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El blog de Hector Grave

Circulando por López Mateos

11 Noviembre 2016, 13:25pm

Publicado por Hector Grave

Me levanté consciente, con el pendiente ese que dice que te debes levantar temprano porque no llegas y arranqué la mañana de volada. A medio baño llegó Mateo saludando y a lavarse los dientes y luego llegó Juan Pedro todavía pegadón por la desmañanada, porque mi pequeño Juan es de arranque más lento pero de vuelo más intenso ya encarrerado.

Salgo de la regadera y el cabroncito me pregunta:

- “Papi: ¿por qué estás enseñando las pompis?”

Y le contesto:

- “Porque unos duendecitos cabrones se meten a MI baño antes de que me vista”

Y se ríe y se le hacen los ojitos chiquitos, consciente de que el duendecito cabrón es él y el otro y el otro también, aunque ese no se ha despertado aún.

Ya vestido bajamos en chinga, “¡Apaguen las luces!” y corren y apagan las luces de sus cuartos y en la cocina me espera café, me espera un licuado de USANA o de avena, con leche de coco (porque ya no tolero la otra, ni deslactosada, y aunque lo estoy tomando con humor esto de crecer en esto de la comida está de la chingada) y alguna fruta también, para darle sabor, pero también seguramente porque ya estaba picada y nadie se la comió y no vaya a ser que se eche a perder…

Ahí tenemos un momentito de paz mientras pretendo que me tomo el café con calma. El Príncipe Mateo pendejea con una gelatina en bolsita, de esas que son como boli y nadie le dice nada mientras se la chinga. Al Juan le ponemos un pequeño cague porque van como 8 chamarras que pierde en la escuela y eso que nomás tenía 6, quien sabe cómo carajos le hace…

¡Vámonos! Y agarran sus mochilas y parecen Tortugas Ninja. Milú ladra y hace drama y nos subimos al carro y nos vamos. Son exactamente las 6:20 de la mañana.

Y en mi mente vamos a toda madre, porque vamos temprano y cualquiera que sea el tráfico: me la pela.

Excepto que no. Cuando llegamos a la salida del Reino de Bugambilias la fila era digna del día del regreso a clases. Era digna de la entrada a Guadalajara por Vallarta, el domingo luego del puente del 16 de septiembre, por la nochecita…excepto que nadie venía crudísimo, creo…

Por supuesto, tranquilo y templado como soy, lo tomé como lo que era: un inconveniente completamente menor e irrelevante y me expresé en voz alta:

- “¡¡¡P U T I S I M A M A D R E!!!”

El Príncipe Juan – paladín del pudor y las buenas costumbres – me increpó:

- “Papi, eso es una palabra mal dicha”

A lo que respondí con falsísimo arrepentimiento, con sinceridad simulada, peor que el Presidente disculpándose por la chingada “casa blanca” esa, pero no sería de buen padre no haberlo hecho.

En la obscuridad de la avenida, las luces de las infinitas calaveras de los infinitos autos lo iluminan todo y la sensación es nocturna de a madres y a pesar del desmadre vial juro que he aprendido a disfrutarlo. Los muchachos venían contentos, se acurrucaron como cachorros y se pusieron en “modo ahorrador de energía” y yo le subí al volumen a la música e hice eso que siempre hago: viajé con la música, la convertí en “soundtrack” de lo que sucedía y desde la burbuja de la cabina de la camionetita me dispuse a alimentarme del mundo a mi alrededor.

Como siempre, estuvo más que de la chingada. Pero algo sucede en las cabinas de los autos que la sensación es de falsa seguridad y confort.

Delante de mí el camión se paraba a recoger pasajeros y como siempre la gente en los autos detrás enloquecía, como si estar detrás de un camión que hace la parada fuera lo peor que pudiera sucederte por la mañana. Los pasajeros de esa parada en particular son fantásticos: los veo hacer una fila desde antes de que llegue el camión (tan jodido está el mundo a veces que una pinche fila es inesperada, fresca y extraordinaria). Me esperé detrás del camión mientras todos abordaban y detrás de mi vi auto tras auto, uno tras otro, casi provocar un chingado accidente al cambiarse de carril, porque no pueden “perder” unos segundos de sus valiosas vidas a esperar a que vuelva a arrancar.

Finalmente avanzamos.

En el carro de al lado venía un pendejo con “looks” y actitud de apellidarse “Lannister” en un Jeep más que envidiable. Se ha de llamar Lorenzo. O Chema. Chema Lannister. Lo dejé pasar y lo aborrecí deliciosamente a su paso porque me dio envidia “de la mala” porque no hay “de la buena”, eso es algo que dice la gente pendeja cuando le quiere chulear algo al de enfrente y no encuentra cómo expresarse de manera correcta. Putos Lannisters, siempre tan rubios y millonarios y mamones y me pregunté si tendría una hermana gemela, por pura curiosidad…

En el primer crucero un señor de bigotito me pidió el paso y le hice gesto con la cabeza de que le diera. Me agradeció bastante y avanzó, mientras alguien pitaba detrás porque seguramente la parecía aberrante que alguien pasara por delante o a lo mejor simplemente sintió el impulso ese furioso que a algunos obliga compulsivamente a pitar. También pasó una pinche vieja pretendiendo que NO me veía, con actitud “voy-de-frente-y-no-me-quito” y a la pasada le vi al cara y me quedó claro que no es su culpa, pobre, debe de tener al menos dos décadas de celibato forzoso y eso, amigos míos: es pena y motivo suficiente para tener cara y actitud de perro mucho muy bravo.

Pasó luego el clásico Jetta todo despedorrado y pimpeado al mismo tiempo con unos cinco Orcos a bordo. O Uruk Hais, porque se veían grandotes y mamados. Venían derrochando muy mala vibra y bebiendo de latas y no vi pero no dudo que hayan sido cervezas, esos weyes venían de la torre de Sarumán de la peda de la noche anterior y de regreso a Mordor. Pensé en Sam y en Frodo y en cómo esa es la única película que he visto que se termina 30 larguísimos minutos antes de verdad terminarse y eso que llegaron las pinchis águilas gigantes esas a recogerlos porque si no: quizá seguiríamos viéndola…

Llegamos al corazón del desmadre. Llevaban semanas diciendo pero no había sucedido, hasta esta mañana: abrieron, en canal, la avenida en sus carriles centrales, desde Las Fuentes hasta el paso a desnivel. Pinchi López Mateos, lleva más cirujías que la nariz de Michael Jackson y cada vez que le meten mano tenemos la esperanza de que finalmente quede bien cuando en realidad queda mejor pero no mejora, porque para que realmente mejorara tendríamos que ser la mitad de cabrones circulando de los que somos, sin contar los que seremos.

Ya me acostumbré, pero cada día me queda más claro que lo ideal, lo verdaderamente ideal: sería mudarnos de aquí para siempre.

Y lo pienso y me gusta lo que pienso, pero no sonrío. Porque aquí vivo. Porque aquí nacieron mis niños, porque aquí tengo mis mejores recuerdos y porque aunque lo niego las más de las veces: yo amo esta ciudad, a pesar de esta puta avenida, que es parte integral de mi vida.

Le doy para adelante, supero el crucero del Periférico y de venir a vuelta de rueda ahora avanzamos a unos pinchísimos veinte kilómetros por hora y yo siento que voy montado en un caballo raudo y veloz. Miro el reloj y pienso que ni de pedo llegaremos, pero haré lo que siempre hago: negaré la realidad hasta el final, porque me parece muy heroico y satisfactorio morirme en la puta raya.

Los cachorros se han dormido y lucen hermosos y quisiera fugarme con ellos, llevarlos al parque, llevar un pay, café para mí, chocolate para ellos, sentarnos a gozar la mañana, a correr, a jugar, a ver las nubes y a imaginar que son animales que nunca veo pero que Juan ve con toda claridad.

Pero López Mateos se extiende adelante y ya sin tráfico me da esperanzas de llegar y de cumplir el deber.

Y llegamos.

“¡Corran! ¡Corran!” Los acompaño a la puerta del camión, motor arrancado listo para partir y justo en la puerta los detengo:

- “Denme un abrazo…cuídense mucho…diviértanse más….los amo.”

Me abrazan juntos. Siento su calor en mi pecho. Me aferro a la sensación para dejarlos ir. Los veo subir a su camión, muy contentos y muy saludadores. Me regreso con un ligerísimo e imperceptible dolor al carro y arranco.

Cruzo Patria y de regreso: por pinchi López Mateos.

Héctor Daniel

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