelón con sombrero y sin rasurarse podía cargar con un bebé tan bello de manera tan dulce. Y mientras pretendí por toda la plaza que eso era normal, común y corriente, la Reina Madre hizo sus compras y los muchachos y yo lo pasamos bien. En los probadores del Liverpool los chicos usaron un pedestal de esos como para tomarte la medida para una bastilla y la usaron para declamar chistes y poemas malísimos, presentar personajes teatrales y abuchear comediantes (principalmente: yo) mientras los otros que esperaban su turno hacían de público y decían cosas como “¡Buuuu! ¡Qué pésimo show!” y otras cosas, como buen público exigente y conocedor.
Un regalo de cumpleaños y dos vestidos después nos fuimos al supermercado y le dimos durísimo a la compra de víveres donde para variar los chicos metieron de todo y todo se valió porque no teníamos en casa ya ni madres y era urgente. Y llegando a casa sucedió lo tan vaticinado y mi Juan Pedro tiró al piso una cartera de huevos de las grandes y se hizo un desmadre de leyenda. Sobrevivieron 10 pinchis huevos y Juan Pedro.
Superado el sobresalto, el regaño paterno injusto y el llanto, nos pusimos a ver la tele tirados en la cama y pasados tres episodios me regreso al principio y nuevamente es domingo por la tarde y es la hora cero.
Y comprendo entonces perfectamente a dónde se fue el fin de semana. Y amé cada minuto vivido, recordado y soñado de ambos días incluyendo incluso la presente hora cero, antítesis absoluta de mi sábado por la mañana y aun así, cargado de significado, contenido y de vida.
Así que me levanté superando la pesadez dominguera, me puse mi mejor traje de paciencia casera y me enfilé a la nocturna y diaria batalla que comienza con un “¡Orale! ¡A bañarse changos!” y que termina con un cuento infantil dulce interrumpido en mil y un ocasiones por su feliz audiencia.
Bendito y muy corto fin de semana.
Héctor Daniel
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